Barcelona bien vale una Mesa

Se atribuye a Enrique de Borbón, más tarde Enrique IV de Francia, la frase “París bien vale una misa”, que resumía la conversión al catolicismo de este príncipe hugonote para poder acceder al trono galo. Desde entonces, la frase ha servido para ilustrar cómo las conveniencias se sobreponen a las convicciones. Así que, parafraseando la cita para la ocasión, podríamos decir que ‘Barcelona bien vale una Mesa’: abandonar los fanatismos para abrazar el realismo.

Pere Aragonés y Pedro Sánchez saben que algo habrá que ceder en la Mesa de negociación de Gobierno a Govern que en principio –en principio– se inicia esta semana, llena de dudas, incógnitas e incertidumbres. Pero es, a la vez, una ventana a la esperanza: ganar tiempo es la consigna, tanto para La Moncloa como para el Palau de la Generalitat. El ‘problema número uno de España’, tendido de cuerpo presente sobre la Mesa, que tiene que ser de negociación, que no de disección.

Creo que la marcha, irregular, de la Diada, la jornada del 11 de septiembre, no va a influir en absoluto sobre el éxito relativo o sobre el que puede ser estrepitoso fracaso de la Mesa. A ella acudirán seis ministros, quizá encabezados por la vicepresidenta Yolanda Díaz, que se presentó como la ‘heroína’ contra la ampliación del aeropuerto de El Prat frente a ‘su’ presidente y ‘aliado de coalición’ Pedro Sánchez. Que, a día de hoy, por cierto, nadie sabe si acudirá a presidir al menos la jornada inaugural de la Mesa, en Barcelona.

No tengo duda de que Aragonés y Sánchez, que han mostrado una sintonía bastante buena, mantienen estos días conversaciones telefónicas constantes sobre los pasos a dar de aquí al jueves o el viernes, cuando en teoría se debe reunir la Mesa. Qué temas tratar: “No el referéndum de autodeterminación”, dicen en Moncloa, mientras la Generalitat afirma lo contrario; “no el Prat, que es tema para otro foro”, dicen en Sant Jaume, mientras Moncloa sugiere muy otra cosa, es decir, que el aeropuerto puede ser la almendra central de las sesiones iniciales. Aragonés, que se muestra bastante cauto en sus declaraciones –él no es, contra sus predecesores, persona de estridencias–, quiere que vaya Sánchez a esa Mesa, ‘de presidente a president’; a Sánchez algunos le dicen que, precisamente para evitar la imagen de un diálogo ‘de Estado a Estado’, no debe acudir, aunque yo creo, a través de algún indicio, que acabará presentándose por allí.

O sea, que ni siquiera sabemos para qué la Mesa ni quién se sentará en la silla principal. Pero, tras lo visto y oído en la Diada, desde las discrepancias sobre el número de asistentes –de noventa mil, según algunos periódicos, a cuatrocientos mil, según las fuentes calculadoras– hasta los silbidos extremistas contra Aragonés y el propio Junqueras, se constata que la Mesa es lo único que queda para encauzar algo el caos político catalán. Ganar tiempo, porque la solución definitiva, ya lo decía Ortega hace un siglo, no existe, es la receta y el anhelo secreto de ambas partes, y en eso están de acuerdo PSOE y ERC, al menos. Lo de Unidas Podemos, o sea, los Comunes, y Junts per Cat es muy otra cosa, como lo son, claro, los inestables Ada Colau y Puigdemont. Pero estos últimos cuentan menos a la hora de planificar salidas del túnel: ellos son el túnel.

Ahí está, en todo caso, la Mesa como reto para aspirantes a estadistas que necesitan, como Enrique IV, mostrar su talla de creyentes por encima de su estatura –y Sánchez es patentemente más alto que Aragonés– como oportunistas. Habrá que celebrar unas cuantas misas para impetrar que salga bien, sea lo que sea eso de ‘bien’, lo de la Mesa.