¿Pero quién, diablos, sube el precio del aceite de oliva?

Kotkoa - Freepik.com
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El precio del aceite de oliva en España ha roto todas las previsiones y precedentes. Los incrementos incesantes desde hace dos años perjudican a los consumidores españoles y provocan un desplazamiento inconcluso de la demanda hacia el aceite de girasol o el de orujo. No se ve fin próximo a esta escalada alimentada por motivos más cercanos a la codicia especulativa que a la geopolítica.

Nunca se habían visto en los supermercados de barrio las anillas antirrobo en botellas de aceite de oliva de marcas tradicionales, fenómeno muy extendido hoy tras rebasarse los 10 euros por litro de media. Ese mecanismo de alerta se ha desplazado desde los cascos de whisky hacia los envases de aceite: lo nunca visto. Tampoco habían proliferado al ritmo actual los robos en almazaras, con casos tan llamativos como el del pasado verano en Carcabuey (Córdoba), donde se sustrajeron 56 toneladas de AOVE (Aceite de Oliva Virgen Extra), poco después de otro hurto de 19.000 litros en la misma provincia; o los 7.000 litros saqueados en Teba (Málaga), o el enésimo expolio en la extremeña Molino de Zafra, con cuatro allanamientos consecutivos en escasos meses de diferencia…

Al mismo tiempo -y no menos inquietante- se han detectado significativas ventas de aceite ilegal a ciudadanos. Estos sucedáneos se distribuyen a través de establecimientos de todo tipo, como almacenes, gasolineras y mercadillos. Las partidas detectadas se han retirado de la venta, porque carecen de garantías para los consumidores. En concreto, tras extenderse la alerta, las autoridades sanitarias de Andalucía han puesto la lupa sobre una red de venta irregular de aceite, donde se detectaron empresas sin registro sanitario que envasan y comercializan de forma ilícita aceite en Extremadura y Andalucía. En los productos requisados, se aprecian características organolépticas alteradas, porque el olor, sabor, color y consistencia no se corresponden con las del aceite de oliva virgen, si bien no se han identificado aún riesgos para la salud derivados de su ingesta. En alguno de los productos investigados (Cortijo de Oro) se ha comprobado mezcla de aceite lampante y otros refinados, lo que impide su consumo. La sombra del histórico caso del aceite de colza en los años ochenta sobrevuela estas pesquisas.

Tohamina - Freepik.com
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La lista de actos delictivos recientes, espoleados por el valor que alcanza el “oro líquido”, podría llenar varias páginas del periódico. Del mismo modo las redes sociales se han inundado de memes sobre el subidón; por ejemplo, en Twitter (ahora X) circula con profusión la siguiente broma: “Estoy contento. Me han aprobado el préstamo para cambiarle el aceite de oliva a la freidora”. Sin embargo, aparte de chanzas y de estos delitos tan frecuentes como dispersos, parece extenderse la sensación de que el verdadero robo de calado es la especulación campante.

Una confluencia de factores ha provocado una subida de precios sin parangón, algo más del triple en apenas dos años. Y a aceite revuelto, ganancia de especuladores. Más allá de las explicaciones oficiales que circunscriben el problema inflacionario al recrudecimiento de guerras como las de Ucrania o Gaza, se apunta entre portavoces del sector agrícola a la sequía, al coste de fertilizantes y a las malas cosechas como detonantes del incremento de los precios.

Ya en la temporada pasada se registró una cosecha por debajo de la media, a pesar de una cantidad superior de olivos en producción. El horizonte para el nuevo ciclo es aún más pesimista ante la pertinaz carencia de lluvias. Los mercados toman nota de la dimensión económica de la pluviometría y suben los precios sin atender a ruegos.

Desde ámbitos gubernamentales, se apunta también a la caída de la producción como factor clave para excusar una escalada que golpea con dureza a la cesta de la compra. Nadia Calviño, anterior ministra de Economía, apuntó en septiembre de 2023 que el Gobierno no tiene constancia de que en el ámbito de la distribución ni en el de los productores se especule con el precio del aceite de oliva. La actual presidenta del Banco Europeo de Inversiones lo hizo justo al conocerse que en agosto del pasado ejercicio se registró una subida interanual del 52,5%, bastante lejos del aumento salarial medio en nuestro país. “No nos consta que haya especulación, pero, si así fuese, tomaremos medidas”, declaró a TVE, y añadió que la Comisión Nacional de Mercados y de la Competencia (CNMC) investigaba la evolución del precio de venta del aceite por si existiera alguna irregularidad. Indicó que el ejecutivo de Sánchez había adoptado medidas como la bajada del IVA aplicable y apeló a toda la cadena de valor para “ayudar y aliviar la situación de las familias”.

