¿Toca a su fin el antiguo Real Aserrío Mecánico de los Montes de Valsaín?

Pedro Emilio Espinar de Andrés

Hace unos cuantos días —pongamos que unos dos meses, tiempo prudencial— apareció en la prensa local una noticia relacionada con el inveterado “Aserradero de Valsaín”, obra arquitectónico-ingenieril de primer orden, de finales del siglo XIX (1884), para la que se solicitó, hace de ello más de treinta y un años —subrayo el 31, a los efectos oportunos—, su “DECLARACIÓN COMO BIEN DE INTERÉS CULTURAL” ante el Ministro de Cultura de entonces, Javier Solana Madariaga. Ante mí tengo la copia de tal solicitud, firmada por nueve profesores del otrora “Instituto de Formación Profesional Ezequiel González”, de Segovia, y en la misma le hacemos saber al Excmo. Sr. —y a su entorno administrativo, como es lógico inferir— lo siguiente:

“Que, dado el interés histórico-científico, sociológico y cultural, en todos sus órdenes, del conjunto arquitectónico-mecánico objeto del susodicho estudio (*), y haciendo uso del derecho que nos otorga la Ley 13/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español, sea incoado expediente de Declaración de Bien de Interés Cultural, en su categoría de Monumento —estructura arquitectónica del edificio (Título II, Art. 15-1), haciendo extensiva esa Declaración a los bienes muebles— realización de ingeniería: calderas y máquina de vapor— contenidos en el mismo (Título III, Art. 27), respecto del Real Taller de Aserrío Mecánico de Valsaín, actualmente bajo la administración del Instituto para la Conservación de la Naturaleza (Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación).

Segovia, 23 de enero de 1987.”

(Como se trata, entre otros fines, de resumir la aciaga aventura de este “proceso administrativo” —por llamarlo de una manera que ayude a su total desarrollo, en vez de catalogarlo de otra muy distinta, en la que quedarían bien retratados los políticos que lo han tenido en sus manos hasta ahora, yo diría que de forma vergonzante—, me van a permitir que haga de “memorialista histórico” y narre aquí algunas de sus vicisitudes, que no son tantas, por otro lado, de manera que las personas interesadas en el asunto puedan ver, con alguna claridad, su fraguado a lo largo de esos más de treinta y un años pasados desde que un grupo de funcionarios de la Educación Pública lo principiáramos, en función tanto por lo que representaba de cara a la “Recuperación del Patrimonio Histórico Industrial” del entorno como por su valor “simbólico” —lean Vds. lo que hay detrás de las comillas a su antojo— en relación con ese “espacio cultural” —puramente antrópico, o sea, generado por la actividad humana— alusivo, principalmente, a las labores y vivencias de un determinado grupo de personas que, asentado en ese espacio geográfico del piedemonte del Guadarrama denominado ahora como Valsaín, tuvieron por dedicación principal, para asegurar su subsistencia, cuantos oficios siguen estando relacionados con los aprovechamientos forestales-madereros).

Y dicho esto, afirmo que esa primera “intervención educativo-ciudadana” aludida al principio —pensada pero hasta entonces no “ejecutada”— fue como sobrevenida; ayudada a salir al mundo por esta circunstancia: a nuestros oídos llegó la noticia de que el amo de tan singular instalación —el Estado, y dentro de él, el organismo correspondiente— había decidido desmantelarla al completo para dejar un espacio libre donde seguir acumulando, en “castillos”, la madera que se cortaba en el nuevo “Aserradero”, a sabiendas de que nuestros esfuerzos “educativos” habían sacado a la luz pública los inmensos valores “culturales” atesorados en semejante lugar. Evidentemente, tras dejar constancia en la Admón. de nuestras pretensiones, alguien dio la orden de parar el expolio proyectado, pero un servidor, sin tener la certeza, tiene para sí la intuición de que ese “alguien”, a la vez que ordenó detener la demolición de tal “antigualla”, sentenció su paulatino abandono hasta que se arruinase por falta de “cuidados”. Y a los hechos me remito: ahí sigue, tras las pomposas y recientes declaraciones de sus señorías, las senatoriales, las cortesanas de C. y L. y hasta alguna, a título personal, del orden diputador-congresista, en el sentido de “declararlo Bien de Interés Cultural” —hemos de suponer que a no tardar, habida cuenta del retraso que lleva el asunto—, aunque sin sustanciarse todavía ningún “Proyecto Integral” —como acompañamiento necesario— capaz de colocarlo en el sitio histórico-social que merece tan importante exponente local-nacional de lo que fue la aparición, por estos lares serranos del sur de esa Meseta castellana, donde anidó desde siempre —dicho sea de paso— la aversión por cualquier cosa que oliese a Ciencia, Tecnología y Conocimiento, de una venturosa y “moderna” instalación fabril dedicada al aserrado y transformación de una de las mejores maderas existentes en España: el “Pino Valsaín”.

