Preludio de invierno

Al pasar por tus calles y plazas, recupero el aliento, las conversaciones, y la algarabía de voces perpetuas en la memoria, de escenas pasadas y futuras unos metros más allá, abriéndose un puerta al sentido de esta aventura que es vivir. Aterrizando pasados y futuros, descubriendo momentos, y soñando con la única lotería que no se puede comprar: esos fuegos artificiales que nos quedaron pendientes de disfrutar.

Con aires destemplados y diario de estación adelantada llegaron las primeras nieves. El termómetro sigue su curso y el reloj no perdona ni descuenta el tiempo que ya nos pasó por encima. Cerros que visten helados tras los primeros copos. Desnudas quedan las tardes que recorrimos sin prisa, disfrutando del calor trasnochador que invitaba vivir las horas sin miedo a perderlas.

Con luz fría y recuerdo tenue conseguimos avanzar entre la bruma, abrigados y taciturnos aceptamos que el invierno llega. Días que menguan rápidamente, esperan su crecimiento en el nuevo año, y mientras, se fotografía un pueblo solitario que huele a chimenea y a milagro.

Un largometraje en versión original, libre y alejado del ruido que nos somete, a menudo. Un paisaje que nos transforma los vértigos en precipicios y perezas. Otro año que llega a su fin, sin atreverse a ser mejor que el anterior, por si viene con genio, desobediente o rebelde.

Un diciembre que se reinventa sin ganas, sin adornos, con ausencias y distancia. Un cielo raso sin aurora boreal que ilumina el silencio gélido de nuestros pasos.