A la sombra de la Olma de Santa Cecilia

Son los arboles un recuerdo atemporal. Entre sus hojas, ora verdes y tersas, ora caducas y cenicientas, discurren nuestros suspiros atrapados en un imborrable atardecer. Sus cortezas, retorcidas y pesarosas, claman por un pasado de juventud en esa vejez eterna por la que transcurre su vida. Las raíces, hincadas en el suelo que todo lo recoge, malviven en una lucha parda y desesperada por el alimento que nadie atiende. Estas, retuertas de tanto cavar, a veces confunden el camino y asoman a cielo raso y, sorprendidas de tanta belleza, acaban tornándose en madera de bello tajo y mejor aroma. Todo en ellos me resulta evocador e imperecedero, hasta el punto de sentirlos una vez han desaparecido, dejando tras de sí el mudo tocón que no pudo el hacha tronzar. En mi memoria sobrevive cada una de sus ramas etéreas mecidas por el viento cálido de un mes de mayo perdido entre el aroma de las flores de los castaños y el embriagador perfume de cientos de tilos acostados sobre el lomo de los cedros infinitos de la calle de Valsaín. Es tan fuerte su presencia, tan consustancial su estar, su ser, que, una vez se han ido, su espacio se mantiene inalterable y, por mucho que nos esforcemos en ocuparlo, nuestro recuerdo se abre paso entre todo lo presente y volátil hasta devolvernos el gigante perdido.

Así, al menos, lo siente este humilde Cronista cada vez que enfila el jardín del Medio Punto. Es llegar hasta el abedul sueco de inconsolable llanto primaveral y buscar el recuerdo de aquel hegemónico pinsapo derribado hace ya diez años por un inmisericorde temporal. En la Puerta del Horno, justo frente al cadáver de la carbonería, no dejo de sentir aquel castaño de tronco revirado hacia la carretera que nos permitía colgar las piernas sobre los coches y su frenético transitar en una infancia sacada de una novela de Mark Twain. Más abajo, en el partidor de dos carreteras, aún percibo el tronco épico de un ciclópeo olmo homérico, consumido por la enfermedad y desaparecido como el viejo hospital que mandara construir Carlos III y que da nombre al paraje. Todos ellos, olmos centenarios, castaños atormentados y pinsapos distraídos, pululan en mi mente construyendo con mi feliz recuerdo la promesa de un mañana poblado por miles de compañeros y amigas de verde florecer y anciano consejo.

Todos, menos uno.

Pues, si bien hubo de crecer en la inocencia del vivir asilvestrado, pronto conoció el desaliento que engendra la mala compañía y el peor consejo

Anclada en lo que una vez fuera esquileo y cetárea decimonónica; donde se asentara la vieja perrera de los reyes y construyeran los habitantes del bosque la ermita de Santa Cecilia; justo ahí donde Vicente Ferrer se ganara el halo predicando contra la diversidad religiosa hace ya seis centurias; exactamente allí donde el Duque de San Jorge consiguiera erigir el palacete que hoy languidece a la espera de gastar un episodio más, vivió una gigantesca olma de sombra impenetrable, copa rechoncha, hoja seca y tronco contraído por un sinfín de malos recuerdos. Pues, si bien hubo de crecer en la inocencia del vivir asilvestrado, pronto conoció el desaliento que engendra la mala compañía y el peor consejo. Así, su sombra albergó palenques infames con despojos pendientes junto al puente de la ermita, recado a caminantes y vecinos sometidos a la infame tiranía. Sus hojas dieron pábulo a persecuciones inveteradas y ajusticiamientos sumarios cuando el pensar distinto se convertía en crimen y la beligerancia dialéctica en condena manifiesta.

Bajo esa sombra siniestra, queridos lectores, se deleitó con la agreste visión de roquedal y pino, río y robledal, Ramón Serrano Suñer durante aquellos veranos de alzamientos celebrados sobre un lecho de calaveras descarnadas. Allí sentado bajo esa olma que tanto admirara Joaquín María Catellarnau, el irredento falangista acomodó su pasado a un cruel presente al que nada parecía avergonzar. Todavía recuerdo cómo explicaba aquello de la justicia al revés, de echar las culpas a la víctima como justificación del dislate, en un tremebundo curso de verano en el Monasterio del Escorial. Exactamente allí, en la cercanía del otro tronco seco de corazón putrefacto, horadado por los agujeros de un centenar de ejecuciones, el viejo y contumaz falangista acabó por contaminar una sombra ya perdida que sigue atemorizando mi futuro, pero no el de miles de ignorantes compatriotas, sordos al clamor de un ayer desgañitado y afónico de tanto prevenir. Que ver banalizar la sombra del fascismo y la intolerancia, de la violencia atávica y el despreciable odio clasista, en un país que ha sufrido el martillo del inquisidor, la bota del fascista y el olvido colaboracionista de todos los que hoy se rasgan las vestiduras, ajenos a su culposo proceder, acabará por helarme la sangre una vez más.

Consciente como soy de la enseñanza que el pasado inculca en quien solo busca allí respuesta al futuro y no justificación torticera del hoy miserable y pendenciero; del frío desgarrador que el olvido conculca a los corazones que no respetan la memoria del sacrificio pasado; de la miserable imprudencia inherente al menosprecio de las actitudes infamantes, agoreras y desahogadas por el desdén hacia un victimario inalcanzable; consciente de todo ello, digo, sólo me atrevo a recomendar un instante bajo la gélida sombra que dejó el recuerdo de la vieja olma de Santa Cecilia y el hielo que se apodera del interior cada vez que se pasea su ausencia.