Santiago Sanz Sanz – Los besos y abrazos que nos debemos

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No piensen que con este título me estoy refiriendo al extremo melancólico del espíritu romántico sufriendo por no haber dicho las palabras a tiempo o por los besos y abrazos nunca dados a aquell@s, que con su sola presencia o recuerdo, alimentaban el alma y fueron el motor inspirador de alguna estrofa de octavilla o algún que otro verso suelto. Aunque sí que implica cierta distancia y alejamiento, no va exactamente de eso. No son “las cuatro letras”, como único pensamiento, de la escritura íntima a la hora de expresar admiraciones, desconsuelos y lágrimas de tinta, en misivas nunca enviadas a un destinatario poco receptivo.

Tampoco se trata de amores poco correspondidos o cuitas por verse involucrado como parte activa de una trama de “enredos”, “entre pecaminosos y divertidos”, en un contexto clandestino. No, insisto en que no se trata de líos de amoríos decimonónicos, aunque como ahora, también hubiese sentimientos como “corceles nerviosos con el bocado muy tenso” y políticos simplemente aparentes o sólo capaces de encorsetados lucimientos. Pero tampoco quiero hablar de eso, y menos de políticos.

No quiero confundirles porque tampoco voy a hablar “del amor de Florentino Ariza en los tiempos del cólera”, ni de aquel sensible poeta cuya salud languidecía a la luz de una vela, en un húmedo cuarto, junto a una estufa de hierro apagada y con cientos de papeles llenos de poesía apilados sobre ella. Lo que pretendo, es simplemente enfocar el mal común que les afligía a ellos y que en momentos como estos de pérdida general y de doméstica melancolía, nos vuelve a sobrevolar un poco hoy en día.

En el mundo que hasta ahora hemos conocido, nos acecha la tristeza. Sí, somos muy conscientes de que esta planea sobre nuestras cabezas y que pretende colarse por las rendijas de algunas de nuestras puertas. Saber de su existencia no significa que debamos claudicar contra ella y en ello deben enfocarse todas nuestras fuerzas. No faltan ejemplos diarios de alguien que nos lo enseña. Debemos apoyarnos unos a otros, en cada una de las miles de videoconferencias. Aquellas con las que pasamos revista a toda la familia, celebramos encuentros de amigos o reuniones de trabajo con una camisa presentable y el pantalón del pijama puesto debajo de la mesa. A los mayores les vemos menos. Lo que nos recuerda, que en esos días, en que nos ofrecimos a instruirles en el mundo de la tecnología, a lo mejor no tuvimos la suficiente paciencia.

Entonces podemos llamar a diario para preguntarles y que nos pregunten, eso de lo tecnológico también a muchos nos cuesta. En el ritual de las ocho de la tarde, todos se asoman y aplauden para convertir nuestras calles, en un masivo homenaje para quienes se están sacrificando tanto y después del aplauso, durante un rato, a la usanza de las antiguas corralas madrileñas, nos hablamos a gritos con los de arriba, con los de abajo y con los de en frente, porque más que “una tarifa plana”, empezamos a darnos cuenta de que lo que más nos satisface y realmente disfrutamos, es el simple hecho de vernos y poder acompañar lo poco que nos digamos con un gesto.

Detalles que hoy se perciben con más fuerza que un contacto físico, miradas que muestran agradecimiento correspondidas con guiños que a la vez son abrazos y sonrisas de aplausos de ánimo para todos… con lo que se está padeciendo, cuánto valoramos las cosas cuando las perdemos.

Pero nunca es tarde para tener un buen gesto. Podemos incluso haber pensado, que el tener a alguien tan cercano, se hubiese convertido, paradójicamente, en el motivo por el que en ocasiones obviemos muchas de las muestras de cariño. Pero no nos arrepintamos, porque siempre estamos a tiempo de materializarlo con una simple muestra de ternura un poco “distante”, un mayor acercamiento virtual al ser amado o un halago telefónico al amig@ que siempre hemos tenido a mano. Mandemos puro “apapacho”, uno de mis términos favoritos mexicanos, y aunque suene seca su estructura castellana, su verdadera esencia filosófica procede del Náhuatl y abarca mucho más que un grande y tierno abrazo; “apapachar” significa “llegar a acariciar el alma” y bueno, pues hagámoslo, apapachémonos con la mirada en el “FaceTime” múltiple o sencillo, con los iconos del WhatsApp o desde la ventana detrás del vidrio. Apapachemos con aplausos de admiración y agradecimiento, a quienes implicados en la lucha activa, deban salir renovados con una nueva y positiva energía para su lucha titánica de cada día, pero tampoco olvidemos, que en general son muchos los besos y los abrazos que hemos dejado de darnos y por lo tanto, “besos y abrazos que nos debemos” y ese déficit de afecto físico, más pronto que tarde, lo amortizaremos.