Benedicto XVI y la España electoral

El recuerdo de Benedicto XVI nos ha obligado a releer sus textos, revisar nuestras trayectorias al compás de su vida y reconstruir acontecimientos que hemos compartido con él. No sería elegante informar con detalle del maltrato que recibió por parte de algunos políticos españoles que ahora gobiernan, durante su visita a Valencia, porque instrumentalizaron el accidente del metro valenciano del 3 de julio de 2006. Tampoco sería elegante traer a la memoria aquel cartel “Yo no te espero” del que se acordarán bien algunos altos y bajos cargos de su visita aquel año.

Y menos aún seria políticamente correcto contar cómo estos partidos denunciaron a la fundación que la Iglesia creó para organizar el V Encuentro mundial de las familias. Encuentro presidido por Benedicto XVI, al que RTVE le negó la señal televisiva y todo apoyo institucional; razón por la cual las autoridades políticas de aquellos días, que formaban parte de la fundación, se las arreglaron como pudieron para proporcionar cobertura internacional.

Si aparcamos la reconstrucción de las posiciones políticas que se mantuvieron, descubrimos la debilidad de los argumentos con los que nuestros políticos se relacionan con las confesiones religiosas en sociedades líquidas, atomizadas y secularizadas. De hecho, en los programas políticos que se están redactando para este 2023 electoral, que nosotros sepamos, a ningún partido se le ha ocurrido describir su relación con las confesiones religiosas e integrar las propuestas para mejorar la convivencia que pueden realizar.

Una cosa es clara, a los políticos liberales, tanto de izquierda (socialdemócratas) o de derechas, les cuesta acercarse a la religión católica: a veces piensan que se pueden contaminar; otras veces se trata del miedo que tienen a que el catolicismo saque a la luz sus vergüenzas. Y es que el catolicismo no quiere casarse con ideología o partido alguno y busca su independencia.

Como ciudadanos, no sólo nos gustaría saber qué harían si un líder religioso mundial visitara su circunscripción o la sede de su partido, sino cómo gestionarían la pluralidad de morales religiosas (musulmana, judía, protestante, induísta …) con la neutralidad propia de la ética civil que exige una democracia liberal. Lo tendrían muy fácil si leen los textos de las conversaciones que Benedicto XVI mantuvo con los editores de Micro Mega (2000), el historiador Ernesto Galli (2004) o con Habermas (2004).

Fijándonos en la conversación que Benedicto XVI mantuvo con Habermas descubrimos la importancia y valor de la Teología para repensar los fundamentos de la democracia liberal. Planteada desde una razón ‘abierta’, la teología católica despierta del conformismo, relativismo y pragmatismo alicorto de los partidos o las ideologías.

Aunque los poderes quieran instrumentalizarla como religión civil o como opio del pueblo, Benedicto XVI sitúa a los católicos en la plaza pública de una ‘teología natural’ para el reconocimiento de la verdad y su despliegue en una razón pública: Encuentro de enriquecimiento mutuo donde los ‘mínimos cívicos’ (ética de mínimos) se alimentan de los ‘máximos religiosos’ (los ideales) y, estos, a su vez, se purifican en la argumentación pública. Encuentro que exige evitar la separación y confiar en una razón no cerrada en sí misma, sino abierta al ‘dialogo’ y a la concordia.

El español que durante las próximas elecciones lea a Benedicto XVI aprenderá a no dejarse embaucar ni por los partidos de izquierda ni de derecha. Descubrirá que algunos políticos están volviendo a la época franquista: si en aquella época fijaban las placas falangistas en las paredes de las Iglesias ahora presionan para usar las iglesias para sus intereses culturales, concertistas y turísticos: se llenarán la boca diciendo que usando los templos para eventos culturales, inspirándose en la diosa razón de la revolución francesa, llenarán la España vaciada.

El lector de la obra de Benedicto XVI descubrirá la enseñanza del Vaticano II: la Iglesia estará dispuesta a colaborar con las autoridades y buscará el bien de la sociedad pero lo hará con independencia y autonomía. Y es que la utilización de la religión por parte de los políticos desemboca en la dictadura de los espíritus la cual es la más grave de las dictaduras. Desde el pensamiento de Ratzinger será fácil a los electores descubrir que la Doctrina Social de la Iglesia marca un camino razonable para elegir y votar.
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(*) Profesor emérito.