Pedro Emilio Espinar de Andrés – El espejismo del agua en La Granja y alrededores

Me llego paseando, con algunos de mis nietos, hasta la explanada de la fachada principal del Palacio del Sitio, lugar idóneo desde donde divisar esa majestuosa perspectiva de la montaña próxima —el Poyo Judío, la subida al puerto de El Reventón, las Peñas Buitreras, los Espartales, etc.— y, puesto que la idea es que se interesen por las aguas corrientes que nacen en aquella geografía, entre pétrea y vegetal, les indico que tienen que otear bien las dos cintas de agua que bajan por entre las peñas graníticas en que han ido labrando su curso desde hace, tal vez, decenas de miles de años: los dos Chorros, el Chico y el Grande. Les interesa lo que ven y, en consecuencia, sugieren el hacer una excursión hasta dar con los nacederos de ambos torrentes —qué tendrán las aguas que seguimos intrigados por sus fuentes, por sus orígenes más ocultos y misteriosos—, proyecto al que accedo de inmediato por razones obvias. Y como el tiempo apremia y la idea es que vean las aguas corrientes que discurren por entre los Jardines del Sitio, proseguimos culebreando entre sus calles y bosquetes hasta dar con El Mar, el Estanque por excelencia de cuantos “habitan” —sí, creo que por entre tanta fronda habitan varios de estos lagos de artificio, viven en su quietud remansada pero son aguas vivas y bien vivas… todavía— en esa mágica geografía acostada a los pies de la montaña del Guadarrama, y a propio intento me he ido escorando, durante la ida hacia lo altos del Jardín y por entre ese piélago vegetal tan inefable, a mi estribor, siguiendo un rumbo ya conocido de otros múltiples viajes y destinado a dar con el curso del arroyo Carneros, con el tramo del mismo que, acercándose a ese reservorio de agua mencionado para dejarle su tributo —obligado aquí por la hidráulica razón—, atraviesa ese bosque encantado contenido entre dos de sus ortogonales cerramientos de tapia real, de este a oeste y siguiendo su ancestral obligación de encontrarse al poco, aguas abajo y tras un dinámico y empinado trayecto, con “la madre”, esto es, el Iri-sama celtibérico o Eresma de este tiempo vital —de alguna incertidumbre, por cierto—. Arribamos a la explanada de tan eminente represa de líquido elemento después de haber observado de cerca, yendo por la Circunvalación, la extraordinaria —ahora que es invierno— e impetuosa corriente nacida más arriba de la Silla del Rey, entre canchales y tollas inaccesibles a la vista desde ese lugar, lo que da pie al diálogo explicativo dirigido a que los mocitos “intuyan”, con los ojos de la razón, el quid del surgimiento de esas aguas de las entrañas del terreno.

Como el día es soleado, la lámina de agua del estanque, de ese Mar en miniatura que no deja de asombrar a cualquiera que lo contemple, se convierte en un espejo de tanta perfección que la simetría entre el paisaje reflejado y su realidad se asemejan a las alas de algunas mariposas cuando, posadas en su flor, las exhiben al mundo para que éste se deleite con sus formas y colores iguales y simétricos. Y así, hablando de esto y de aquello, la excursión va discurriendo —como las aguas que vemos, que es a lo que hemos venido, más que nada— por cauces cuasi peripatéticos,… dadas las circunstancias. O sea, que en este orden de cosas y aprovechando el “momento filosófico”, se podría decir que el propio “ambiente” es capaz—siempre para el caso de que el sujeto no sea “esclavo” de algún tipo de “bloqueo” incapacitante— de INDUCIRNOS A LA FUNESTA MANÍA DE PENSAR. En seguir hablando de nuestras aguas, por ejemplo, que siendo el fondo de estas líneas, creo que es el momento de que afloren y vayan discurriendo ya hasta su conclusión, dado que la parte “pedagógica” se acaba con el viaje de regreso de los niños a su entorno cotidiano, un tanto más urbanita pero con algún bagaje más en sus mochilas-molleras susceptible de aprovechamiento —o no, vaya Vd. a saber— más adelante, y ajenos, por tanto, a otras cuestiones de naturaleza “hídrica” de otra enjundia y cuyos entresijos, ahora y a su edad, ni les van ni les vienen. Pero no así a quienes ya usan del raciocinio a la hora de hablar de estos “viajes de las aguas”, sean éstas corrientes, estantes, subterráneas o las que forman parte del flujo atmosférico.

