Ahorrar en inteligencia

Esto del ahorro energético cuyas medidas recogidas en el Real Decreto fueron debatidas ayer por los consejeros autonómicos del ramo, desvela no solo la vulnerabilidad del sistema de producción europeo, sino lo insostenible del mismo, y no tanto porque le afecten contingencias como la actual guerra de Ucrania en la que la Rusia de Putin usa sus armas más poderosas, el gas, el petróleo, contra las democracias occidentales, como por el terrible impacto que ese modelo de producción y consumo desaforados, de fabricación masiva de lo innecesario, lo prescindible y lo superfluo, de compulsiva ansiedad por el crecimiento económico constante, de insensato derroche de los recursos, tiene sobre la salud y la vida del planeta.

O dicho de otro modo: vamos a ahorrar energía porque Putin nos corta el grifo, pero no porque las sevicias que propinamos a la Tierra con las emisiones contaminantes y los vertidos de la industria, la deforestación salvaje, la progresiva aniquilación de la vida marina o la extracción enloquecida de cuanto de algún valor guarda en sus entrañas, la haya conducido a las puertas de la UCI planetaria. Cuando el ahorro es riqueza, pues la conserva, diríase que en lo único que hemos ahorrado es en el uso de la inteligencia, sin la cual, como se sabe, la especie humana deviene en la más débil y desgraciada de cuantas habitan la Tierra. Cualquier animal, hasta el de apariencia más insignificante, usa la inteligencia que tiene para sobrevivir, tal es el abismo que nos separa de ellos.

Sin la máquina de matar de Putin triturando un país tan poblado como España, y sin su chantaje energético a Occidente para que se le deje triturarlo a gusto, ya necesitábamos ahorrar, hace mucho que veníamos necesitando ahorrar, esto es, administrar con tino y previsión lo que teníamos, pero ahora nos aterra la forzada necesidad de tener que hacerlo. No poder pasar calor en invierno, ni frío en verano, ni tener los escaparates de las tiendas encendidos por la noche, cuando nadie los mira, ni iluminadas las calles como si fuera de día, ni los monumentos como si hubieran de desaparecer si no los alumbran los focos, se nos antoja mucho más terrible, al parecer, que el mundo se vaya a la mierda, y con nosotros dentro.

Algún consejero autonómico del ramo ahorró ayer en inteligencia; algún otro, ni ahorrar pudo por carecer enteramente de ella. Mientras, la vida, sedienta, tórrida, envenenada, se va apagando.