Plántula

Abril tiene algo de plántula. Abril es el mes que deja entrever lo que será, apenas un atisbo que hace volver a creer en que resurgir es posible. Tal vez, por eso, abril tiene algo de plántula, esas jóvenes plantas que se levantan, a golpe de codazo vegetal, buscando la luz que intuían desde el húmedo y oscuro abrazo de la tierra. Así, del mismo modo que la plántula empieza a estirar las hojas que ha usado para hacerse camino hacia fuera, así, abril despierta en todos los seres la necesidad y el placer de ir preparando el futuro: aves que construyen sus nidos al ritmo de la hormigonera, ronroneo de broca o susurro de rodillo; árboles que hojean y florecen como ventanas que se abren al aire con trajín de limpieza, orden y cambios; orugas que comen hasta caer en sopor de crisálida mientras esquivan las manos que preparan huertos y jardines para recibir las plántulas que crecen en los semilleros.

En abril, todos somos un poco plántula. Todos nos preparamos para disfrutar la primavera o el verano, vamos saboreando el calorcito que anima los huesos y las conversaciones, recordando cómo serán los próximos meses. Será por eso que todo trabajo que se hace ahora, pensando en que el resultado se disfrutará, es menos duro; que todo esfuerzo que repercutirá en nuestro futuro bienestar es más llevadero.

¿Es esa alegría la que reflejan los ojos –incluso cerrados– de los vacunados? Es cierto que todo el que desnuda su brazo ante la aguja no puede evitar con recelo un punto de miedo… ¿y si…? ¿Y si la plántula no llega a crecer, a florecer, a dar su fruto? La vida está llena de riesgos y de dudas. Los riesgos son parte de la vida, pero las dudas pueden empantanarla. Debemos poner en duda lo que nos rodea, pero no podemos rodearnos de dudas. A veces hay que elegir entre dudar y vivir… Y todavía recordamos cómo era vivir, ¿o no?