Y aquí es donde el “espejismo” aludido en el título de este escrito —distinto en concepto de ese “espejo” en que se mira el paisaje circundante de El Mar— empieza a tener algún sentido. Más si se acude a la semántica y al diccionario, donde se encuentra definido como “ilusión”, en su significado de “concepto o imagen sin verdadera realidad”. Y mucho más cuando te llegan, de manera tan profusa como “alegre” y a través de cualquier “enlace de la red”, fotos, vídeos y demás modelos de los usados para describir los “paisajes del agua” en La Granja y sus alrededores —ambos “Chorros”, el Morete, el Carneros, la Cacera de Peñalara, el propio Eresma bañando las “Pesquerías”, el pantano de El Pontón, a pleno rendimiento y soltando el sobrante de agua por todos sus aliviaderos, etc., etc.—, donde el leitmotiv escogido son los cauces pletóricos de líquido elemento, los torrentes impetuosos llenando el espacio de sonidos, colores e impresiones de otra índole que a un servidor se le antojan casi inefables: las aguas en movimiento incontenible, como el fuego, siempre obran en nosotros como lo que son, el elemento arquetípico que siempre ha estado ahí, en nuestra rebotica cerebral y formando parte indisoluble de ese “inconsciente colectivo” que aflora siempre que el ser humano se hace las preguntas correctas sobre sus orígenes y, puestos ya a inquirir, sobre su relación profunda con cuanto le rodea, que viene a ser todo, dado que no otra cosa parece ser que somos que “partículas del Universo conocido”. Y en éste, “todo tiende a tener memoria”, de manera que si nos sigue impresionando el perpetuo discurrir de las aguas, no es sino porque la “información vital” de la que disponemos al respecto nos lleva a encararnos con la importancia “primordial” que nos liga a tal fluido. Aunque no es menos cierto que la “desmemoria”, en este sentido y a tenor de la “problemática hídrica” que nos abruma en estos momentos tan complicados, parece estar obrando a conciencia para ver de convertirnos en “ignorantes hidráulicos”, en “indoctos acuáticos funcionales” incapaces de comprender el verdadero “valor” —el de USO, no el de CAMBIO— de este “elemento primigenio”, tanto que, aprox., un 70% de nuestro ser físico, de nuestra biología celular es AGUA.

Y sin embargo, deslumbramos al mundo con imágenes sorprendentes de las aguas de la montaña, descendiendo casi desbocadas por sus torrenteras naturales sin colocar, a pie de foto o como comentario de voz ad hoc, una “explicación razonada” —elemental, que tampoco hay que tener un máster en “hidrología”— del fenómeno. Porque en realidad, lo que está pasando es que LA MONTAÑA PIERDE AGUA A TODA VELOCIDAD, SE DESANGRA POR MOMENTOS DEBIDO A QUE EL DESHIELO DE LAS –escasas- NIEVES CAÍDAS ES UN HECHO —probablemente— CONTRA NATURA CUYAS CONSECUENCIAS INMEDIATAS YA SE ESTÁN DANDO POR AQUÍ, EN FORMA DE SEQUÍAS CADA VEZ MÁS INTENSAS. Tanto que un servidor invita a los “fotógrafos de las aguas en invierno-primavera” a que nos muestren los mismos lugares “hídricos”, a partir del mes de mayo y hasta octubre. Como “contraste” del hecho en la actualidad. Porque hasta hace no mucho tiempo, eso no sucedía así. Salud.