Ángel González Pieras – El amigo americano

Hasta en el país esencia del liberalismo por antonomasia, EE.UU., se están registrando políticas públicas que no casan bien con las tesis ortodoxas de Adam Smith. La presidencia ha destinado 2,2 billones de dólares – un 73% más del tamaño del PIB español- a combatir los efectos del coronavirus y el parón de la actividad económica. Antes de la eclosión de la pandemia las cosas iban bastante bien. Lo saben los miles de inversores españoles que han depositado sus ahorros en fondos referenciados a los mercados americanos. El paro en enero registraba su cota más baja en las últimas décadas, con una previsión del 3,5%, y el crecimiento en tasa interanual del PIB no rompía techos anteriores pero se colocaba en un cómodo 2.1%. Bien es verdad que la mejora ya poseía el recorrido de años anteriores, pero los mercados americanos llevan desde el principio de la presidencia de Trump acogiendo con alegría cualquier iniciativa de este, aunque se trate de puro márquetin encauzado a través de las redes sociales. EE.UU. tiene, sin embargo, un talón de Aquiles pronunciado: no es un Estado social. Si su economía puede resistir embates fuertes, ya es más dudoso que lo pueda hacer su tejido social. Porque lo que sufrimos no es una crisis, sino un parón. El cierre de la actividad económica –y se comprende que Trump se resistiera a cualquier tipo de paralización- puede tener resultados catastróficos. La previsión es que el paro suba por encima del 10% en los próximos meses y que el PIB se contraiga con fuerza –hay quien habla de cifras superiores al 30% en términos anualizados con respecto al primer trimestre-. El sistema de despido americano no posee las trabas que tiene en Europa, como tampoco el subsidio del desempleo se le parece. Y si el trabajador va a la calle se complica su cobertura sanitaria. En el 2011, 48,6 millones de estadounidenses no gozaban de ningún tipo de protección, un 15,7 de la población, según el Obama Care Facts. La entrada en vigor en 2014 del Obamacare estableció como obligatorio la contratación de un seguro sanitario para todo trabajador por cuenta ajena. Si la empresa tiene menos de 50 trabajadores lo pagará el operario con su salario. Si la mercantil posee un plantilla superior, se verá obligada ella. Pero cuando los trabajadores ingresan en el paro, o contratan el seguro por su cuenta o se acogen al programa Obamacare con reducción de precio –seguirán pagando pero menos- y también de cobertura, y en todos los casos con franquicias importantes que van de los 6.000 a los 9.000 dólares. Las cosas han mejorado pero todavía son millones los que no gozan de ningún tipo de cobertura -unos 28 millones-. Y lo preocupante es que el coronavirus ha golpeado en el corazón económico americano: los 50 condados más afectados aportan el 30% del empleo y el 36% del PIB nacional según un estudio firmado por el profesor Mark Muro, del Instituto Brookings. El gobernador de Nueva York, Andrew Como, es consciente de que la actividad se tiene que reanudar cuanto antes si no se quiere caer en un caos social y económico histórico. Pero para ello –y Trump no lo percibió al principio: ”el país y los mercados están en plena forma” escribía en los primeros días de marzo- la variable clave es la detención de la propagación del virus. Por eso la insistencia de Cuomo en políticas de confinamiento. Tal deriva puede experimentar la cuestión social que EE.UU. ha sido el primer país en recoger, dentro de las medidas contenidas en el paquete de 2,2 billones, el cheque individual a modo de pensión alimenticia. Una especie de “New Deal” de la era Trump. Con Adam Smith confinado.