Alberto Martín García – Un paseo por la estación

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El día invita a estar en una terraza, o al sol, en el mar, en cualquier lugar sin techo. Las estaciones de trenes no son lugares para el verano, siempre hay algo mejor que hacer, incluso llegar al destino al que te va a llevar ese tren que sale de la estación en la que no deberías estar.

Un vagabundo entra en el bar. Lleva un abrigo que valdría para el invierno, pero él lo porta con más lustre un 31 de agosto. Su piel ha perdido el color y su espalda forma una curva que le impide avanzar con normalidad. Pide una cerveza y un cruasán y con la concentración de un funambulista lo lleva a una mesa y se sienta. No se quita el abrigo y fija la mirada en la televisión; empieza el informativo del canal 24 horas. Escucha con atención esperando la noticia que le diga que hay esperanza, que tiene que haber algo mejor reservado para él. Se termina la cerveza, el bollo sigue a medias, se pide otra y rebusca en el bolsillo las monedas que le faltan. La camarera lo mira impaciente; si fuera bien vestido le estaría dedicando una sonrisa, pero él no lo está ni ella hace amago de ser amable. Sobre la bocina encuentra el dinero y paga; vuelve a la mesa.

Un hombre llega con sus dos hijas, pide un bocadillo y para ellos sí que hay sonrisa al ser atendidos; qué suerte la suya. Llevan una maleta gigante en la que debe caber al menos una vida; una de las chicas está abducida por el teléfono, la otra también. Abona el bocadillo y se van los tres al andén.

El mendigo termina la segunda cerveza y lleva de nuevo con equilibrio y solemnidad el vaso y el plato a la barra; podría no haberlo hecho pero lo hace. La camarera en ese momento no está, si lo hubiera visto quizás le hubiera devuelto la sonrisa pendiente, o al menos una pedrea en forma de ‘gracias’. Sale con prisa, como si lo estuvieran esperando, pero no va a ninguna parte. Rebusca en las papeleras y no encuentra lo que busca. Entra y sale del bar varias veces, revisa el suelo y otra vez la basura pero nunca pide dinero. Simplemente espera su oportunidad, porque lo que para otro son restos o un descuido para él son tesoros.

Subo a mi vagón. Los 31 de agosto son días de despedidas, de nos veremos pronto, de promesas a incumplir, de llámame cuando llegues aunque ya nadie llama. La chica de la maleta gigante va a mi lado. Fuera, en el andén, esperan que salga el tren su padre y su hermana. Me fijo en él a través del cristal: hace esfuerzos por no llorar, mira a otro lado y se gira para tocarse los ojos. No quiere que lo vean así y habla con la hija pequeña para aparentar normalidad, pero cada poco tiempo se acerca a la ventanilla y le dice algo que ella no entiende. Parece que va a ser su primera experiencia larga lejos de casa y se emocionan.

Una anciana entra y se sienta con su nieto, que roza la mayoría de edad, no sé para hacer qué, pero mayoría al fin y al cabo. Se hacen un selfie y él le dice que qué contenta se va a poner su madre cuando sepa que ya están en el tren. La señora es la más feliz de los viajeros, no es una impresión mía, me lo dice su gesto alegre, como el de un niño cuando monta por primera vez en un avión y todo le sorprende. No sé cuántos viajes le pueden quedar a ella, pero el que emprende ahora es el que le ilusiona y lo demás no importa. Como el de la joven que empieza su vida lejos de casa con ese miedo pasajero de lo desconocido y que pronto se transformará en los mejores años de su vida.

Es un día más en la estación…