Alberto Martín García – Estar a la altura

Mi madre cada mañana manda puntual un mensaje al grupo familiar de WhastApp para confirmar que todos estamos bien; si un día se olvidara en seguida preguntaríamos que qué pasa; las rutinas nos dan tranquilidad.

Hablo con mi vecino Félix por teléfono cada dos o tres días, el anciano más joven que conozco, y nos confirmamos uno al otro lo mismo que le digo a mis padres: estamos bien, y hablamos de cosas banales: comida, televisión, de los aplausos de las ocho y de las ganas que tenemos de tomar una caña bien fría en un bar.

En los grupos de amigos hacemos videollamadas, con la familia también. Los temas más recurrentes son qué se va a cocinar, a qué han jugado los pequeños, cuándo nos vamos a afeitar, recomendar libros y películas o a qué dedicamos el tiempo libre. Perales siempre presente.

De vez en cuando me acuerdo y escribo a alguien con quien llevo tiempo sin hablar, o respondo a una publicación en redes sociales de una persona que en el pasado fue cercana y ahora por la distancia que impone el paso de los años ya no lo es tanto, pero no por ello menos apreciada.

Esas son las cosas que hacen que esta cuarentena se sobrelleve con tanta resignación como responsabilidad. Esas y saber que el número de personas que se recuperan de este virus, al que se le puso injustamente una corona de rey, es mucho mayor que el del que nos dejan para siempre sin haber tenido tiempo de decirles al menos las dos palabras más importantes cuando toca despedirse: adiós y gracias.

Quizás estar a la altura en estos días consista en que cuando esto termine no olvidemos darle valor perpetuo, no solo un día sino siempre, a todas las personas que mientras estábamos en casa cuidaron de nosotros: profesionales de la salud, de la limpieza, del sector de la distribución, transportes y alimentación, Fuerzas Armadas, Policía y Guardia Civil, instituciones, servidores públicos… y perdonen a quien me deje en el tintero.

Pero estar a la altura tal vez también consista en dejar aparcado el grado de crispación que somos capaces de transmitir a través de los teléfonos y las redes sociales, y entender que lanzar al entorno nuestro enfado, reafirmar ideologías o incidir en titulares pesimistas, opiniones subjetivas y previsiones que mañana serán papel mojado sobre lo que está sucediendo, no ayuda a que este tiempo encerrados se sobrelleve con cierto sosiego.

Hay gente que me pregunta que por qué ya no opino de política, y más ahora: no es por ideología, en parte es porque es más que seguro que yo no fuera capaz de gestionar mejor una crisis así, y eso me inhabilita para señalar a otros desde la comodidad del sofá de mi casa, aunque eso no quiere decir que esté de acuerdo con todo lo que se decide, claro.

Pero en estas semanas no lo hago además porque creo que tampoco aportaría nada a la calma de los lectores, que es lo que hace falta ahora, también en Internet, como a mí tampoco me aportan todos los pantallazos que me llegan al teléfono en los que se critican a los gestores de esta crisis, se dan continuamente mensajes negativos o se comparten publicaciones en redes sociales donde desde el presente todos son capaces de predecir el pasado y encontrar una fórmula que nunca podrá ser aplicada.

Tiempo habrá en el futuro para sacar conclusiones, saber qué se hizo bien y mal, pedir responsabilidades y en definitiva aprender para no caer en los mismos errores, o al menos estar preparados por si vuelve. Pero mientras tanto prefiero aplaudir a los que dan tranquilidad, a los que sacan una sonrisa, a quienes comparten su talento y generosidad y a los que creen que mañana todo será un poco mejor que hoy porque hay gente dejándose la vida para que así sea.

Cuídense, queridos lectores/as.