Benidorm en el imaginario segoviano

Benidorm es referencia permanente en las conversaciones mantenidas por segovianos de cierta edad, máxime si nos encontramos en periodo estival. Benidorm, por aquí; Benidorm, por allá. Benidorm es casi obsesión. Otro lugar común entre los mayores viene representado por el recuerdo nostálgico sobre cómo refrescaba en la caída de la tarde, durante el mes de agosto a los pies del acueducto, en tiempos previos al cambio climático. Si mi madre me lo ha repetido hasta la saciedad, un hombre ejemplifica con originalidad su queja relativa a la calorina del estío de 2022. Este septuagenario intercambia unas palabras con la dependienta que le vendía el pan hace unos días; y dice: “en Benidorm, cuando nos veían con la chaquetilla, preguntaban si éramos de Segovia o Ávila”. Lo que es la fuerza de la costumbre: abrigarse hasta en Benidorm. Yo estoy a la escucha de estos comentarios, que valen su peso en oro; y, después, se los cuento a ustedes en las páginas de El Adelantado. En el escaparate de una agencia local de viajes, aparece anunciado el autobús directo Segovia-Benidorm, cuya frecuencia es semanal. Me gustaría llegar a tomarlo; está en la agenda. Ambos municipios están unidos por un cordón umbilical. En esto, como en otras cosas, los castellanos se parecen a sus parientes del Norte, quienes disponen de una zona repleta de restaurantes y asadores vascos en Benidorm para curar la nostalgia. Por cierto, compruebo vía Google que también existe un Mesón El Segoviano, para aquellos con saudade. Me cuentan que allí solía jugar la partida de mus un grupo de paisanos, incluido un empresario relevante ya fallecido.

Las tendencias cambian; y, eso de ir a la playa –y más si es nacional-, está envejeciendo muy mal. A medida que aumentan ingreso per cápita y nivel educativo, la demanda se desplaza hacia un turismo más selectivo. En su libro Snobíssimo (1966), el humorista Pierre Daninos ya comentaba cómo la clase alta de París alardeaba de pasar el pasar el verano junto a la Torre Eiffel en vez de hacerlo en Deauville. Desde hace años, Madrid no se vacía en agosto.

En el autobús con rumbo a Moncloa, una segoviana madura se encuentra con una joven. Y le dice: “me voy a la playa”. Rectifica al instante; y matiza: “es broma; quería darte envidia”. A mí, cuando oigo la primera frase, me da grima. Las playas españolas asustan: gente; más gente; el sol que te quema; la arena en los pies; los chiringuitos; etc. Las playas, cuanto más lejos mejor. En el mejor de los casos, un recuerdo de infancia: la playa de Castro Urdiales. La nostalgia aflora cuando pienso en los paseos por la costanera de Pocitos, barrio burgués de Montevideo repleto de familias pertenecientes a la colectividad judía. Yo mitificaba el verano austral; y, si me preguntaban por mi edad, me gustaba decir que acumulaba más estíos que primaveras. Ese ha sido uno de mis privilegios. Muchos paseantes de Pocitos, como si nos encontráramos en la cornisa cantábrica, llevaban enroscado el jersey a las espaldas.

En cualquier caso, Benidorm bien merece una misa. La ciudad balnearia con más rascacielos del mundo. Un Manhattan peninsular henchido de fotogenia; y modelo primoroso de urbe compacta. El triunfo absoluto de la ciudad del ascensor, frente a la ciudad del automóvil que atenta contra la sostenibilidad. Viva Benidorm. La cotización de este destino turístico cotiza al alza. Muchos arquitectos de renombre -entre ellos Óscar Tusquets-, claman por la revalorización de este espacio urbano, antaño condenado cual ejemplo del desarrollismo retro de los años sesenta. Un alcalde visionario puso a un pueblo mínimo en el mapa.

La diferencia exacerbada entre clases sociales que registra Madrid, metrópoli menos abierta de lo que pudiera parecer, se exporta a la costa mediterránea, donde la metrópoli ancla sus sucursales. Y Benidorm es frontera. Al sur de dicha muga, se encuentra Torrevieja, topónimo nombradísimo en barrios populares de la capital de España. La pescadilla que se muerde la cola, en tanto la segunda residencia deviene en primera para un número creciente de jubilados. Así, las estadísticas indican que Torrevieja es una de las ciudades peninsulares con menor renta per cápita. Por su parte, al norte de Benidorm se ubican municipios con cierto caché entre familias acomodadas de Madrid, tales como Jávea o Denia. Y, en el centro, un Benidorm abierto, inclusivo, interclasista y cosmopolita.

Por cierto, Denia es centro fundacional del arroz negro con gambones, uno de mis manjares favoritos. La versión del restaurante Kikuyu, que estuvo muy de moda en el cogollo del Madrid enterado, era excelente. Todo resulta efímero; y aquel establecimiento ubicado en Salesas lleva bastantes años cerrado. Allí le invité a almorzar a un exministro argentino del gobierno de Carlos Ménem, una vez que tuvo la deferencia de impartir una charla a mis alumnos.

Les contaré el caso de Nona –nombre ficticio-, una señora muy mayor, vecina de Madrid con orígenes humildes en Segovia, que, junto a su marido pluriempleado en la década del SEAT 600 –ellos tenían un 850-, sacó adelante a su familia. Su hija –que ya es abuela- hizo buena boda; y pasó a engrosar – por nivel de ingreso, al menos- el estrato de clase media-alta. Un chalet en destino burgués de la Costa Blanca era símbolo de movilidad social ascendente, junto al flamante Porsche, objeto del deseo del marido. En este país, las apariencias importan.

Nona viajaba por autopista en coche con su hijo, un profesional acomodado. Los rascacielos de Benidorm aparecieron en el horizonte, cual oasis en el desierto. Los ojos se le hacían chiribitas a la mujer, quien no conocía la localidad; y, entonces, sugirió que podían entrar a dar una vuelta con el auto. Sin embargo, el vástago no satisfizo el anhelo de su anciana madre. La excusa fue que Benidorm le parecía hortera. Si estos son los nuevos ricos, yo estoy del lado de Belén Esteban, quien no se cansa de manifestar su querencia por el enclave levantino.

En tanto que muchos segovianos adoran el Manhattan del Mediterráneo, no se pueden equivocar. Ellos votan con los pies. Un informante cualificado me dice que le gusta pasar tres o cuatro días de enero en Benidorm. En temporada baja, esta plaza ofrece la ventaja de contar con cines abiertos, buenos restaurantes y biblioteca. No es poco; y todo a pie.

Postdata: Nieva en Benidorm (2020), de Isabel Coixet, es la última película que mi familia y yo vimos en las pantallas del desaparecido Luz de Castilla. Entre otras cosas, ser español significa saber quién fue Paco Martínez Soria. Yo nunca olvidaré el personaje de aquel alcalde maño de pueblo que llega a Benidorm con los ojos bien abiertos en El turismo es un gran invento (1968).