A vueltas con el señor Cayo

La coyuntura electoral me ha animado a releer ‘El disputado voto del señor Cayo’, la novela de Miguel Delibes. Ha sido una lectura rápida porque es un relato sencillo y simple. Bien es verdad que el autor, aun en sus escritos más humildes, tiene la virtud de hacer emerger en ellos momentos sublimes. En esta cualidad entronca con Stefan Zweig. En el caso de esta obra lo constituye el relato por el señor Cayo de la muerte anunciada del Faustino.

Miguel Delibes refleja la realidad de las dos Españas, y en su doble acepción: la urbana y la rural, y la de izquierdas y la de derechas. Ambas todavía perviven. También plasma la ingenuidad de aquellos días, en los inicios de la democracia, cuando se luchaba cada voto por muy intrascendente que pareciera y había que expandir el nuevo régimen democrático por doquier.

El caso es que, 45 años después, se ha repetido el mismo esquema durante este último proceso electoral

El caso es que, 45 años después, se ha repetido el mismo esquema durante este último proceso electoral. Prueba de ello son los autobuses que la Junta ha contratado para trasladar a ciudadanos sin urnas en sus pueblos al no coincidir las elecciones municipales con las regionales. La fuerza del PP hasta ahora, y a resultas de lo que consiga Vox, ha sido el voto rural. Aunque algunos hayan tardado en verlo —si es que lo han visto— su variable de éxito habrá residido en la capacidad de movilización de sus alcaldes rurales. Más que en Isabel Ayuso o Pablo Casado. Un director de una empresa demoscópica me comentaba hace unos días que las expectativas de los populares se residencian en la participación electoral. Si a las 13.00 horas de hoy domingo hay una abstención superior al 70%, mala señal será para ellos.

Desde un punto puramente analítico, que es lo pretende este artículo, es una falacia pensar que el voto de la España vaciada reside en los pueblos que conforman la España vacía. El 80% del apoyo se ubican en localidades de más de 10.000 habitantes. Capitales de territorios con menos habitantes por kilómetro cuadrado que Laponia. El del PSOE y Podemos, sin embargo, se enraíza en los núcleos urbanos más significativos, y más concretamente en sus periferias. Marx siempre pensó que la revolución tendría lugar en la industrial Inglaterra, no en la campesina Rusia, y tenía toda la lógica su razonamiento.

La única realidad en estos momentos es que la decisión está en manos de quien detenta la soberanía nacional

Estas elecciones volverán a reeditar la España de los dos bloques al diluirse, por enésima vez en la historia política de nuestro país, el centro político, ese al que muchos tienden pero que solo se vota de ciento a viento. La principal incógnita reside en conocer la fuerza de los grupos que defienden los intereses más puramente provinciales, y que suele alimentarse del caladero electoral de los partidos que gobiernan, sean de uno u otro signo. Lo más probable es que esta noche ninguna formación tenga la mayoría suficiente como para permitirse no solo gobernar sin apoyos, sino también sin pactos, tengan el calado que tengan. Eso hace más interesante saber el suelo que PP y PSOE poseen en la Comunidad. Sobre todo en el presente, cuando el tirón Sánchez no es el de hace dos años y medio y Mañueco no resulta un neófito como aspirante a presidente. Ese suelo será muy definitorio de la suerte política que puede esperar quien no sea capaz de elevarse sobre él. No sería de extrañar que más que unas consecuencias estatales —como se empeñan nuestros opinadores nacionales, cuyo batiscafo no se mueve de Madrid— las salpicaduras de los resultados terminen afectando a la carrera de más de un candidato. Repito, de más de un candidato. La única realidad en estos momentos es que la decisión está en manos de quien detenta la soberanía nacional. Que es la mejor garantía para quien gane y la mejor excusa para el perdedor.