Al otro lado de la lancha

Llega mayo y en sus postrimerías tu cumpleaños. Allá por 1945, acabando la 2ª Guerra Mundial llegaste sin saber todavía que ibas a ser mi padre, ni tampoco que una guapa espinariega te robaría el corazón. Gato por accidente, la abuela estaba en Madrid visitando a una de sus hermanas en la castigada España de los cuarenta, y como en la novela La Colmena, incluso la capital exhibía un retraso manifiesto junto a una estampa decrépita en la peor década de todo el S.XX. Ni que decir en muchos pueblos, vaciados por el exilio forzoso de los que optaron por probar fortuna en Alemania, Suiza o Francia ante la escasez y el racionamiento que imperaron hasta bien entrados los cincuenta.

Castellano leonés por derecho, pasarías una niñez de madurez adelantada, fruto de los tiempos y las necesidades del momento, criado en un pueblo de Ávila, Hoyo de Pinares, entre la Nebrosilla y el Quejigal, donde el retrato de Delibes en Los Santos Inocentes, representaba la fotografía más certera del ausente desarrollo económico, social y cultural del país.

Supiste aprovechar el tiempo y las oportunidades, cursando estudios en Valladolid, agradeciendo la mano tendida de tu tía monja. Unos años aprendiendo oficios cuando la disciplina y el orden eran catecismo obligado para prosperar en la vida. En esas andanzas de los años mozos te dejarías caer por El Espinar y allí conocerías a la espinariega que convertirías en mi madre. Años más tarde seguiríamos cruzando el Puerto de La Lancha para ir a por piñones del abuelo.