Raúl García Castán – El antídoto secreto

Se rumorea que, en estos días confusos que nos toca vivir, las asociaciones animalistas están poniendo el grito en el cielo, pues ya han comenzado a darse casos de perros que tienen la pata descoyuntada de tanto levantarla, así como serios problemas de próstata de apretar y apretar para miccionar 25 veces al día. Las mismas fuentes, indican que el consumo de pan ha crecido de manera desmesurada, y algún panadero afirma haber vendido pan a un individuo, a sus dos hermanos gemelos y a sus tres primos, todos idénticos a él, en la misma mañana. Al parecer, también se ha despertado un vivo y repentino interés en la población por conocer el estado de sus finanzas. ¿Consecuencia? multitud de empleados de banca sufren de afonía por exceso de trabajo: “No, don Serafín, le repito que el tipo de interés de su hipoteca no ha variado ni un punto desde la última vez que me preguntó, hace 57 minutos”.

No se alarmen. Todo es broma. Sucede, simplemente, que quien esto escribe no se resigna, a pesar de todo, a que le roben la sonrisa, ahora que sabemos que aquello que visto desde lejos y que no parecía más que un cuento chino, ha resultado ser, al verlo de cerca, una tragedia griega. Amparados en nuestra inefable condición de habitantes del primer mundo (aunque sea en el vagón de cola) no estábamos acostumbrados a cataclismos y debacles más que cuando el telediario nos los servía, enlatados y aseptizados, a través del cristal anestesiante del televisor. Pero he aquí que el destino, ese diosecillo pagano, imprevisible y burlón, va y nos mete hasta la mismísima cocina a este invitado inoportuno llamado Covid-19, nombre, por cierto, como de supermercado de barrio, y nosotros, claro, tenemos la casa sin barrer, la mesa sin poner y el polvo sin pasar.

El coronavirus, que por cierto, ya tiene guasa que el país más comunista del mundo –con permiso de Corea del Norte– haya dado a luz un virus monárquico, está sacudiendo hasta las raíces el organigrama de nuestra existencia. La muerte se ha puesto a vivir su vida y se pasea entre nosotros, enseñoreándose de lo que hasta ayer mismo era el búnker indestructible, el aprisco inviolable de la civilización occidental.

La muerte, asunto de vital importancia, se ha instalado en nuestra cotidianeidad, y mientras los científicos se afanan en hallar un repelente que la espante, ella, sentada a nuestro lado, afila su guadaña con siniestro chirriar. Nosotros, por el momento, sólo podemos oponer, a su torva mirada, la esperanza, la ilusión… y el humor. La risa, metralleta de la alegría, es un arma de la que no podemos prescindir ante la adversidad. La risa no cura cuerpos enfermos, pero sí puede curar almas enfermas.

Es difícil sonreír –lo sé– en medio de la desesperante cola del supermercado, o mientras tratas de evitar acercarte demasiado, enmascarillado y enguantado, al transeúnte que se cruza contigo, o cuando las miradas de las personas se rehúyen en las calles desoladas, donde, en estos días terribles –”ay de estos días terribles”, cantó Silvio Rodríguez–  sólo algún papel volatinero cabrillea zarandeado por el viento, bajo la mirada adusta y vigilante de algún policía o un militar.

Son tiempos difíciles para el humor, y eso que ya lo eran mucho, antes de serlo tanto. La palabra ingeniosa, el sobreentendido, el guiño cómplice, la frase osada, la observación irreverente, están subyugadas por la fina piel del español de hoy en día, y a poco que saque uno los pies del tiesto de lo políticamente correcto, de lo tácitamente establecido por las convenciones sociales en boga, le responderán airados mil y un colectivos, asociaciones, entidades, instituciones, bloggers, influencers y particulares varios, tan bienintencionados, llenos de razón y bien preparados, como faltos de un mínimo sentido del humor.

España ha cambiado para bien en casi todos los aspectos. Solo que hoy, ahora, ya, en este preciso instante en que la muerte se ha instalado en nuestra vida, no podemos permitirnos el insensato lujo de prescindir del humor. La risa debe ser nuestro antídoto secreto ante el caos. Si lo último que se pierde es la esperanza, que lo penúltimo sea la sonrisa, porque, sea lo que sea lo que haya de venir, siempre será mucho más elegante encajarlo con una sonrisa, aunque sea irónica y de medio lado, que con un lamento.