En noviembre de 1990, el mismo grupo de docentes consabido volvió a demandar, ante la Admón. local esta vez —en escrito dirigido a Víctor Martín, Presidente de la Comisión de Patrimonio de Segovia—, sobre lo mismo, a la vista de las nulas actuaciones con que las “autoridades del Ministerio” habían respondido a esa primera “llamada de auxilio” en favor de esa parte de nuestro Patrimonio Industrial por la que empezamos a clamar más de tres años antes. La respuesta a esta nueva petición fue del mismo tenor: el silencio, aunque no precisamente el de los corderos sino el de quienes sujetaban la presa por el pescuezo, para tratar de evitar el balido que alertase al resto.

En enero de 1991 se le vuelve a recordar, al Sr. Jefe del Servicio Territorial de Cultura de Segovia, mediante escrito con anexos -Memoria, Planos, Fotografías y Diapositivas-, que seguíamos en pie en lo tocante inicialmente de “Conservar el Patrimonio Industrial representado por el Aserrío Mecánico de los Montes de Valsaín”. Y el “Jefe”, seguramente inspirado por la superioridad, vino a hacer lo propio con el que, por alguna razón, se convirtió en asunto administrativo peliagudo: volvió a usar del clamoroso silencio que, a veces, se fabrica en algunas covachuelas públicas para mandarnos, sin registro de salida, una réplica del mismo mensaje que en todo ese lapso de tiempo habíamos ido recibiendo, de otros “jefes”, en contestación a nuestras voces de alerta ante lo que se avecinaba. Después de estas intentonas, casi nos desmovilizamos: perdimos la batalla y volvimos a casa a lamernos las heridas.

