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La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. / EFE - EMILIO NARANJO

Ayuso versus IglesiasSi no querías arroz, taza y media. Contra el populismo de Díaz Ayuso el megapopulismo de Pablo Iglesias. Al populismo de derechas se le combate con populismo de izquierda, y viceversa.

Al populismo le gusta hablar de la gente, del pueblo o de la patria, sin intermediarios de ningún tipo; los populistas huyen de los conceptos tradicionales porque intelectualmente no se encuentran cómodos en ese terreno, y siempre necesitan un enemigo con quien zafarse, al que zaherir mientras se sienten ellos zaheridos, al que tomar como referencia porque sus referencias ideológicas son siempre escasas. Más que el trabajo en el despacho, les gusta la calle, la masa; la palabra más que los hechos, el discurso breve, conciso —el eslogan— más que el razonamiento o el debate cara a cara, en donde no desarrollan de normal su potencial, del cual no van muy sobrados.

Iglesias dirá: O yo o la ultraderecha; y Ayuso: o yo o el comunismo

Para quien pensara que Madrid no es el centro de España, hete ahí que las elecciones autonómicas de esta región uniprovincial van a copar más portadas, más debates, van a ocasionar más revuelo político que las elecciones catalanas. La decisión de Pablo Iglesias de presentarse a los comicios para la Comunidad Autónoma de Madrid ya ha convulsionado el panorama político español. Al jefe de Gabinete del presidente del Gobierno, Iván Redondo, el asunto se le ha ido de la mano. Quería que los pactos PP-Cs fueran cayendo por el efecto dominó y con ello que los populares viraran a la derecha —o sea, ser él quien marcara el paso de otro partido— y la bomba le va a estallar en sus propios brazos: o andan listos los socialistas o el PSOE de Madrid se va a ver mordido por uno y otro lado de su costado. Porque las de Madrid van a ser unas elecciones marcadas por el personalismo, entre dos jefes, dos líderes –algo muy del gusto también del populismo-, y todos los demás pueden quedar convertidos en meras comparsa, salvo que surja la sorpresa y aparezca otro peso pesado entre los contendientes. Iglesias dirá: O yo o la ultraderecha; y Ayuso: o yo o el comunismo. Y el ciudadano se verá compelido psicológicamente a no mirar programas, a no analizar propuestas, a no refugiarse en el gozoso ámbito del término medio, a votar a la contra, no a favor de los míos, sino contra los otros; no por lo que pienso, sino por lo que no quiero. Porque otra de las características del populismo es apelar a las emociones, no a la razón.

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El líder de Podemos, Pablo Iglesias. / EFE – CHEMA MOYA

Repercusión en el Gobierno

La campaña va a ser dura. La pregunta es la repercusión que va a tener en el Gobierno. Con su descaro habitual —a veces rayano con la mala educación—Pablo Iglesias ya ha elegido su sucesora en el puesto de vicepresidente segundo, olvidando que es esta competencia del presidente del Gobierno. No sé si ahora que no lo tiene en el Ejecutivo, Pedro Sánchez dormirá tranquilo; lo que adivino es que su estrategia —diseñada en el tablero de Iván Redondo, ya se ha dicho— se ha ido a pique. Descabalgar al PP de sus aposentos, descomponerlo como partido y esperar a que la vacuna y las ayudas europeas desplieguen su efecto para convocar elecciones anticipadas en otoño se ve cada día más difícil, y más si los populares consiguen unos buenos resultados en Madrid.

Es lo que ocurre con las estrategias cortoplacistas, con querer abrirse paso a codazos ante la realidad adversa, con pretender acelerar el flujo de los tiempos. Y es otro indicador del poco peso que la ideología posee en un escenario en el que el populismo se abre campo en todos los estratos políticos. Nos estamos acostumbrando a la simple puesta en escena, al anuncio estrambótico, a la ocurrencia, a la palabra gruesa; son indicadores de que es más importante el objetivo que los medios desplegados para su consecución. La política española se asemeja a los adolescentes, que no ven las cosas en sí, sino al correr de las cosas; que no persiguen la estabilidad sino el cambio continuo. No parece que sean estos tiempos de la moderación y del equilibrio, sino del ajetreo continuo. En el fondo, lo que subyace en esta turbamulta es el crepúsculo de las ideologías, que ha dejado paso tanto al populismo como a los nacionalismos, dos de los virus más letales en la historia de la política europea porque los dos vagan en el lado más oscuro de la personalidad humana: sus filias y sus fobias.

Polarización o desencanto

El problema es que en este país se está perdiendo la noción de representación

La consecuencia de todo ello puede ser la polarización o el desencanto. Decía el líder sueco Olof Palme que un buen primer ministro tiene que tener dos principios: hacer siempre caso a su ministro de Economía y pensar que por mucha mayoría que se posea en cuestiones de Estado es siempre aconsejable el pacto con quien representa a la otra parte de la ciudadanía. El problema es que en este país se está perdiendo la noción de representación, que solo importa si permite conseguir los objetivos marcados, que generalmente no van más allá de conseguir el poder o mantenerse en él a cualquier precio.

Y mientras el panorama político español vive su enésimo terremoto —qué lejos parecen ahora Murcia y Castilla y León— el virus sigue ahí, igual que la terrible situación económica, y el desencanto de muchos segmentos de la población. No quiero ahondar en ello. Caería yo mismo en el populismo, que en el periodismo va asociado a un color, y contra este no hay vacuna que valga.