Adviento: el futuro de Dios

El hombre no puede vivir sin esperanza. La vida está lanzada al futuro y la esperanza nos sostiene en el camino. Cuando la desesperanza anida en el corazón, la vida pierde fundamento. Así le sucedió a Judas. A pesar de haberse arrepentido, como dice Mt 27,2, perdió la esperanza y se ahorcó. El suicidio, aparte de otras razones de tipo sicológico, es el triunfo de la desesperanza, la peor enfermedad del alma.

En este tiempo de Adviento la Iglesia nos invita a la espera vigilante del Señor, porque desconocemos el día y la hora de su venida. La espera de la Navidad nos remite a la espera de su venida última. Jesús dice que a la hora que menos pensemos vendrá el Hijo del Hombre. Y, así como el dueño de la casa vigila por la noche, pues no sabe a qué hora puede venir el ladrón, el cristiano debe vivir en vela para no ser sorprendido.

Estas palabras no pretenden producir inquietud en el alma del creyente. Su intención es acortar la distancia entre el presente y el futuro, que, con tanta frecuencia, lo pensamos lejanos. H. Weder, profesor de Nuevo Testamento en Zúrich, hace esta sabia consideración: «Cuando esperamos la venida del Señor, la vida del presente adquiere la forma que corresponde a dicha venida como si fuera inmediata». Y añade: «El futuro no representa más una distancia en la dirección del tiempo, sino que es decisivo para todo presente. El futuro no es sin más lo que pone fin al presente, sino lo que confiere al presente una nueva dimensión. Es el tiempo de la espera, lleno de fe, esperanza y caridad. Vigilar no significa estar constantemente dispuestos para el futuro, sino confiar en lo que tiene futuro».

Traer al presente la memoria de Cristo que viene es la mejor manera de anticipar el futuro al momento actual. Es lo opuesto del «carpe diem» de Horacio. Lo que el poeta quería decir —aprovechar el tiempo y no malgastarlo— se ha convertido en vivir el presente como si no existiera el futuro. De aquí a segar de raíz la esperanza no hay más que un paso. Sin futuro, al hombre solo le queda lo que decía el apóstol: «comamos y bebamos que mañana moriremos». Una comprensión del presente hedonista no es digna del hombre que, por naturaleza, está abierto a la trascendencia. En el sermón de la montaña Jesús nos anima a vivir cada día su afán para que no nos agobiemos con el mañana. Esto no quiere decir que vivamos como si el mañana no existiera, sino que nuestra atención debe centrarse en el momento actual de la vida. Para vivir así, Jesús nos recuerda que la vida está regida por la providencia de Dios que cuida de sus hijos como cuida de los pajarillos del cielo y de los lirios del campo. En realidad, con otras palabras, nos invita a confiar en Dios cada día de nuestra vida. Porque es Dios el dueño del tiempo, el que tiene en sus manos nuestro pasado, presente y futuro.

El Adviento que comenzamos tiene como futuro inmediato la Navidad. Por ello, la Liturgia nos recuerda que durante este tiempo debemos acrecentar la esperanza. No vivir dormidos, despreocupados, con los sentidos del alma embotados. El encendido de las luces de las ciudades no significa que ha llegado la Navidad. Sin una preparación adecuada, la Navidad será una fecha festiva del calendario. Nada más. Debemos traer el futuro al presente, ciertamente, pero para estar preparados cuando el futuro se convierta en «hoy». Solo si vivimos en la ardiente esperanza de la llegada del Señor viviremos ya ahora su presencia, y cuando llegue de modo definitivo, se intensificará el gozo, y la esperanza dará paso a la visión. Entenderemos que Dios ha estado siempre con nosotros, vigilando nuestros pasos, para que no perdiéramos nunca la meta, el horizonte de la vida sin fin, porque sin Dios no hay futuro que valga.