200 años de policía

Hay un ser humano, una persona, un hombre, una mujer, debajo de un casco. Llueven latas de refresco llenas, botellas más o menos vacías, palos, adoquines. Un escudo parece pequeño ante tanta tormenta. Sobre todo, si ves a tus pies al compañero caído que sangra mientras es retirado a zona más segura. ¿Qué sujeta a esa posición de riesgo, de peligro, a ese ser humano, a esa persona, a ese hombre a esa mujer?

Por la emisora que brama dentro del habitáculo se requiere más fuerza para enfrentarse a un ladrón con rehenes. La urgencia del caso no da para pertrecharse de forma conveniente. Parapetados tras los automóviles, con el arma presta, se espera un desenlace feliz. Pero los instantes de la espera son más que suspense. ¿De dónde le nació a este ser humano uniformado la disposición a acuclillarse ante un ser ansioso, airado, armado, cuando todos los demás ponemos pies en polvorosa?

Dos personas no tan jóvenes han tirado de navaja después de una discusión. Sorprendentemente la gente se arremolina a una distancia poco prudencial para su presunta cobardía. Un coche se acerca haciendo sonar la sirena. Primero con palabras, después con ligeras amenazas se conmina a los enzarzados a que cesen su ataque. Ha habido que sacar la pistola. Un ser humano, una persona, un hombre, una mujer, en una especie de arte marcial, ha conseguido desarmar al más violento. Acude fuerza del orden suficiente que se limita a recoger a los protagonistas del altercado y disolver a los curiosos. ¿Acaso este ser humano que ha intervenido y disuelto el incidente ha pensado antes de intervenir que su vida corría peligro?

En la estación de autobuses se ha dado la alarma. El ladrón corre atropellando al personal. De entre la masa anónima ha saltado como una centella un paisano. Persigue al ladrón. Tras una larga carrera, en un callejón angosto, se detiene exhausto el ladrón. Su perseguidor le enfrenta, le pide lo robado, le hace los cargos sobre la devolución, le enseña la placa, le explica su condición profesional. El ladrón devuelve la cartera y levemente agarrado por el brazo camina hacia la comisaría. ¿Quién, ni el dueño de lo robado, se daría esa carrera para enfrentarse a un potencial peligro?

En las cloacas, precintando tapas de alcantarilla, saludando a las ratas que salen al paso y esquivando detritus varios por la siguiente visita real ¿qué ser humano, persona, hombre o mujer no saldría escopetado a respirar el aire puro y abandonaría tan desagradable y necesaria revisión?

O la tarea desagradable de perseguir la pornografía infantil, las violaciones, el fraude, la estafa, la corrupción… Por más ingenio y medios que dispongan la evolución y circunstancias de cada momento: estudios superiores, investigación; perros, caballos, helicópteros, ordenadores, cámaras fotográficas, muestras de ADN, etc., etc.

¿Quién es este ser humano, esta persona, este hombre, esta mujer, que recibe el botellazo sobre el casco, que reduce al ladrón, al violento de la reyerta, que interpone su cuerpo con o sin chaleco ante las balas? Un policía. Porque si digo que es un Agente del Cuerpo Nacional de Policía acaso algunos piensen que hablo de extraterrestres.

Hay un momento en la vida de las personas en el que toman la decisión de ser algo, si no alguien. Algunos lo vienen forjando desde niños. Otros se ven impelidos por resolverse las habichuelas. Los más tendemos a funcionarios, obreros por cuenta ajena. Otros valientes se inventan una empresa con la que, además de ganar dinero, dan trabajo a unos cuantos, sufren el albur de los negocios cambiantes. Una minoría de éxito desigual apuesta por deportes más o menos arriesgados, por el arte, por la bohemia. Todo esto constituye un misterio, o un azar. Pero todo ello no explica que un buen número de personas apueste por salvaguardar las vidas y haciendas del prójimo, poniendo en riesgo su propia existencia. No parece compensación suficiente un sueldo pequeño y ninguna ventaja social, cuando no la indiferencia o el desprecio. Este es el caso de los miembros de los Cuerpos de Seguridad del Estado. Este es el caso de los policías.