Medio año después de estas declaraciones, no ha vuelto a saberse nada de ese anunciado estudio de la CNMC, ahora en plena reorganización debido al golpe de timón dado por el Gobierno a la Comisión Nacional de la Energía. Tampoco el actual ministro de Economía, el extremeño Carlos Cuerpo, se ha manifestado aún, un silencio que parece respaldar la tesis de que la espiral de precios del aceite solo se explica por las malas cosechas y la sequía. Esa explicación deja de lado cuestiones como la diferencia de precios entre superficies comerciales y el agravio comparativo frente a países de nuestro entorno. Son diferencias tan notables que hacen dudar de que la gestión de las existencias sea la raíz de esos precios dispares en contra de los consumidores de nuestro país. Parece probable que haya algo más y que esté vinculado a la especulación.

La producción asociada a la aceituna se estructura, a grandes rasgos, en cuatro fases: campo, almazara, envasado y distribución/comercialización. Los datos apuntan a que las empresas embotelladoras han logrado márgenes históricos, a tenor de los últimos informes de la “Cadena de Valor” preparados por el Ministerio de Agricultura. Otra fase del proceso donde puede haberse dado especulación es entre los almacenistas. Y, por otra parte, el contraste entre los precios en España y los de países como Francia (dos euros más barato en empresas comunes para ambos países, como Carrefour en sus marcas blancas), Irlanda (unos cinco euros menos por botella) o Portugal (cerca de siete euros por envase de litro) debilita la idea de que tal brecha se debe simplemente a la escasa rotación de las ventas y al menor consumo fuera de nuestras fronteras. Esa insuficiente justificación apunta a que las cadenas adquirieron hace bastante tiempo el aceite y mantienen almacenadas remesas previas al repunte de precios. O sea, las superficies comerciales compraron baratos esos lotes hace meses y mantienen a la venta todavía esas reservas a precios muy superiores.
Los consumidores no se han callado ante la escandalosa subida de precio. La OCU (Organización de Consumidores y Usuarios) ha denunciado “la fuerte especulación que rodea al precio del aceite de oliva, un producto básico en nuestra dieta y un pilar de la gastronomía española”. Para esa organización, un precio tan disparado obliga a los consumidores a buscar alternativas como el aceite de girasol. La OCU publicó hace meses una lista de recomendaciones para sustituir el aceite de oliva en diferentes preparaciones y un informe que revela que el AOVE de marca blanca en España es un 6% más caro que en Italia o Portugal, algo “inexplicable” para la asociación de consumidores al ser España el primer productor del mundo.

Por su parte, Facua-Consumidores en Acción pidió el pasado otoño al órgano encargado de vigilar la Competencia que investigue la existencia de un posible pacto entre ocho grandes empresas para fijar el precio del aceite de oliva al margen del mercado: Alcampo, Aldi, Carrefour, Dia, Eroski, Hipercor, Lidl y Mercadona. Detrás de estas marcas se aprecia la sombra de los grandes fondos de inversión, atraídos por los fuertes beneficios en cualquier actividad económica. La denuncia de Facua se apoyó en la comprobación de que esas firmas llevaban meses vendiendo al mismo precio las botellas y garrafas de aceite de oliva de sus marcas blancas. Esta organización basó su denuncia en un estudio sobre los precios de 144 marcas de aceite en medio centenar de cadenas de supermercados, donde comprobó que algunas aplican subidas mayores para incrementar sus beneficios.

En nuestro país, la producción de aceite de oliva prácticamente duplica el consumo. La fotografía del sector no difiere sustancialmente de la que existía a finales de los años noventa, cuando toda España tembló al desvelarse los planes del entonces Comisario austriaco Franz Fitcher para cambiar la política agraria europea y limitar la cantidad anual máxima a 1.350.000 toneladas de aceite, propuesta particularmente perjudicial para Italia, Grecia y España. Un cuarto de siglo después, el sector del aceite de oliva se mantiene como columna vertebral en el esquema agroalimentario de nuestro país. España se afianza como líder mundial en “superficie, producción y comercio exterior”, indica el Ministerio de Agricultura. La producción de aceite de oliva español supone el 70% de la Unión Europea y el 45% de la mundial. El “oro líquido” da empleo a 350.000 agricultores y a otros 15.000 trabajadores en la industria, cifras que trascienden lo cuantitativo porque implican también la fijación de poblaciones en el medio rural (sobre todo en Andalucía, la mayor área de producción con 1,6 millones de hectáreas), pese a la fuerte mecanización de los procesos de recogida de aceituna. Son cifras lo bastante contundentes para decidir a las autoridades a indagar seriamente sobre las posibles, tirando a probables, prácticas especulativas que afectan a un tesoro gastronómico que forma parte de la historia y el futuro de España.

