A las puertas del otoño

Con un septiembre haciendo las maletas, en mitad de un viento que corta la cara, la naturaleza nos regala la metamorfosis más admirada con miles de matices acogedores.
Una búsqueda incesante de los cada vez más escasos haces de luz, que atraviesan sin apenas fuerza el bosque que aguarda celosamente la llegada del frío taciturno. Árboles que renuevan su indumentaria, tapizando el suelo con una paleta infinita.
Alfombras verdiamarillas inundan la escena mientras el aire transporta recuerdos que los años no vencieron. Hojas de otoño que vuelan tomando altura para después caer planeando, casi sin rozarnos. Hojas que despegan del suelo y que aterrizan en nuestras cabezas, formando parte del impresionismo de Monet o del Jardín de Van Gogh. Hojas que nos avasallan como las de un libro pasando a toda prisa con viento del norte.
Una transición hacia la estación fría, llena de color, con un cromatismo en expansión. El otoño es ese nómada que se lleva el verano, que adormece y despierta emociones encontradas. Un puente hacia el solsticio de invierno enamorándonos de su magnífico espectro de colores.
Asistiendo a una carta de amalgamas y estelas inagotables de verdes menguantes, ocres, rojizos y dorados que van modificándose con el paso de los días, siguiendo su propia jerarquía, desobedeciendo cualquier uniformidad.
Una estación que se renueva y se reinventa para mostrar un espectáculo de contrastes jugando contra el tiempo, un otoño en suspensión, con ganas de catarsis se adueña del paisaje espinariego. El otoño y sus colores, paradigma de vida.