A la sombra de la araucaria solitaria

Uno no sabe muy bien si existe bondad en esto de andar solo o si, por el contrario, el alejamiento de lo humano nos empuja a la pérdida de nuestra esencia. Fuera del grupo, apartado del calor que la sociedad aporta en todos los sentidos, me resulta muy complicado entender lo positivo que se puede descubrir allí encerrado.

Aristotélico que es uno, he crecido aprendiendo de los demás, de sus aciertos y mis errores, conformando una experiencia que, por fortuna, no me canso de compartir en cada momento de mi vida. Es posible que, equivocado como en tantas cosas, haya perdido la conexión con aquel saber que tantos otros supieron encontrar y que les entregó, en la búsqueda interna, respuesta al todo. Ya fuera Santo Domingo dentro de su agujero, Diógenes solazándose en aquel barril, San Juan de la Cruz metido en las cuevas segovianas, Cristo tentado en el desierto, Siddharta Gautama absorto por la visión de la esfera de la percepción-no percepción, Prisiciliano perdido entre los pinos negrales de Finisterre, Francisco de Asís atribulado por la hambruna o Emily Dickinson encerrada en su cuarto; el pensamiento en soledad ha marcado el camino de nuestra sociedad en demasiadas ocasiones, confundiendo la claridad de ideas con la deconstrucción del propio pensamiento, perdida la consecuencia inherente a la suma de experiencias. ¿Cuántos paisanos confundieron el liderazgo con el frío desprendido por la soledad del que decide sordo al sentir diverso? Que, en la conjunción del saber, del acervo humano, siempre se halla la respuesta a cualquiera que sea la duda. O eso he venido creyendo durante mis largos años de observación de la humanidad que me rodea.

Quizás en el silencio baldío pueda reposar cierta pausa que permita ralentizar el proceso de análisis

Aún así, no dejo de pensar si no me estaré perdiendo algo, atento como estoy a toda traza de sabiduría al alcance de mi ignorancia perpetua; si en la soledad de la conciencia puede uno rescatar algo de la gloria perdida de un pasado que se aleja cada vez más de este presente orgulloso de su estulticia. Quizás en el silencio baldío pueda reposar cierta pausa que permita ralentizar el proceso de análisis hasta hacerme comprender en profundidad lo que la superficie no alcanza a comunicar.

Quizás, si me elevara en singularidad, solo en un corro de semejantes distintos, pudiera ser capaz de dar sentido a todo lo que me abruma. Quizás entonces, digo, si me postulara como la vieja araucaria del Pabellón de Alfonso XIII, llegaría a mi pensar ese recodo de quietud capaz de hacerme ver lo que esconde la barahúnda tremenda que atruena a mi alrededor.

Dispuesta allí no se sabe muy bien por quién, la araucaria araucana se alza tiesa como una vieja dama de retorcida moral, sabedora de que, aún no siendo aquel su sitio, lo habrá de ocupar al precio que sea. Originaria del Nuevo Mundo, donde sus congéneres llegan a alcanzar el medio centenar de metros, la araucaria ha venido malviviendo los últimos cien años dando a regañadientes un ápice de sombra que refresque los etéreos y desvaídos atardeceres veraniegos de este Paraíso. A la vera del citado pabellón, desde 1906 acompañó la diletancia de aquel rey tan poco dado a la meditación. Ubicado en el Jardín del Rey junto a la huerta, un poco más allá del bosquete del Anneau Tournant donde Felipe V y sus acólitos se deleitaban cazando cifras a caballo de máscaras carnavalescas, el Pabellón de Alfonso XIII constituía un remanso de sombra y verdor, de frescas fragancias amargas aderezadas por el errático aleteo de un millar de mariposas para que aquel monarca siempre extraviado pudiera solazarse en eternas veladas de pesca interrumpidas por frugales almuerzos servidos bajo la pérgola que protegía un mosaico de gorrones sobados por la ría en que habían convertido al pobre arroyo Carneros René Carlier y Esteban Boutelou. Plantada en aquel rincón circular, la araucaria creció durante un siglo a expensas de recelosos pinos y cedros furibundos, de altaneras tuyas y castaños pletóricos; al arrebol de viejos tilos contraídos y chopos lombardos en retirada, todos ignorantes del sentir de aquel raro y solitario árbol austral, condenado a participar de un vivir ajeno a su existencia. Y, aunque de vez en cuando algún paisano se dejase caer por su exigua sombra tratando de cazar una de sus esquivas hojas coriáceas, más escama de dragón que diente de ocelote, como solía decir mi Señor Padre, amante de todo lo que crecía y daba sombra; las más de las veces ha pasado inadvertida en su soledad, erizadas sus ramas de hojas imposibles que no auguran nada nuevo. En ocasiones teñida de un marrón insalubre, la araucaria ha venido disfrutando de la soledad que el desconocimiento entrega a los que nada quieren compartir. Fea y ajada para muchos de los escasos paseantes, este invitado ancestral del bosque regio no se ha cansado de despreciar con su indiferencia a todo lo que se ha atrevido a crecer en derredor de su altanería, haciendo ver la dificultad que conlleva la integración del uno cuando se abstrae del todo.

No me imagino el Jardín del Rey sin este pintoresco y solitario habitante, capaz de sobrevivir a eones de su matriz

Aún así, queridos lectores, no me imagino el Jardín del Rey sin este pintoresco y solitario habitante, capaz de sobrevivir a eones de su matriz y mostrar su identidad en atrofiada presencia serrana. Cada día de paseo, cada atardecer primaveral, cada mañana fresca de candor otoñal, me veo en la necesidad de acercarme hasta su desprecio, impelido por la necesidad de aprender aquello que destila quien, estando rodeado de una multitud, sobrevive en soledad, esperando quizás que un poco de aquella pausa irredenta me empuje a meditar una miaja de la plétora que me atosiga con cada paso que doy. Seguro estoy de que, a la sombra de aquel gigante incómodo, algo habré de encontrar.