Santiago Sanz Sanz – “El yin, el yang y el resucitado”

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Estaba pensando en los viejos apuntes de “antropología social”. Una de las pocas asignaturas de sociología que en algún momento disfruté leyendo a modo de pasatiempo y que fue uno de mis anecdóticos escarceos con esa “ciencia polifacética”. Coincidía que por aquel entonces, solía frecuentar algún que otro museo norteamericano y aprovecho para decir, que de todos ellos mi preferido y que siempre recomiendo, es el Museo de Antropología de la Ciudad de México. Recordaba la satisfacción que supuso, desde mi ignorancia de entonces y que aun conservo, el poder constatar a nivel personal, entre textos y museos, la esencia idéntica del ser humano y la paridad de muchos de los procesos culturales y evolutivos de los diferentes grupos. Contemplaba en sus salas, las representaciones acerca de las percepciones que el hombre del paleolítico mesoamericano interpretó y recreó acerca de su entorno, por ejemplo, las figuras de atributos femeninos acentuados que no son otra cosa que las representaciones de la madre naturaleza, la madre creadora o en definitiva de “la madre tierra”. Figuras que, por cierto, me parecían idénticas o muy parecidas a la venus de Willendorf, del paleolítico europeo, entre otros muchos paralelismos relevantes de sus respectivos y alejados contextos. “Paralelismos” perceptivos y de pensamiento que desde esa esencia idéntica del ser humano y de la mano de la sencillez del momento evolutivo, iban siempre ligados a un mismo e inherente instinto de interpretar, ordenar y clasificarlo todo dualmente para intentar comprenderlo. El sol y la luna, la noche y el día, la mujer y el hombre, la muerte y la vida; duplas de factores interdependientes y siempre presentes en sus básicas e intuitivas ideas percibidas entre lo práctico y lo que para ellos pudiese resultar espiritual o mágico.

Me gusta imaginar a todos esos grupos humanos repitiendo de manera natural los mismos pasos y a la vez desarrollando en el transcurso del tiempo, los conceptos más filosóficos acerca de la dualidad como referencia sugerente de que todo lo existente tiene que tener un lado aparentemente contrario, que a la vez todo es matizable en el equilibrio y finalmente complementario. Todos esos lados de la misma moneda y esa filosofía ancestral centrada en la dualidad, está mucho más vinculada y mejor entendida en el mundo asiático que en el occidente que habitamos, donde a la hora de aplicarla en este reino de modernos evolucionados, pecamos de cierta tendencia histórica a polarizarnos. Desechamos por inercia los matices y ejecutamos nuestra peculiar propuesta dual “cainita”, en beligerantes paridades dentro del grupo humano. A la mínima que dejamos de esforzarnos, en seguida olvidamos que la verdadera lectura inteligente de las cosas está en los matices y nunca en la simpleza de los extremos donde por la deriva de los tiempos, terminaremos acurrucándonos cuando nos falte el criterio, cuando hayamos perdido las propuestas o simplemente nos agarremos al primer eslogan de pancarta o al mástil de la bandera con el mantra más barato. Una vez llegado ese momento, o seremos víctimas o estaremos mostrando la pereza mental que supone y evidencia el insulto rápido y el consiguiente etiquetado con el que definir a quienes ya nos vayan señalado como contrarios. Para entonces ya habremos claudicado, ya nos habremos sometido a la presión social inducida por los políticos más mediatizados, que terminarán mostrándonos como única salida de nuevo “una dualidad”, aunque en este caso a su medida y en un nuevo formato: “pasar a la militancia activa” o “quedarse callados”.

Alguna pérdida reciente como la de David Gistau, me hace pensar que se avecinan malos tiempos para la crítica mordaz y las manifestaciones inteligentes de inconformidad, también para el libre ejercicio del no alineamiento y por consiguiente, del libre pensamiento. Todo parece indicarlo, sobre todo cuando en una sociedad aparentemente dual prevalece el criterio de “con nosotros, o con ellos” y donde una parte pretenderá imponer la peligrosa dinámica de querer regular los contenidos de las opiniones del resto. Nada de críticas, nada de pegas u observaciones a ciertas gestiones inverosímiles que además serán defendidas a muerte en los platós de los medios, en los domésticos salones y en las redes sociales por “los ciegos adoradores”. Mejor callados para no ser etiquetados y evitar que por la calle, un dedo flamígero termine señalándonos y todo ello, curiosamente motivado por los intereses de quienes sí saben a la perfección que son complementarios, los mismos que sí han entendido que la única razón de ser o estar es la existencia de un contrario y fíjense si lo han entendido, fíjense hasta que grado, que solo para justificar su propia existencia, cuarenta y cinco años después y cada vez que lo necesitan, andan resucitando a Franco… ¿No les resulta cansado?