Santiago Sanz Sanz – La República de Kafka… o de Bretón

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Recuerdo una ocasión en la que unos amigos mexicanos me explicaban algunas anécdotas de tono amable acerca de la relación de André Bretón con su país, unos simpáticos sucesos por los que este terminó refiriéndose a México como el país más surrealista del mundo allá por 1938. Como ya saben, por entonces España venía de padecer el mayor de “los absurdos endémicos” y ya se había convertido en un sanguinario escenario fratricida preludio de la mayor tragedia sufrida por la humanidad a nivel mundial.

Me refiero “al absurdo” como una cierta tendencia enfermiza encaminada a encauzar los órdenes sociales y políticos de este país. Se hace indispensable abrir la mente y las amígdalas para entender y tolerar (a veces hasta en exceso) ciertas coyunturas políticas y sociales nuestras. Un país que en ocasiones está regido por la alternancia de cortinas de humo, las incoherencias y el protagonismo de algunos políticos de medio pelo, para quienes una simple expresión puede llegar a desencadenar “la más agria de las polémicas”, según algunos sectores y medios. Contextos donde a la vez pasan desapercibidas o se minimizan verdaderas agresiones furibundas y hasta ciertos discursos supremacistas cargados de odio.

La sociedad de este país parece haber desarrollado cierta disposición natural para tolerar la gestión autodestructiva de la política o al menos no lo criticamos con la suficiente fuerza. Y somos nosotros; los mismos que en el ámbito doméstico, a rebufo de nuestros políticos y de la mano del gobierno, seguimos siendo propensos a desenvolvernos entre “el absurdo y el desconcierto” que generamos al secundar sectariamente como lógico y cierto el discurso institucional, a pesar de que las acciones a posteriori de este indican cosas muy distintas de lo que oficialmente dicen haber hecho.

Empeora aún más ese escenario del “absurdo” cuando lo aparentemente incoherente lo elevamos a la dimensión de la acción del colectivo. Me estoy refiriendo también a la gestión pública, por ejemplo y al hecho de que se llegue a financiar cordial y generosamente a aquellas instituciones regionales que deriven con sus acciones el dinero público en proyectos y entes que terminen minando las buenas relaciones entre los españoles. Mejor dicho ¿Qué les parecen las “revoluciones de las sonrisas”, en muchas ocasiones violentas, jaleadas e impulsadas desde la dirección de esas instituciones autonómicas? Lo absurdo radica en que son las mismas que a su vez tienen la encomienda, la obligación y la legitimidad de reprimirlas empleando todos los medios; incluido el uso de la fuerza. No me digan que no es Kafkiano. Claro, que en esa línea podemos esperar cualquier cosa si de lo descabellado pasamos por lo disparatado y negociamos los presupuestos con un prófugo de la justicia y un político preso. Pues eso: una vez normalizada la dinámica del absurdo nada nos puede sorprender entonces y menos aún cuando aquí seguimos legitimando y habilitamos como “maestros en democracia” a los mismos que más allá de nuestras fronteras potencian el reverso del Estado de Derecho.

Continúa el discurso de lo ilógico, al menos en apariencia, cuando se plantean y se alaban políticas dirigidas presuntamente a regenerar la economía, con el verdadero resultado de la asfixia del autónomo y de los creadores de empleo. Y cómo no; el colmo del absurdo sería que el propio gobierno del país fuese sostenido por quienes son sus enemigos manifiestos.

La incoherencia y la contradicción que maneja el mensaje que en ocasiones recibimos, termina consiguiendo que normalicemos aquellas situaciones absurdas por cuya naturaleza, en la mayoría de contextos y momentos, deberían de ser del todo rechazables y que con eso lleguemos a generar distorsiones en las líneas de definición de muchas de las cuestiones y órdenes básicos de nuestra propia naturaleza: lo real, lo irreal, el bien, el mal, lo absurdo… ya saben. Afortunadamente entre toda esta vorágine de doctrinas y sentimientos que padecemos y que suelen derivar en enfrentamientos (sino al tiempo), aparecen destellos de cordura y como no podía ser de otra manera estos surgen en forma de frase lúcida y realista del ciudadano de a pie, del servidor público, del más válido: “la república no existe, idiota…”(la república no existe, idiota) suficiente para que un montón de quimeras estén tomando tierra.

Pues sí, de la mano de fantasiosos, surrealismo, de quiméricos y ensoñadores se ha llenado “de absurdo” el Reino. Pero qué podemos esperar nosotros mismos si venimos no hace mucho tiempo de “ponerle un impuesto al Sol” ¿Pueden imaginarse qué diría Bretón al respecto?