Arturo Merino, el practicante

Bien merece escribir una semblanza elogiosa recordando al segoviano Arturo Merino un tanto olvidado. Nació en el barrio de San Millán a comienzos del siglo XX en el seno de una familia muy humilde. Fueron tales las bondades que atesoró que podríamos decir que Arturo fue un verdadero personaje laico digno de estar en los altares. La dimensión de su personalidad queda a una distancia de años luz de cualquier otro mortal por muy caritativo que éste fuera. Daba la impresión de que para él no existían ni penas, ni dolores, ni sacrificios, todo era generosidad y alegría. ¡Vamos! que podías estar enfermo grave y si llegaba Merino a ponerte una inyección, con la alegría que te contagiaba ya te podías morir feliz. Naturalmente esta hipérbole bien la pueden entender las personas que le conocieron que fue «el todo Segovia».

Eligió la profesión vocacional de practicante que hoy día se llaman enfermeros o Auxiliares Técnicos Sanitarios (ATS) y recuerdo que yo siendo niño, mi familia recurrió a él una vez, ya que nuestro practicante de barrio habitual (de abono particular) no se encontraba disponible e «ipso facto» se presentó en mi casa para ponerme urgentemente una inyección de penicilina (de las primeras que se pusieron a horas prefijadas). La preparación de la misma requería un elaborado protocolo: Sacó los pocos trebejos propios de su profesión que llevaba en una pequeña cartera de piel, entre ellos una cajita metálica que contenía una jeringuilla, la llenó de agua y la sometió con fuego de alcohol a una cocción para su desinfección. Después de unos minutos, ya enfriada, la jeringuilla la cargó con suero que introdujo en un frasquito con los polvos activos del medicamento y esta mezcla con mucho tiento me inyectó. A todo esto Arturo gastándome bromas para distraerme y calmar en lo posible «el perrenque» que yo tenía. Una vez puesta la inyección, sin un ápice de dolor, alabó el comportamiento que había tenido y aunque hubiera estado todo el tiempo llorando de «miedo», él te calificaba de «el más valiente» obsequiándote con una o dos «gotas», que eran caramelos esféricos minúsculos (1/2 centímetro) rebozados en azúcar que se vendían en la confitería de la célebre Baldomera (calle de Isabel la Católica, 7, por diez céntimos te daba 10), con ese obsequio ya se te pasaba el disgusto y te ponías más contento que unas castañuelas.

El medio de transporte para el trabajo de Merino fue su imprescindible bicicleta, porque todos los avisos los hacía pedaleando a lomos de la misma, recorriéndose diariamente varias veces la ciudad, ya que lo mismo era demandado a la vez desde dos extremos opuestos de la misma. Hemos de decir que la mayor parte de los servicios que hacía eran gratuitos y el resto solía dejarlos a la voluntad del paciente o sus familiares, por lo que sus ingresos eran bien menguados. Los demás practicantes segovianos de más postín ya usaban para su trabajo motos en sus desplazamientos y los más humildes (solían ser de barriada) iban en el coche de San Fernando, «unos ratos a pie y otros andando».

Pero después de más de treinta años de ejercer la profesión de practicante en las condiciones descritas una tragedia se cernió en la persona de Merino. Un mal día su preciada bicicleta desapareció. Algún miserable ladrón se apoderó de ella haciendo que el trabajo de Merino se hiciera imposible. Eran tiempos de estrecheces y aunque el latrocinio por entonces en Segovia no se prodigaba, nunca faltó algún indeseable desaprensivo que se apoderaba de lo ajeno. Esta desdicha se propagó por el «todo Segovia» y fue la comidilla de los mentideros durante muchos días postreros al robo, máxime cuando se sabía que Arturo no tenía dinero para comprarse otra bici nueva.

A la vista de robo tan importante y que la bici no aparecía, ya que al ladrón no le remordió la conciencia para devolverla, intercedió el Ayuntamiento que abrió una suscripción popular para comprar una nueva bicicleta a Merino. El pueblo segoviano no faltó a esta cita y aportando pequeñas cantidades cubrieron el precio de la misma, pudiéndose adquirir la deseada bici, incluso sobrando algún dinero de la suscripción. El alcalde de turno, en un acto solemne, se la entregó a Merino que ese día era él el que lloraba de emoción como una Magdalena en el momento de recibir el nuevo vehículo.

Murió muy joven el bueno de Arturo Merino, tal vez frisando los sesenta años, de esto hará más de cincuenta. Al morir dejó por toda herencia su querida bicicleta adquirida por suscripción popular.

El Ayuntamiento en acertado acuerdo y en prueba de agradecimiento, cariño y admiración que los segovianos sentíamos por este hombre, dio su nombre a la calle del barrio de San Millán que es la que continúa a la de Santa Engracia, precisamente por donde Arturo siempre vivió. Tal vez este personaje a muchos segovianos jóvenes no les diga nada, pero las personas mayores que le conocimos y veneramos, tenemos la obligación de dar a conocer a nuestros convecinos a tan caritativo personaje como fue Arturo Merino, ejemplo paradigmático de bondad.