Ante la muerte de dos periodistas

¿Qué puede mover a un ser humano a jugarse la vida una y otra vez para informar al mundo de las consecuencias de las guerras o de los efectos funestos de políticas depredadoras sobre extensas áreas del planeta, como la deforestación de las selvas o los efectos de la caza furtiva?

Dos periodistas acaban de morir cuando, probablemente, se sentían mucho más arropados que en otros momentos de sus arriesgadas carreras. El asesinato de David Beriain Amátriain y de Roberto Fraile Fernández, ha producido, de nuevo, una gran consternación en el mundo de la información y de la comunicación. Dos periodistas aún jóvenes y con mucha vida por delante, David tenía 43 años y Roberto 47, han vuelto a darnos una lección de compromiso con el bien común y de amor a una forma ética de ejercer la profesión.

Estas muertes vuelven a recordarnos el papel imprescindible de todas las personas que ejercen un periodismo comprometido con la verdad

No podemos contar este hecho luctuoso como una tragedia más. Estas muertes vuelven a recordarnos el papel imprescindible de todas las personas que ejercen un periodismo comprometido con la verdad. El realizado por esos hombres y mujeres que trabajan para que no olvidemos que existen conflictos vivos que afectan a miles de personas y a una población civil que sufre múltiples formas de violencia.

De nada vale la congoja, la pena, la solidaridad y la empatía que como seres humanos podemos experimentar cada vez que se producen muertes como éstas. De nada vale, si nos emocionamos, pero no somos capaces de pensar para actuar. Cómo no reflexionar sobre el papel imprescindible de un periodismo valiente y comprometido con la verdad.

El Periodismo es una noble profesión que se puede ejercer honestamente en el ámbito local y regional, nacional o internacional, tratando de no traicionar a ese imprescindible objetivo de ser honestos en el ejercicio de la información. El auténtico significado y sentido de esta profesión se pone de relieve en su máxima expresión en momentos como éste.

Si como ciudadanía, desvalorizamos el valor del periodismo verdadero, riguroso, arriesgado, que se sitúa fuera del alcance de cualquier dueño; si no exigimos a los “propietarios” de los medios, públicos y privados, que su “empresa” debe respetar a los profesionales y que eso se convierte en sinónimo de rendir cuentas y de mostrar también respeto hacia el conjunto de la sociedad, ”—facilitando que se ejerza una mirada periodística a la vez distanciada y necesariamente comprometida con la verdad—; si no enseñamos a que quienes se valen de las inmensas posibilidades de las redes sociales sientan la necesidad de valorar el periodismo y ser respetuosos con el ejercicio profesional; si no nos sentimos responsables de evitar los bulos, de no servir de eslabones necesarios en la difusión de noticias falsas; si no somos capaces de exigir el carácter imprescindible de una alfabetización mediática para el buen uso de los medios y de las redes; si no orientamos desde la infancia a niños y jóvenes en el cultivo del juicio crítico, en el análisis, producción y buen uso de los medios; si nuestra respuesta emocionada, en suma, sólo sirve para mitigar nuestra mala conciencia; seguiremos mereciendo estar condenados a sufrir un mal ejercicio de la política, a tener que convivir en una sociedad crispada, a sentir que no merece la pena promover una escucha atenta que haga fluir un diálogo de paz, para la consecución de una sociedad más educada, justa y solidaria.

Ni la vida de David, ni la de Roberto, ni la de otros muchos periodistas que dieron su sangre por unos ideales comunes, pueden ser definidas como vidas truncadas. Las suyas y las de otros muchos compañeros, son vidas esféricas, completas en sí mismas, pues no hay mayor triunfo que el de quien ha perseguido poner luz y ejercer de taquígrafos de las vergüenzas que incomodan a quienes ejercen un poder sin auctóritas. La palabra libertad en ellos se hace real y no un lugar común, como ese término desgastado por quienes lo utilizan con un interés partidista y servil, tratando de hacerle perder su sentido y significado profundo y primigenio.

Año tras año, hasta esta trágica pandemia, Segovia se ha convertido en la ciudad que homenajea por unos días al periodismo de calidad, comprometido con la esperanza de ayudarnos a construir vidas mejores. Los premios Cirilo Rodríguez (los “cirilos”) son esa luminaria que nos convoca a todos en esta ciudad, en la defensa de un periodismo que es sinónimo de fortaleza y esperanza. Quienes ejercen este periodismo de compromiso y riesgo se autodenominan “la tribu”.

Al igual que otros muchos compañeros que lo obtuvieron, trabajaron para objetivos mucho más nobles que el de ser reconocidos o alcanzar la fama

David Beriain Amátriain y Roberto Fraile Fernández habrían sido nominados a los cirilos, y probablemente habrían llegado a ser premiados en no muy largo plazo, dadas sus trayectorias. Al igual que otros muchos compañeros que lo obtuvieron, trabajaron para objetivos mucho más nobles que el de ser reconocidos o alcanzar la fama. La coherencia de su trabajo, y su propio compromiso nos hace pensar que hay seres humanos que mueren para que vivamos, confrontándonos con otras dramáticas realidades que nos deberían hacer pensar para actuar, más allá de nuestra conformista mirada autocomplaciente.

David, Roberto, Julio, José, Ricardo…, compañeros todos caídos en el ejercicio de un periodismo comprometido con el bien común, gracias por vuestras vidas.
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Catedrático de Comunicación. Universidad de Valladolid.