Ángel González Pieras – El valor del cambio

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No hay que hilar muy fino para concluir que Ramón Escobar pasará a la historia como el hombre que cortó el tráfico rodado entre las arcadas bimilenarias del acueducto, como bien recoge Gonzalo Ayuso en su crónica. Y que las muchas obras que promovió, y que con tanto detalle describe José Luis Sanz Merino, pasarán a segundo plano ante este hecho simbólico, de transcendencia en la memoria histórica de los ciudadanos. Que en realidad es la que en última instancia cuenta. Decía Toymbee que el imaginario colectivo de los pueblos tiene más fuerza que los hechos históricos, y en el caso de Ramón Escobar es una realidad palpable no más topes con algún segoviano de edad suficiente como para utilizar la memoria como recurso propicio. Pero ayer me llamó mucho la atención la acertada opinión de una persona que lo conocía bien, no en vano le servía –poco después de “madrugar la ciudad”- su café con seis churros y una botella de agua de Vichy como desayuno cotidiano: “era un hombre que supo protagonizar el cambio”. Porque es lo que hizo Escobar, quizá con su vocación política; de seguro con la ciudad a la que amó no por nación –era valenciano- sino por opción, de donde proceden los mejores amores. Ramón pertenecía a una época en que los cambios no siempre eran bien valorados, ni por los unos ni por los otros, y supongo que menos en una ciudad en la que su enseña histórica no ha sido la alteración, sino la inmutabilidad. Por ello adquiere más relevancia su apuesta por el cambio, aunque en el caso concreto del acueducto todo cambiara para continuar igual, que para eso es imagen no de una ciudad, ni de una nación, sino de la humanidad.