Playa y tatuajes

Vacaciones de verano. Pocas cosas más incómodas que una playa y todo su ritual de salitre, sol y archiperres. Aun así, ­es la actividad estival más deseada; la gratuidad ayuda. En una playa la desinhibición entra en juego y el personal exhibe palmito de una forma que, con seguridad, no haría en otros lugares. La vergüenza torera queda enterrada porque la playa otorga cierta patente de corso estético que, amparada en el anonimato, habilita a casi todo. Y no me parece mal. A fin de cuentas, no se retuerce nada excepto el buen gusto. Las vacaciones de playa están sobrevaloradas, aunque reconozco que es uno de los mejores sitios para aguantar niños y observar tendencias sociales y… tatuajes.

Si, desde hace tiempo los tatuajes -tatoos dicen otros- han invadido las pieles de millones de almas y una playa es un catálogo de obras de arte junto a perfectas ñapas de cuaderno de EGB. Lejos queda aquel castrense “Amor de madre” o el punto entre el índice y el pulgar que acreditaba la hospitalidad carcelaria. Ahora hay epidérmicos seres cadavéricos, entes alados y mensajes alegóricos junto a la perpetración de tentativas artísticas con peor resultado que el eccehomo de Borja.

Algún día me haré un tatuaje; será pequeño, discreto y simbólico. Y el día que eso ocurra, prometo ir a una playa bien concurrida para exhibir lorza, dibujo y postureo. Mientras, echaré de menos a mi montaña fondillera donde se rinde culto a la discreción junto al rumor de una fuente.