Ángel Galindo García – Roma, no es el centro

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La cultura latina, después de Grecia, fue imponiendo poco a poco la idea de que Roma era el Centro del Universo. El cristianismo latino, frente al oriental, hizo lo mismo colocando a Roma en el centro de la cristiandad. Pero, pasados los siglos, este epicentro se ha ido desviando hacia las periferias.

Desde esta idea periférica, como ya es su costumbre, el papa Francisco aprovechó su mensaje de fin de año a la curia, es decir, a los funcionarios que trabajan más cerca de él en Roma, para formular una invitación profunda a la conversión, al cambio de actitudes y a la mejora. Este año, no habló, como lo ha hecho en otros, de los “obispos que actúan como príncipes”, pero apretó tuercas que era necesario engrasar desde hace tiempo.

En su mensaje le recordó a la curia que “ya no estamos más en la cristiandad”. No es algo nuevo: si uno busca con cuidado en los textos de cuatro de los últimos cinco papas, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y el propio Francisco, las advertencias acerca del alcance del fin de época que vivimos son muchas, se inician ya a mediados del siglo XX cuando algunos cardenales, como el francés Emmanuel Suhard o el italiano Giovanni Battista Montini (años después electo como Pablo VI), se preguntaban a finales de la década de los 40 y principios de los 50 si ya era adecuado seguir considerando a Francia o a Italia como naciones cristianas.

Esta nueva realidad no es vista por Francisco, como tampoco lo fue por Juan Pablo II o Benedicto XVI, como mala en sí misma. Es una realidad, es cierto, en la que -como señala el papa- la Iglesia “no es la única que produce cultura, ni la primera, ni la más escuchada”, Es una realidad que debe pensarse, en cambio, como una oportunidad para pensar y vivir el cristianismo de otra manera. Una manera en que la distancia entre los dichos y los hechos no sea tan manifiesta como lo ha sido en temas como el abuso sexual de menores y en la que las mentiras y el secreto, de cualquier tipo, por cualquier razón, den paso a una cultura centrada en la verdad y la trasparencia.

Lamentablemente, vivimos también en una época en la que quienes antes defendían a capa y espada cualquier afirmación o decisión tomada en Roma, ahora se erigen en jueces del papa Francisco y lo atacan y denuestan por reflexiones como la que adelantó el sábado 21 de diciembre. Hay quienes, por ejemplo, hinchados de mala fe, pretendieron interpretar el mensaje del papa como una llamada a cesar los trabajos misioneros.

La realidad es otra. La tarea misionera debe continuar, pero debe seguir patrones distintos a los usados hasta ahora. Nada perdemos con reconocer que en la evangelización se han cometido errores que, más tarde o más temprano, deben corregirse.

En este sentido, es notable que el papa Francisco haya nombrado, también en los últimos días del año al cardenal filipino Luis Antonio Chito Gokim Tagle como prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, la oficina de la Santa Sede responsable de los trabajos de la Iglesia en África y Asia y, de manera más general, en todos los territorios considerados como “de misión”.

Es digno destacar que el nombramiento del cardenal Tagle hace del filipino el primer no europeo responsable de ese dicasterio desde que fue fundado en 1622, por lo que el papa no sólo señala el problema, la nueva realidad no cristiana en la que la iglesia debe operar ahora, sino que deja ver cuál es la solución al problema: un cristianismo más encarnado en las realidades locales, en la experiencia más inmediata de quienes viven fuera de Europa y de América del Norte y en la respuesta al ateísmo posmoderno.

Es urgente evangelizar frente a la llamada “teología de la prosperidad”. Aquella teología, de origen protestante, que afirma que Jesús vino a buscar a los ricos y a potenciar la riqueza: países como Estados Unidos, Colombia, América latina y varios países centroafricanos siguen este pensamiento de búsqueda de la prosperidad para atraer a los pobres desde la riqueza y el paternalismo.