Apriorismos y naming

La economía, como el resto de ciencias sociales, no se salva de ciertos apriorismos que después despliegan pocos efectos prácticos. Pero que quedan bien. Son más humo que realidad. Menos chicha que limoná. Incluso rompen con un principio, este sí, inherente a lo que de ciencia debe tener la economía: el principio de la eficiencia. La eficiencia no es otra cosa que la relación entre la consecución de objetivos y los recursos que se consumen en el proceso. En eso se diferencia de la eficacia. No solo se trata de alcanzar retos, sino de que se haga con el menor consumo de recursos posible.

Uno de esos apriorismos va referido a las subvenciones a pequeñas empresas y autónomos —allí en donde existan esas ayudas— para la puesta en marcha de un proyecto o de una actividad. A los políticos —sobre todo a los regionales— se les llena la boca al mencionarlas. Hay quienes incluso basan en ellas la política dirigida a la lucha contra la despoblación, y orillan lo que es apoyo a empresas de mayor tamaño. Por supuesto que no estoy en contra de las ayudas a pymes, si no de que se saque del paquete a las de mayor dimensión. En Zaragoza se vivió esa circunstancia cuando se preparaba la instalación de la General Motors en la provincia. Sociólogos y economistas progres se opusieron, pidiendo que ese esfuerzo fiscal se concentrara en las pequeñas empresas. GME versus Aragón, llegó a proclamar alguno. El resultado con los años ha sido que la compañía, de manera directa y a través de su red de empresas auxiliares basadas en el principio just in time, ha generado infinitamente más empleo y más estable de lo que hubiera propiciado la ayuda pública a esas pequeñas empresas. Es el mercado quien tiene fuerza, el que da músculo a los proveedores para que estos encuentren salida a sus productos y servicios. El voluntarismo puede resultar de una ineficiencia brutal si no tiene en cuenta las reglas de la oferta y de la demanda. Por los menos en el sistema capitalista en el que nos movemos desde hace dos siglos.

Los gobiernos respectivos tienen un mecanismo más eficiente: el sistema tributario

Me enternecía la ingenuidad de un antiguo consejero de Empleo de la Junta de Castilla y León que basaba la política de lucha contra la despoblación en dar tres mil euros para proyectos de autoempleo, obviando las necesidades de empresas medianas y grandes que son, en última instancia, las que, instaladas en el mercado, poseen la fuerza de la eficiencia y el impulso económico. Queda muy bien desde el punto de vista social estas ideas, que por otra parte corren el peligro de crear una red de economía subvencionada, pero distorsiona el papel que debe ocupar una Administración en el tejido productivo y la realidad de los principios económicos. Para estos casos, los gobiernos respectivos tienen un mecanismo más eficiente: el sistema tributario.

Y esto que digo viene bien recordarlo ahora que por novena vez en un año se anuncia el plan de recuperación y resiliencia, cuyos proyectos quedarán por cierto al albur de la Comisión Delegada para Asuntos Económicos del Gobierno.

El otro apriorismo es el de la economía verde. Como el concepto de economía circular, queda muy presentable en su formulación; los problemas llegan cuando se trata de llevarlos a la práctica. Ahí la realidad económica es tan tozuda que deja en evidencia a quienes se dedican al naming, respetable profesión casi sacerdotal que se dedica a otorgar denominaciones para ocultar muchas veces el vacío.

Recuerdo la conferencia que hace unos años nos dio un rimbombante y elegante consultor a los antiguos alumnos de una escuela de negocios para explicarnos los principios de la economía circular. Al final, uno de los asistentes, el más valiente y sensato, con familia en la agricultura, resumió: “O sea, que es lo que en casa vienen haciendo desde hace cuatro generaciones”.

Volvemos a la economía verde. Seguro que son pocos los que a esta altura niegan el cambio climático. La cuestión, otra vez, estriba en la eficiencia a la hora de luchar contra él, y que la implantación de apriorismos no impida evaluar los impactos negativos que pudiera tener esa economía verde.

Convertir nuestros campos en un espacio cuyo monocultivo sean las placas solares puede ser rentable para el agricultor que sabe que sus hijos no le van a seguir en la actividad, pero no para el conjunto de la provincia

Y pongo un ejemplo. ¿Se puede afirmar sensatamente que la energía verde no genera impacto ambiental? El proceso de generación energética es por definición tan traumático desde el punto de vista del orden natural que es imposible que no tenga consecuencias en la naturaleza. De una manera u otra. Solo hay que darse una vuelta por los parques eólicos instalados en España —recomiendo Navarra o Aragón—para evaluar esa incidencia, no solo visual, sino de apertura de cicatrices en el terreno. Y en lo que se refiere a la fotovoltaica, tenemos que estar especialmente atentos en Segovia. Convertir nuestros campos en un espacio cuyo monocultivo sean las placas solares puede ser rentable para el agricultor que sabe que sus hijos no le van a seguir en la actividad, pero no para el conjunto de la provincia, que vería peligrar un sector como el agroalimentario, clave en el presente y en el futuro y eje de su particular industrialización o generación de valor añadido a sus recursos primarios, que no otra cosa se desarrolla en todo proceso industrial.

Mejora de las conexiones digitales; eficiencia y disminución del coste energético; infraestructuras y transportes. Estos conceptos no son meros apriorismos. No son humo. Han sido, son y serán la base del crecimiento. Y bien clarito que tienen puestos sus nombres.