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A las puertas de un nuevo diciembre, lleno de festividades, de entusiasmos y preparativos obligados, cargados de recuerdos y ausencias varias, volvemos a encontrarnos. Un otoño que se extingue, melancólico, romántico y conciliador, dando paso a un invierno que se esfuerza por emular a los de antaño, de nieves y ventisqueros, de místicos escenarios cubiertos de color blanco.

Tiempo de adviento y auroras boreales, desiertos helados y lugares irreconocibles, donde silenciosos y desnudos, los bosques, esperarán pacientes la siguiente estación.

Imágenes de una infancia y adolescencia más presentes que nunca en tierras espinariegas. Nevadas y odiseas por el Puerto del León, o por Las Barrancas, una pala y la cabezonería de un abuelo cuya machacona preocupación ante las inclemencias de un frío, cada vez será más fuerte, todavía perdura.

Y mientras tanto los fantasmas de Dickens insisten, con más trabajo que Santa Claus, a medio camino entre un capricho de Goya con su razón y sus monstruos y la desazón de Andrés Hurtado descrita por Baroja.

Un viaje en el carrusel del tiempo en unas fechas en las que el frío vuelve con las ganas propias de estación y balance bajo el brazo. Un repaso de momentos, de aniversarios y amores perros. En ese vaivén de caminos y estrategias, decisiones y experiencias que nos dieron la oportunidad de conocernos.

Días en los que hay cura para la indiferencia, aturdidos por los excesos comerciales, atendemos tradiciones que a veces afligen y distorsionan la realidad.