La enfermedad es una de las experiencias más duras del ser humano. No solo padece el enfermo que siente su vida amenazada y sufre sin saber por qué, para qué y hasta cuándo. Sufre también la familia, los seres queridos y los que le atienden.

En este domingo se celebra en la Iglesia de España “La Pascua del Enfermo”, que comenzó el día 11 de febrero pasado con la celebración de la Jornada Mundial del Enfermo. Se pretende ayudar a los cristianos y a la sociedad en general, a tomar conciencia de la importancia que debe tener el acompañamiento y la atención a los enfermos, así como la defensa de sus derechos como objetivos prioritarios, permanentes e irrenunciables.

El papa Francisco agradece y reconoce que la ciencia médica, la investigación, la rehabilitación…, hayan realizado, sobre todo en estos últimos tiempos, un gran avance en tecnologías para desarrollar tratamientos muy beneficiosos para personas enfermas. Y aunque queda un largo camino por recorrer para que estos avances lleguen a todos los pueblos, afirma que “el enfermo es siempre más importante que su enfermedad y por eso cada enfoque terapéutico no puede prescindir de escuchar al paciente, de su historia, de sus angustias y de sus miedos. Incluso cuando no es posible curar, siempre es posible cuidar, siempre es posible consolar, siempre es posible hacer sentir una cercanía que muestra interés por la persona antes que por su patología. De ahí, la importancia de la formación profesional que capacite a los agentes sanitarios para saber escuchar y relacionarse con el enfermo”.(Mensaje XXX Jornada Mundial del Enfermo)

Esto implica humanizar y promover una salud y asistencia a la medida de cada persona enferma, autora, centro y fin de toda política y actividad sanitarias. Lo que supone que las instituciones sanitarias estén al servicio del enfermo y no de intereses ideológicos, políticos, económicos o sindicales. No solo las instituciones, cualquier ciudadano debería implicarse en este cometido. Al fin y al cabo, todos podemos estar enfermos en algún momento o encontrarnos con alguna persona en situación de enfermedad.

Ofrezco tres pistas que nos pueden ayudar a acompañar en la enfermedad:

1.- Para ayudar, hay que estar cerca del enfermo. Sin prisas, con discreción y respeto total. Ayudarle a luchar contra el dolor. Darle fuerza para que colabore con los que tratan de curarlo. Lo que exige acompañarlo en las diversas etapas de la enfermedad y en los diferentes estados de ánimo. Ofrecerle lo que necesita en cada momento. No incomodarnos ante su irritabilidad. Tener paciencia. Permanecer ante él.

2.- Escuchar a la persona enferma, lo que no siempre es fácil. Requiere ponerse en lugar del que sufre, y estar atentos a lo que nos dice con sus palabras y, sobre todo, con sus silencios, gestos y miradas. Que pueda contar y compartir lo que lleva dentro: las esperanzas frustradas, sus quejas, sus miedos, su angustia ante el futuro. La verdadera escucha exige acoger y comprender las reacciones del enfermo. La incomprensión hiere profundamente a quien está sufriendo y se queja. De nada sirven consejos, razones o explicaciones doctas. Solo la comprensión de quien acompaña con cariño y respeto puede aliviar. Es un respiro para la persona enferma poder desahogarse con alguien de confianza.

3.- En la situación de enfermedad hay una dimensión que se valora poco en esta sociedad, es la dimensión espiritual: El enfermo puede necesitar también reconciliarse consigo mismo, curar heridas del pasado, dar un sentido más hondo a su sufrimiento, purificar su relación con Dios. El creyente puede ayudarle a orar, a vivir con paz interior, a creer en su perdón y a confiar en su amor salvador.

Jesucristo es un buen maestro en el arte de acompañar. Busca el encuentro personal con los enfermos. Cuenta con ellos, estimula su protagonismo, no anula su iniciativa. Les acoge, escucha, comprende, interpreta sus deseos, les infunde fe, aliento y esperanza. Les libera de su soledad. Les ayuda a descubrir que no están solos y abandonados de Dios. Les ayuda a creer de nuevo en la vida, la salud, el perdón y la reconciliación con Dios. Jesús cura-sana-salva a toda la persona. Buen ejemplo a seguir.