A veces pienso que tengo suerte

Los científicos nos descubren, de vez en cuando, organismos curiosos (para nosotros, no para ellos) capaces de vivir en los lugares más repugnantes: una especie de gambas transparentes nadan tan felices en la Fosa de las Marianas a más de 11.000 metros de profundidad marina; en el famoso parque de Yellowstone, además del oso Yogui, se descubrieron unos microorganismos que disfrutaban de su existencia en un medio tan ácido, tan sulfuroso y tan caliente que impedirían resistir a cualquier otro ser vivo (microorganismo por supuesto).

Más aún, el planeta Tierra es un lugar, estadísticamente hablando, bastante inhóspito para la vida y con una superficie habitable muy escasa para los seres humanos en condiciones normales. De entrada solo podemos vivir en tierra: y en una zona lo suficientemente sólida como para no hundirnos al pisar. Si restas lo que es demasiado cálido, demasiado frío, o demasiado seco, el espacio para desarrollarnos es bastante reducido en términos porcentuales. Por otra parte, somos una especie llamativamente débil: siempre hay un animal (en sus tiempos vecino cercano de alguna tribu de nuestra especie) que nos supera en algo: en fuerza, en velocidad, en hambre, en número, en tamaño, en peligrosidad (para el hombre)…

En fin, si no estuviéramos erguidos habitualmente y fuéramos capaces de caminar y hasta de correr así, si no tuviéramos manos con dedo oponente para agarrar objetos y, sobre todo, si no tuviéramos la inteligencia de transmitir a nuestros sucesores lo que “inventamos” probablemente hubiéramos desaparecido como parte de la dieta de cualquier especie más fuerte y que corriera más.

La transmisión del conocimiento es muy probablemente el más seguro motivo de supervivencia de nuestra especie. Cuando algún avispado se empeña en proclamar que hemos sobrevivido gracias a nuestra dieta en nueces y otros frutos del bosque cuando éramos una panda de herbívoros acosados por la única ventaja de tener un tránsito intestinal de primera, hay que recordar, mejor gritar bien alto a todos que somos lo que somos porque siempre ha habido docentes en la tribu humana.

Esta afirmación es brutalmente cierta. Podrá decirse luego que por eso estamos tan mal, o estamos tan bien: como cada cual quiera. Igualmente podrá declararse que los docentes empezaron de ancianos, siguieron de hechiceros, continuaron como esclavos, luego fueron unos muertos de hambre y en el culmen de su carrera lograron ser funcionarios. Últimamente, muchos de los progenitores de los cachorros humanos que se encierran en la escuela, quisieran que fueran domadores, sin daño para las fieras, de los engendros a los que aguantan en su casas a base de consentirles todo.

Esa casta de docentes logra transmitir de generación en generación, por medios que nada tienen que ver con la genética, unas cualidades que aunque pueden mejorarse con entrenamiento y dedicación exigen una caracterización de base imprescindible. Es algo que forma parte de su ADN o de su corteza cerebral, no sé; pero siempre está ahí cuando eres buen profesor. La docencia es vocación y oficio, pero necesariamente juntos: no por separado. El docente no solo tiene cualidades innatas de base, además, ha de ejercerlas si quiere ser maestro en toda la enorme amplitud semántica que tiene este término; que abarca desde al profesor de primeras letras (o antes) al formador de genios en fase de maduración plena: siéndolo o no él mismo.

¿Qué se debe exigir a un buen profesor? Lo diré en términos castizos: saber llegar a los estudiantes

He pensado muchas veces en las cualidades imprescindibles en un buen profesor. (Un paréntesis: los malos profesores no son profesores; los profesores que no son suficientemente buenos, tampoco son profesores.) El único modo de ser profesor de verdad es siendo un buen profesor. Lo demás son apaños políticos inevitables en sociedades manifiestamente imperfectas

¿Qué se debe exigir a un buen profesor? Lo diré en términos castizos: saber llegar a los estudiantes. Ese saber, el don de lenguas o de gentes si se quiere, implica primero la capacidad de ponerse a la altura del estudiante, alumno o discípulo. Y casi siempre, para el docente, supone ponerse en cuclillas, bajarse al modo de ver las cosas del discente, de su perspectiva, de comprender su mundo… y arrancar de ahí: se esté en el nivel en que se esté.

Y lo siguiente es que, al agacharse el profesor, el alumno vea en esa persona cercana a alguien digno de confianza, a alguien a quien merezca la pena creer. Porque el inicio del aprendizaje se basa no en la comprensión y asimilación perfecta de la materia explicada por parte del estudiante, sino en su aceptación para después meditarla, pensarla y comprenderla. Y esa confianza se gana con una vida coherente entre lo que se dice y lo que se hace.

Estos elementos básicos no pueden faltar. Uno puede preguntarse qué tiene esto que ver el acercamiento al estudiante y esa confianza generada con enseñar ecuaciones de segundo grado a gentes de catorce años, en primavera u otoño, con la vista y la imaginación perdidas por la acción de hormonas calientes. Y tiene que ver todo, porque todo se da junto. Y puede uno cuestionar qué tienen que ver las competencias transversales con esto: y es lo mismo. Todo: porque sin esa base no hay nada en la educación. Y lo saben bien los inútiles que ni se agachan, ni generan confianza y dicen además que enseñarán a sus padres a tener hijos.

Quizá por eso a veces me animo cantando una vieja canción compuesta sin pensar en los profesores: “A veces pienso que tengo suerte// sin una perra y aún me divierte mi profesión// desde una noche en la que Dios quiso// comprometerme con el hechizo de una canción// A veces pienso que lo más grande// de que dispone el hombre es el hambre de conocer// que abrir un libro es abrir las alas// sobre las cosas que nunca acabas de poseer.” En fin: cosas nuestras.


(*) Catedrático de Universidad