El tiempo —me refiero a esos famosos ya treinta y un años y pico pasados en balde— nos fue dando la razón a quienes pensábamos —y hemos seguido diciendo en voz alta— que no podían ser el abandono, la desidia y, tal vez la estulticia en alguna de sus formas quienes formasen comando permanente para la gobernanza de los destinos del “Aserrío Mecánico” susodicho. Y no siendo menos cierto que, en algún momento, a alguien se le ha movido el corazón de su razón y ha movido ficha, en el sentido de administrarle al enfermo y viejo Aserradero alguna que otra inyección dineraria con que paliar sus achaques —cubiertas dañadas, daños estructurales, humedades, deterioros varios de los mecanismos originales, etc.— y mitigar algunos de los estragos generales que la ausencia de “atención cultural” pertinaz —como las famosas “sequías” de otrora— ha venido originando en semejante obra del ingenio humano, lo cierto y verdad es que todo lo que hasta ahora se ha hecho por “conservarlo”, a juicio de este escribidor, ha sido poco, en el sentido económico, mucho en mala gestión administrativa y muy —pero que muy— rocambolesco en lo relativo a eso que los técnicos ministriles —podría decir “ministeriales”, claro, pero creo que estaría subiendo la categoría profesional de los proyectistas de este apartado— denominan “intervenciones museográficas” en relación con “nuestro” Aserradero. La última, vista por dos de los docentes —Jorge Soler (fallecido) y quien suscribe- intervinientes en la gestación del trabajo de investigación escolar que sacó a la luz este notable monumento y un buen número de alumnos adultos nuestros, hace de ello unos cinco o seis años y con ocasión de completar una excursión pedagógica (quizás al estilo de las famosas que iniciaran por estos pagos los de la Institución Libre de Enseñanza, de la que algunos nos declaramos epígonos, sin pudor alguno) consistió en el derribo de los dos muros —de ladrillo bien aparejado y a prueba de explosión, de más de dos pies de grosor y de suelo a techo— separadores del Cuarto de Calderas de la Máquina de Vapor, tanto de la Sala de la Máquina propiamente dicha como del Comedor-vestuario de los Operarios, con el fin, según se nos dejó caer —casi como si nada hubiese sucedido tras esa malhadada actuación—, de convertir todo el espacio a “museizar” —perdón por el palabro, pero lo usan así por ahí— en una “SALA DIÁFANA”; es decir, con la idea de que el visitante pueda observar en el futuro —si es que lo hay—, de una sola mirada, la antigua instalación en su conjunto. Punto dos de la “intervención”: la tarima de la Sala del Taller, que originalmente era de tablones sin apenas fijación al suelo, fue sustituida por un entarimado de tabla machihembrada cosido o pegado a tal superficie. La respuesta de ese tipo de maderamen, sometido a una humedad ambiental permanente —todo el cerramiento exterior de esa nave ha estado siempre abierto, prácticamente a la intemperie y por razones obvias—, no fue otro que su abarquillamiento generalizado. O lo que viene a ser lo mismo, un fiasco más producto de la ignorancia del “inventor” de la cosa. Y lo último que llamó nuestra atención fue el aspecto “desaliñado” del conjunto mecánico de Máquina de Vapor, más Condensador, más elementos auxiliares —sucio todo ello, impregnado del polvo producido por el derribo de los muros antedichos, como una mugre cuyo origen parece estar en el mismo sitio que el resto de los “desmanes museográficos” perpetrados contra este “Bien Cultural”… en ciernes, o eso quieren que creamos— de esa parte de tan sobresaliente creación arquitectónico-ingenieril del pasado reciente.

Y ya, para acabar el “discurso”, decirles a esas “señorías” institucionales que están pergeñando hacer no sé bien qué cosa con este “Bien”, que esa música —o una parecida— es una repetición de un tema —como un calco, o plagio, que ahora está de moda— conocido para quienes hemos estado en este lío desde hace más de treinta y un años —y pico—. O sea, algo sobado y casi con los mismos acordes del principio. Es decir, que a lo mejor lo mejor que podrían hacer, en primer lugar y antes de pensar en lo museístico de la cosa, es poner manos a la obra… de ir CREANDO TEJIDO SOCIAL ESTABLE. Me explico: que ahí, al lado de la antigua “fábrica” se construyó el NUEVO ASERRADERO, instalación igualmente fabril y que, en sus buenos tiempos, empleó a más de cien personas. Hoy se encuentra INHABILITADA y SIN ACTIVIDAD LABORAL ALGUNA. Ahí no se procesa Madera de Valsaín desde hace cerca de diez años, y no se ve por lado alguno PROYECTO DE APERTURA capaz de generar, como mínimo, la mitad de puestos de trabajo de los que tuvo antes de su clausura. Y digo yo, en mi consciente ignorancia, si el personal de a pie de la zona —señorías de toda laya, personas de bien y quienes deseen subirse a este carro— no se ha preguntado la relación sociológica existente entre lo uno y lo otro. Es decir, ¿por qué no se habla para nada, por parte de quien sí debería hacerlo, de VOLVER A PONER EN EXPLOTACIÓN EL RECURSO NATURAL MADERA DE VALSAÍN, cuya materia prima la tenemos a pie de obra? O sea, volver a los orígenes en lo relativo a resolver las necesidades diarias de parte de la población del municipio a partir de actividades laborales nacidas de lo FORESTAL-MADERERO. Salud, paisanos.

(*) Fue un trabajo de investigación, dentro del campo de la Arqueología Científica e Industrial, presentado en la 4ª Campaña Nacional de Jóvenes Investigadores, organizada por el Mº de Cultura, año 1986. Fue premio especial del Jurado Calificador, con doble mención especial para alumnos y profesores. Y además, ICONA editó el trabajo. De forma modesta y sin lujos librescos, pero bien.