Es verdad que fuera de servicio compran pan, llevan a los niños al colegio, juegan al mus… Sí. Menuda utopía: que cada uno cumpla con su parte. Pero ese trabajo solidario de panaderos, maestros, camareros, con quienes la policía comparte el amor al trabajo bien hecho, a la responsabilidad, al cumplimiento del deber, salvo raras excepciones, no requiere exponer la vida propia. Un escalador, un torero, un piloto de F1 o GP se juegan la vida, pero no de la misma forma que un policía: este lo hace con el fin de proteger a las personas. Por eso la dedicación del policía es más especial, admirable y meritoria. Cuando se ponen el uniforme, o camuflados, según las tareas, son héroes. Héroes que se juegan la vida por nosotros. No creo que pretendieran ser héroes cuando empezaron la profesión. Lo que sí está demostrado es que el acopio de laureles, el sueldo, la posición social no compensa ese heroísmo. Por eso, a falta de un precio justo por sus servicios que, como dice la Escuela de Salamanca, sólo lo conoce Dios, debería establecerse un precio de mercado: ¿qué hay de más valor que la vida? Todavía hay gobiernos que discuten la peligrosidad del oficio y su correspondiente valoración.

Aquel muchacho, aquella muchacha temblorosa que entró en la academia de Ávila, que superó los cursos, que se graduó y accedió a destinos sucesivos, hoy está en disposición, por su condición, por su preparación, para salvar nuestras vidas en un caso luctuoso. Si siempre fue así hoy, con el imperio de la ley, en un estado democrático, más que nunca. Porque quien protege la igualdad real (todos somos iguales en dignidad, en derechos y en deberes, todos somos iguales ante la ley) con mano amiga o con mano de hierro, es ese ser humano, esa persona, ese hombre, esa mujer que trabaja de policía.

Tengo para mí que no existen malos. Que muchos de los que llamamos apresuradamente malos son personas enfermas y no llegan a controlar sus impulsos. Y producen maldad. Frente a esas consecuencias a todos nos apetece imponer justicia, tomarnos la justicia por nuestra mano. Si no estamos enfermos como los que cometen delito sabemos, comprendemos, que de igual manera que los jueces detentan el monopolio de la justicia, la policía tiene el monopolio de la violencia. Nosotros, la sociedad, se lo hemos concedido. Lo cual no quiere decir que pueda ejercer la violencia con impunidad. Lo cual quiere decir que en la contención y la aplicación de la violencia correspondiente a cada hecho estos seres humanos, estas personas, estos hombres, estas mujeres, nuestra policía, muestran la madurez y el equilibrio mental que nos protege, a ellos y a nosotros.

En nuestra ignorancia nosotros preferiríamos que los policías se aburrieran en el coche patrulla durante horas, que la ausencia de conflictos no requiriera su intervención. En la práctica raro es el día que un policía, una policía, no tienen algo que contar en casa, algunas veces algo desagradable que, según los casos, es necesario echar fuera o asimilar en marcha para no caer en depresión.
Como quiera que con este 2024 llegamos a un cumpleaños especial parece buen momento para echar al ver lo que estos seres humanos, estas personas, estos hombres y estas mujeres del Cuerpo Nacional de Policía ponen a nuestro servicio. Sí: 200 años en la brega diaria. Donde los éxitos siempre se consideran pocos y el agradecimiento escasea. Muy al contrario: 200 años donde tantas tragedias se evitaron y donde tantas personas sobrevivieron gracias a la intervención de nuestros policías. Feliz cumpleaños: gracias y enhorabuena.

Profeso admiración y cariño a la policía, a toda la policía. De entre ellos emerge el recuerdo de mis amigos Jesús, Javier, Paco, Gema, Alberto… algunos jubilados ya, otros en ejercicio. Me complace pensar en la sonrisa que se les dibujará cuando lean este artículo. O cómo estas palabras refrendarán la ilusión de mi antiguo alumno Adrián que, tras pasar por mis manos, cursó Criminología y ahora estudia para opositar a policía.

Cuando salgo a pasear, por el extrarradio, por la ciudad, cuando viajo a los lugares deseados, sea en la soledad, sea en medio del barrullo humano, aparece un automóvil con los colores azules y las letras POLICÍA NACIONAL. Siento que un amigo me acompaña y me protege. Si su alarma discurre a velocidad del rayo por entre el tráfico pienso en el dolor que se estará produciendo en algún lugar. Pero tengo la seguridad de que este dolor será menor, estará atendido porque, en breves instantes, va a llegar un policía, mi héroe.