Raúl García Castán – Nacionalismo deconstructivo

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Hoy es el día. Tras años y años –¡qué digo años, siglos!– de oprobio y humillación, me congratula poder anunciar, de manera unilateral conmigo mismo, la irrevocable declaración de independencia de la noble población (desde ahora nación) de La Granja de San Ildefonso. Todas aquellas entidades político geográficas de índole nacional, regional, comarcal o cualquier otra cosa terminada en ‘al’, que hasta hoy nos han mantenido sojuzgados bajo el insoportable peso de su yugo tiránico y opresor, ya se pueden ir fastidiando. En un atrevido ejercicio de nacionalismo deconstructivo, y siguiendo el admirable esquema de la famosa tortilla de patatas de Ferrán Adriá, la nación sanildefonsina irá desligando su destino, sucesivamente, de la pérfida España, de la dominadora Castilla y sobre todo de su opresora capital, Segovia, cuya única grandeza, por cierto, se debe a los romanos, que por suerte para esta urbe, dejaron la muestra de su impronta genial en una creación que desafía el paso de los siglos: efectivamente, avispado lector; me refiero a los calamares a la romana. ¡Ah, Segovia, Segovia!… alevosa metrópoli que nos ignora en el crudo invierno, motejándonos de meretriz granjilla, para, en cuanto llega el verano, aprovecharse de nuestros umbríos jardines y de nuestras refrescantes fuentes, y solazarse con nuestras gentiles mozas (y mozos). Pues se acabó lo que se daba, majetes. Quedaos con vuestros cochinillos, que nosotros nos quedamos con nuestros judiones. El siguiente paso para legitimar nuestra irrevocable decisión, consistirá en celebrar, próximamente, un referéndum. Aunque ahora que lo pienso… no sé si esto del referéndum iba antes o después de lo de la declaración de independencia… bueno, da lo mismo; tampoco nos vamos a entretener ahora en detalles sin importancia. El referéndum se va a celebrar, y si el ayuntamiento de la capital nos niega las urnas… ¡votaremos en las perolas de la judiada! Así nadie podrá decir que el resultado de la votación es insustancial.

Como es de suponer que la despótica capital no se va a tomar del todo bien todo esto de la independencia, se revela imprescindible la inminente creación de un comité de defensa de la nación, siguiendo el inimitable estilo de los CDR catalanes, esos adalides del antifascismo, esos paladines de la concordia, esos campeones de la sonrisa, que por suerte para la humanidad, defienden la libertad apaleando, insultando y amedrentando a todos esos fascistas que tienen la desvergüenza de ir a trabajar como si tal cosa, de abrir sus comercios con la rastrera intención de vender sus mercancías o de hablar en la grosera lengua española con la zafia intención de comunicarse. ¡Qué poca vergüenza! Nuestros CDR se llamarán CDR…HIJKLMNA, iniciales extraídas de nuestro nuevo himno, cuyo estribillo resume mejor que cualquier otro los valores intelectuales de cualquier nacionalismo: “El patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja como los demás, agáchate y vuélvete a agachar, que los agachaditos no saben bailar, HIJKLMNA, etc”.

Una vez constituido nuestro comité, se impone la perentoria necesidad de cortocircuitar, colapsar y, en definitiva, cortar de cuajo, todas las vías de acceso a la capital segoviana. Pero como de esto ya se encargan los de las obras de la circunvalación –eso no hay CDR que lo supere– no tenemos que hacer nada nosotros. Gracias chicos. Lo siguiente será elegir qué forma de gobierno preferimos instaurar en nuestro flamante nuevo estado. ¿Monarquía?¿República? Si elegimos lo primero, no hay problema. ¡Será por reyes en el Real Sitio de San ildefonso! Hasta tenemos uno sin exhumar, lo digo por si a Pedro le pudiera interesar, de cara a unas posibles cuartas o quintas elecciones (¿por cuántas íbamos?) Si por el contrario, la opción elegida es el régimen republicano, yo me comprometo a exiliarme en IKEA y proclamar la república independiente de mi casa, que, total, tiene los mismos derechos históricos  de serlo que la de Puigdemont y además con la ventaja de que viajar a San Sebastián de los Reyes es mucho más barato que ir hasta Bélgica, la patria de Tintín (cuyo famoso flequillo, por cierto, ha caído en el más humillante de los descréditos, desde que aterrizó allí Puigdemont con su mopa en la cabeza). En definitiva, y por resumir, proclamo, como la ínclita Concha Velasco, aquello de “mamá quiero ser nacionalista”. ¿O era artista?… bueno, tanto da, porque si bien los artistas, pueden ser o no ser nacionalistas, lo que sí es seguro es que, visto lo visto en los últimos tiempos, todos los nacionalistas son unos “artistas”.