Santiago Sanz Sanz – Los poyos del cementerio

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Los poyos del cementerio era un lugar de historias, confidencias y de convivencia para muchos del pueblo. Se trata de un largo asiento de piedra que se extiende por la fachada principal de la iglesia y continúa a la vuelta de la esquina, donde en un nivel ligeramente inferior, tiene una prolongación al resguardo del rincón que hay bajo la ventana de la sacristía, donde, integrados en los muros y apoyados en el rincón, se pueden apreciar los nervios de dos viejos arcos como un vestigio de anteriores arquitecturas. La ventana, que es mediana y que hoy tiene una buena reja, antaño anduvo descuidada y solía tener varias grietas por las que zumbaban un buen número de abejas enfaenadas en sus dulces entresijos por el interior ahuecado de los sillares de caliza y la argamasa que sujetaba alguna de las cuñas de piedra. No estoy seguro, si alguno de los curas llegaría a probar en alguna ocasión su néctar, ya que llegando el panal como llegaba, al interior de la sacristía, bien a mano lo tenían y no parecía que su compañía les pudiese resultar muy molesta. El caso es que ahí estuvieron laboriosas y en ocasiones traviesas, guardando la ventana en un ejercicio de coexistencia, por un lado con los arcones de la ropa litúrgica y por el otro lado del muro, con las mujeres entre costuras y alguna niña enhebrando agujas o las cuadrillas de jóvenes que buscaban ese resguardo de la bancada después de la hora de la cena.

Los poyos del “antiguo cementerio” eran un lugar de mucha concurrencia allá por los 80´s. Cuando la sombra de la tarde los refrescaba y los protegía de los últimos calores del día, llegaban los más mayores para disfrutar de su encuentro cotidiano. Independientemente de su disposición lineal y de sus pensamientos, los abuelos de entonces, se definían por su aspecto como un grupo bastante homogéneo: boina de diario, alguna americana de pana negra o paño oscuro, camisa de tirilla, chaleco… solían permanecer sentados a lo largo, conversando con la mirada pendiente de la carretera y con ambas manos al frente bien apoyadas en sus respectivas cachabas o sujetando algún palo que hubiesen traído del “monte” después de un largo paseo. Ahí andaban dispuestos y no solían variar sus asientos; a veces en grupos discontinuos y otras veces sin dejar un solo hueco. Desconozco el criterio de su disposición a la hora de tomar asiento. No sé si la cosa iba por quintas, quizás por barrios o cualquier otra afinidad desarrollada con el paso del tiempo, a lo mejor por motivos de parentesco. El caso es que ahí estaban, sentados como cada tarde y con la mirada siempre pendiente de la carretera y de todos los movimientos. La misma carretera por la que vieron marchar a sus hijos en los sesenta y por la que años después, vieron correteando a muchos de sus nietos en bicicleta. Algunos de estos, se acercaban pedaleando hasta los poyos del cementerio y tras descabalgar de la bici con un diestro movimiento, corrían a saludar a sus respectivos abuelos, en algún caso a sus dos abuelos, teniendo que recorrer para ello, los poyos de “extremo a extremo”. Aunque para aquellos hombres nada les era ajeno; ni el desastre de Annual, ni los nacionalismos, ni la guerra civil, ni repúblicas o monarquía con todos y cada uno de sus conceptos, me inclino a pensar que entre sus temas más llevaderos, por amables y favorecedores de su sosegada transversalidad longitudinal, estaban las cuestiones del campo y los materializados por ellos mismos en forma de sacramento, porque casi todo lo del pueblo había sucedido en ese mismo espacio de terreno: bautizos, comuniones, bodas, procesiones, santos en parihuelas, incluso el ondear al viento de algún morado pendón viejo y como no, de vez en cuando, por ser ley de vida y no por ello un motivo de consuelo, alguna que otra salida de la iglesia camino del cementerio; aunque en este caso, ya camino “del nuevo”.

En fin, una de tantas estampas que forman parte de nuestros recuerdos con algunos protagonistas que siempre se echarán de menos, como también se echarán a faltar muchas de esas reuniones típicas de los lugareños – hijos y nietos de aquellos- que desde siempre y sentados en los poyos de los pueblos y en los accesos estratégicos, conversaban plácidamente durante los atardeceres veraniegos. Los mismos que saludaban cordialmente al que iba de paseo y de paso, eran el mejor indicador para el despistado forastero. Aquellos que siempre constituían el comité de bienvenida perfecto.