 

¿Quién se beneficia?

La película La Vida de Brian (1980), dirigida por Terry Jones, está repleta de momentos hilarantes que se han incorporado a la cultura popular. Un diálogo particularmente divertido se desencadena con una pregunta planteada durante una reunión del Frente Popular de Judea, cuando uno de los presentes inquiere: “¿Y a cambio los romanos qué nos han dado?”. Tras un corto silencio alguien contesta:

– El acueducto.

–Ah, sí, eso sí nos lo han dado.

–Y el alcantarillado.

–Sí, de acuerdo, reconozco que el acueducto y el alcantarillado nos los han dado los romanos.

–Y las carreteras.

–Evidentemente las carreteras, eso no hay ni que mencionarlo, hombre. Pero aparte del alcantarillado, el acueducto y las carreteras…

–La irrigación, la sanidad, la enseñanza, el vino, los baños públicos, el orden público…

Entre esa retahíla de aportaciones que se mencionan en la película falta el aceite, menos presente de lo debido en el legado del imperio romano que suele reconocerse. Plinio El Viejo, escritor romano del sigo I, apuntaba: “Hay dos líquidos que son especialmente agradables para el cuerpo humano, el vino por dentro y el aceite por fuera. Ambos son los productos más excelentes de los árboles, pero el aceite es una necesidad absoluta, y no ha errado el hombre en dedicar sus esfuerzos a obtenerlo”.

El líquido milenario ya atesoraba larga historia desde los cultivos en Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Eufrates, pero los romanos llegaron más lejos que nadie en los sistemas de producción. Fueron los que iniciaron el uso de la prensa circular de piedra (Trapetum).

También sustituyeron el sistema tradicional de prensa de barra y cabrestante por un mecanismo de tornillo que aumentó la presión de trituración y permitió atender una demanda creciente de aceite de oliva, alcanzando volúmenes de producción que costó siglos igualar.
El aceite valía para todo. Desde ofrenda a los dioses hasta ingrediente culinario, pasando por usos medicinales y cosméticos o como combustible. El emperador Julio César lo incluyó en el reparto subvencionado de cereales (“annona”) destinado a los soldados de su ejército, sistema que trataba de amortiguar las carencias entre los más pobres y que extendió por nuevos territorios la fama del aceite, entre ellos la Península Ibérica.

En ocasiones se han planteado problemas de suministro de un producto tan necesario como cotidiano. El emperador Augusto (27 ac-14 dc) buscaba el control de la Península Ibérica, porque era un espacio ideal para producir masivamente aceite de oliva, por razones climatológicas y las posibilidades de transporte fluvial.

Una muestra arqueológica del esplendor del aceite en el corazón del Imperio es el Monte Testaccio, en Roma, promontorio artificial de forma triangular con restos de 53 millones de ánforas de terracota, en su mayoría provenientes de Andalucía. Los investigadores han encontrado en esa colina valiosa información sobre el comercio, administración y transporte en el Imperio Romano. De esos estudios se desprende la importancia para Roma del aceite de oliva procedente de las actuales España y Portugal.

También procede de enseñanzas romanas la expresión latina Cui Prodest? (“¿Quién se beneficia?”). Fue Marco Tulio Cicerón (106-43 a. C.) el letrado, filósofo y escritor romano que puso en circulación esta pregunta. Desde entonces aquel interrogante se ha convertido en un recurso muy útil para identificar a los culpables y localizar la autoría de un acto. Se emplea mucho en el campo de la teoría criminal, pero también sirve para la investigación policial, la política, la literatura, el periodismo o los negocios. Y también, cómo no, debería aplicarse para abordar el enigma actual sobre el precio de ese recurso milenario, descartando entre los sospechosos a trabajadores y consumidores, nada favorecidos con el escandaloso importe actual.