Ángel Galindo – Mediocridad y envidia

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Es notorio que el sistema político imperante ha hecho crisis de manera simultánea en distintos países (en España con las violencias y la mediocridad catalana, Chile y Colombia con las revueltas oscurantistas, Venezuela con la dictadura de Estado, las tensiones europeas entre Reino Unido, Francia y el resto de Europa, sin olvidar la opresión rusa, y el poderío mundial de China y oriente… mientras tanto, numerosos países están obligados a dejar morir y emigrar a sus gentes). Todos estamos en riesgo.

Existe un binomio explosivo y terriblemente destructivo. Me refiero a la envidia y a la mediocridad. Con la envidia las personas sufren por el bien ajeno y llegan a convertirse en resentidos capaces de calumniar, difamar y destruirlo todo; por la mediocridad las personas viven en una medianía conformista, pusilánimes, sin espíritu de lucha ni capacidad de hacerse responsables de sí mismos, pero igualmente resentidos, frustrados.

Mediocridad y envidia las poseen muchos políticos, líderes sociales, religiosos, académicos, jueces, ministerios públicos, personas de a pie que siembran odio. Martin Luther King decía que no le preocupaba “el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética”. Lo que sí le preocupaba era “el silencio de los buenos”.

Todos estamos en riesgo: Los que más lo padecen, porque están hartos, y los que lo permitimos, porque no fuimos capaces de ver la injusticia y la situación de los pobres.

Quizá sería momento de empezar a pensar en el legado que cada uno ha recibido de sus antepasados. Ello podría volvernos agradecidos con la vida, con Dios y nuestros antepasados. Ellos hicieron posible lo que hoy tenemos y también ellos, con errores y limitaciones, impidieron otros bienes posibles. Es cierto que también forman parte del legado aquellas ideas que heredamos, concepciones religiosas, francamente paganas; indignas concepciones de la mujer; el racismo y la exclusión, que se legitimaron en nombre de ideologías.

Sin embargo, vivimos tiempos diferentes y da la impresión de que lo que más se observa es la ingratitud. Una queja constante por todo lo que hicieron otros, por la forma de trabajar, de organizar la política, de consumir, de usar el tiempo libre, de vivir. Es cierto, muchos difícilmente podemos sentirnos orgullosos de nuestro legado, fuimos muy permisivos y hasta cómplices.
No estamos satisfechos con lo que hicimos ni con el mundo que dejamos a los jóvenes, pero hicimos lo que creímos que era bueno. A pesar de los errores que se han cometido, valdría la pena preguntarse si la mejor respuesta a esa realidad es la ingratitud. No lo creo porque, como dice el refrán, “sólo el bien nacido es agradecido”. Más bien al contrario, este tendría que ser el momento para reconocer qué hay, qué se ha logrado y qué falta.

No reconocer lo recibido nos desvincula de nuestros antepasados, nos hace pensar que nada les debemos, que fueron un estorbo, y nos desvincula de los que vienen después, pues nada les dejamos. Y de paso somos ingratos y desagradecidos con Dios que, para empezar, nos dio la vida. El resultado del pecado del génesis fue: un narcisismo ególatra, autosuficiente e individualista. No creo que todo tiempo pasado sea mejor. Pero tampoco creo que todo lo nuevo, sólo por serlo, es mejor.

Existe una epidemia de descompromiso, de vaciedad, de la huida de lo estable, de nula paciencia para cultivar aquello que crece lentamente y con sacrificio. Según Bertolt Brecht: “El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos (…) El analfabeto político es tan burro que se enorgullece e hincha el pecho diciendo que odia la política. No sabe el muy imbécil que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, el asaltante y el peor de los bandidos, que es el político corrupto y el lacayo de las empresas nacionales e internacionales”.

Cuánta falta nos hace a los ciudadanos un renovado compromiso con la política, por el bien común, con una idea de nación que no excluya al niño ni al anciano, al gay ni a la mujer, al creyente ni al ateo; que nos haga más conscientes de lo importantes que somos todos para mejorar lo que hay.