Rubén Arnanz – Comerse o no la cabeza

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Después de la digestión Navideña, la indigestión de la prisa y la política más vacía jamás sufrida, creo que es un buen momento para empezar por comerse menos la cabeza y comerse más el mundo.
Sobre la obviedad e intereses de las recomendaciones y advertencias del Ministerio de Sanidad sobre el cadmio contenido en las cabezas de las gambas y otros crustáceos, llega la oleada de nuestro mar de dudas. Siempre conviene recordar que comer con moderación y conocimiento es la clave para no llegar a ningún tipo de alerta. Claro que, si planteamos los consumidores al Ministerio pertinente en pros de coherencia y sostenibilidad, dada la recomendación de desechar hasta un 60% del producto que a veces llegamos a pagar entre los 120€ y 180€ por kilo, la posibilidad de que asuman la parte correspondiente desechada por millones de toneladas, ¿empezarían por comerse la cabeza?

Nos comemos la cabeza para aprender, para planear el futuro, para no volver a cometer errores del pasado o para especular sobre la cocina de nuestra cultura. El problema llega con la confusión entre ocuparse y preocuparse. Lo primero es necesario y gracias a ello, hemos conseguido evolucionar como seres humanos. No obstante, la preocupación constante o la rallada mental no solo no nos ayuda, sino que nos incendia y nos debilita por dentro. Otro titular a parte merecería el meterse donde no te llaman, a punto de aprobarse en las olimpiadas de la ingenuidad.

Existen datos afirmando que hasta un 92% de nuestros miedos son inventados, a lo que habría que añadir la el porcentaje de capacidad de especulación y las continuas fake news anti sistema.

Cuando pensamos en el futuro, subestimamos nuestra capacidad de rehacernos de los posibles errores cometidos. Por eso, nos llenamos de miedos, que no son otra cuestión que comernos la cabeza.
Para ello, debemos confiar más en nosotros y aumentarán las posibilidades ante un error posible o manejo de la información equivocada.

Vivimos rodeados de imposiciones, advertencias, señalizaciones, prohibiciones, presiones o amenazas como si con los obstáculos y contratiempos que ya tenemos cada día no tuviéramos suficiente.

Elegimos lo que leemos, al que lo escribe y quien lo subscribe fanatizando fanatismos sin fronteras mientras desestimamos cualquier otro pensamiento u opinión diferente. Y no, nuestra cabeza no debiera convertirse en un manual de resistencia, dado que afortunadamente contenemos trazas de sensibilidad.

Si has salido en el pasado de momentos mucho más difíciles, ¿quién te dice que no vas a lograr comerte el mundo?