Santiago Sanz Sanz – “Mascarillas y un saludo japonés”

211

¿Recuerdan aquella película, “Outbreak”, en la que Dustin Hofman y Morgan Freeman buscaban a un pequeño mono de cara blanca como el posible origen de un brote epidémico? Pues igual que aquel mono me sentí yo un día de Mayo… o puede que fuese Junio (ya saben que a veces no recuerdo) allá por el 2009 y desde el mismo momento en que estuve comprobando los mensajes de mi teléfono, en concreto varios de ellos que me enviaban insistentemente desde el laboratorio del Hospital Español de la Ciudad de México. Cuando devolví la llamada, me confirmaron que requerían mi presencia de manera urgente en las instalaciones hospitalarias. Tengan en cuenta que días antes había ido a hacerme un test de H1N1, ya que llevaba varios días sintiéndome regular, con los típicos síntomas de una gripe leve y con algún que otro malestar, pero vamos, nada especial que dificultase la rutina habitual y que no se pudiese solucionar con la ingesta moderada de mi reserva habitual de antigripales de las FAS. Sin embargo, las circunstancias pandémicas de la gripe A ¿recuerdan? habían generado ya en el colectivo un estado generalizado de alerta y disparado los dispositivos preventivos más allá de los de los hipocondriacos y con todo ello saturando en ocasiones las urgencias. Mi preocupación también era consecuencia de las restricciones que en USA estaban poniendo a la llegada de viajeros procedentes de México que presentasen alta temperatura o síntomas y teniendo como tenía un viaje proyectado, pagado y como casi estábamos en las fechas, no estaba de más ir descartando y de ser necesario aplicando un tratamiento antes de aterrizar en San Antonio (Texas) y exponerme a que me diesen la vuelta… bueno, pues ese tipo de planteamiento peregrino fue mi idea.

Así que ahí iba, bien embozado, cruzando la ciudad camino del Español y mirando las calles del DF por la ventanilla mientras observaba la normalidad de siempre pero ahora con unos detalles nuevos en el paisaje que parecían de película. Había puestos en el Paseo de la Reforma con militares distribuyendo entre la gente y todos usando mascarillas. También había en lugares estratégicos unidades móviles médicas y no faltaba frente a estas quién estuviese esperando para ser revisado pensando que pudiera tener cierta sintomatología. Mientras, en la radio del taxi donde iba, comentaban por un lado que el antivírico llamado “tamiflú” se agotaba en las farmacias y también que no era cierto todo eso que decían de que la gente del DF huía camino de las provincias. Por su parte, el taxista, con sus comentarios le iba quitando importancia a esas mismas noticias mientras su voz era tamizada por los filtros de una careta de pintor que estaba usando también a modo de mascarilla. Una mezcla de ciencia ficción y de escena surrealista. Mis pensamientos pusieron en un segundo plano la voz camuflada del taxista.

Pensaba en la ciudad de México, tan viva, tan llena de gente y a la vez tan dada al saludo cariñoso, al contacto humano en definitiva. Me refiero desde el aspecto voluntario, claro, porque también se suelen padecer algunos episodios de hacinamiento forzoso, sobre todo en el transporte público y en algún que otro espacio de alta densidad laboral, de tránsito o de ambiente de ocio. Es lo que tienen las grandes ciudades. Pueden imaginarse con todo eso, el panorama de riesgo para el contagio. Precisamente de eso, “de vivir con riesgo”, saben mucho en la Ciudad de México. Por un lado el riesgo objetivo y constante de que tiemble la tierra, imagínense y por otro, según las noticias, el ser víctima de las acciones de alguna de las bandas de delincuencia ¿cómo íbamos a temerle a un virus con todo lo que pende sobre nuestras cabezas?

Esa era un poco la teoría respecto a la contingencia, que habíamos desarrollado algunos amigos las primeras noches de “pandemia” en nuestro añorado café “Guardatiempos” de la Condesa y puede que algunos inspiradores de la misma, la hubiésemos estado defendiendo de manera vehemente entre abrazos y sin darle apenas tregua a la cerveza.

En fin, una vez en el hospital, que no estaba muy lejos, me confirmaron que había habido un cruce de datos con un enfermo y que entonces, yo ya no era “el mono” de la película, aunque en aquel momento tuviese el mismo cabreo. También, todo hay que decirlo; me quedé mucho más tranquilo, porque para ser honestos, unos minutos antes “no me llegaba la camisa al cuello” y debo confesarles, que a partir de entonces, en general todos lo hicimos, cedí algo de espacio y marcamos ciertas distancias por prudencia, empezamos a lavarnos las manos con mucha más insistencia y pese al afecto y al cariño, dejamos por una temporada de tocarnos con tanta frecuencia, para pasar con ello a darle como siempre, la razón a mi querida suegra, que sabiamente nos había dicho antes a toda la familia en una reunión celebrada durante la contingencia, “que aunque nos saludásemos por un tiempo al estilo japonés, igualmente nunca nos íbamos a dejar de querer” y efectivamente, así fue.

¡¡¡Ohayou gozaimasu!!!