Rubén Arnanz – La indigestión de la prisa

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En tiempos de urgencia por la novedad, emergencia climática e indiferencia por la realidad parece que algunos quieren enterrar con paja seca y sarmientos el saber disfrutar de una buena digestión y el reposo de la cocina reposada. En consecuencia, se acerca el día en el que nuestro delicado estómago puede arder.

Y claro, hay prisas que no se solucionan consultando a su farmacéutico.

Pero tenemos prisa, mucha prisa:

Prisa por querer conducir rápido hasta ese supuesto fantástico lugar que aún no ha abierto.

Prisa por querer acudir a ese sitio que no está hecho para ti. Prisa por ser los primeros en terminar lo que aún no te han servido. Prisa premeditada por gritar y criticar más alto que nadie lo ocurrido en la mesa antes de que acontezca.

Prisa por manipular el envoltorio de tu propia sorpresa.

Prisa por no disfrutar de eso tan auténtico que querían compartir solamente contigo. Prisa por compartir ese menú eterno que ni tu propio cuerpo tolera.

Prisa por querer escribir esa reseña que nunca te gustaría haber recibido.

Prisa por mostrar tu carnet de foodie caducado.

Prisa por quererte cargar a los compañeros de mesa.

Prisa por intentar tapar esas carencias y jugar al escondite con la frustración y complejidad que tanto te caracteriza. Prisa por no querer pagar el precio real de tu prisa y dejar de descubrir así el valor real de la sonrisa.

No deja de ser curioso que pueda percibirse cierto atragante a través de un texto como encabeza el titular, una manera de hacer reflexión acerca de mascar mucha prisa haciendo referencia al trastorno de tu propia digestión y lo que ello conlleva desde el punto de vista anfitrión.

¿Empacho de vergüenza? ¿Diarrea de palabras?

Comer despacio te lleva a socializar, a aprender, a hacer una mejor digestión y a disfrutar de todos sus beneficios, hasta de ti mismo. Pero lo que es incuestionable, es que un ejercicio que al menos realizamos tres veces al día, debemos de cuidar. Y mucho.

La conciencia tranquila y la buena alimentación derivan positivamente en la asimilación y digestión de la comida. Solo así nuestro cuerpo recibe en mejores condiciones los alimentos y sin estrés se favorece el proceso digestivo. De ahí, parten algunos de nuestros hábitos y costumbres de manera ordenada.

Considero que las prisas nunca fueron buenas… Dicho lo cual, si no lo son para nuestra cocina, tampoco lo serán para tu sopa de letras.