Pedro E. Espinar – Las cenizas del Guadarrama (o de polvos y lodos)

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Se descuelga la Alcaldesa de Segovia por la procelosa roca en que anidan los medios de comunicación locales y, mientras dura ese descendimiento —lo hace con calma, la experiencia en las alturas le da seguridad en esa ruta ya tan conocida para la edil—, va dejando pegadas a la pared una ristra de palabras, engarzadas unas en otras con algún sentido, para hacerlas inteligibles a la vista y oídos de quien desee saber algunas cosas sobre el meollo-repollo de que trata su cháchara. El tema de hoy versa —sin versos, sin poesía alguna, como con esa asepsia literaria tan consustancial a no pocos “servidores de la res publica”— sobre las aguas cenicientas que podrían llegar hasta nuestros grifos si —casi sin condicional, aseverando lo probable sin haberlo pasado antes por el tamiz de lo posible— las lluvias del otoño, al caer sobre el monte quemado-arrasado por el incendio reciente en La Granja y para el caso de que llegasen con la suficiente violencia, revolviesen las cenizas resultantes de la quema y juntas, aguas y cenizas, llegasen hasta el pantano del Pontón —el que surte de agua tanto a la ciudad como a las localidades de su alfoz— en turbión casi maldito, capaz de emponzoñar los pocos hectómetros cúbicos de líquido elemento potable que quedan en su vaso para que podamos seguir limpiando nuestros cuerpos, saciando nuestra sed y haciéndonos recordar la sempiterna relación vital existente entre las aguas y lo que somos como especie biológica nacida de su seno —probablemente, sostiene Pereira— y que, sin embargo y como la mala progenie (la contraria también está aquí, intentando equilibrar el partido), tan proclive es (somos) a cagarse (cagarnos) en el salón principal de esa casa de invitados que es este planeta-Tierra, del que apenas sabemos un carajo sobre su funcionamiento y menos sobre su capacidad de defensa ante las agresiones salvajes que, día sí y día también, le está infligiendo sin piedad una de las especies que lo habita: la nuestra; nosotros; o por mejor decir, los más insensatos –una minoría, paradójicamente- de la tribu “homosapiens”. A la “acción” le seguirá —si es que no estamos ya en ese truculento escenario— una “reacción” tan o más potente que la primera —algunas leyes físicas suelen ser inexorables—, y las consecuencias, los palos del castigo, para nuestra peor desgracia, irán a parar a las espaldas de esa mayoría que no provoca incendios masivos, ni catástrofes nucleares, ni envenenamientos del territorio, ni aniquilamientos sistemáticos de partes esenciales de la biodiversidad, ni alteraciones sustanciales —contaminación pura y dura— de las aguas terrestres, que vienen a ser —como dijo Delibes— como la sangre que recorre el organismo para alimentarlo, oxigenarlo y limpiarlo de materias excrementosas. En fin, que el problema medioambiental ya está aquí; ha ocupado la casa y nos la está dejando hecha una puta mierda —con perdón por la expresión—.

Hecha la digresión, vuelvo al tajo de lo de las cenizas guadarrameñas y su potencial peligrosidad, tanto para el agua de boca de que nos surte el Pontón como en relación con su incidencia —de estar contaminado por ese residuo ceniciento— sobre nuestra salud, caso de tomar las aguas sin —y aquí viene lo del famoso “filtro” de la edil-jefe del Consistorio segoviano— la intermediación de un adminículo físico-químico que, a no tardar, van a instalar en la ETAP —cómo les gusta, a los profesionales de la cosa pública, llamar a las cosas normales por sus siglas “pseudocientíficas”— o, según la vox populi, DEPURADORA de toda la vida.

Nuestra —y así es la cosa (me refiero al posesivo) dado que la ciudadanía es quien la ha empleado y a quien debe el menester al que ahora se dedica— Ilustrísima Sra. Alcaldesa de Segovia nos anuncia lo del “filtro”, incluida la mención de algunos elementos de la Tabla Periódica —hierro, níquel, cobalto, manganeso, cromo, etc.— que contiene el ingenio profiláctico —o preservativo, que también le va el palabro— diseñado ad hoc para inmunizarnos contra las toxinas que, en forma de hollines cenizos del Guadarrama, puedan incorporarse a nuestro organismo de no poner en marcha el consabido artefacto filtrante. Y ya de paso, al tiempo que nos habla de sus virtudes —las del cacharro, claro—, nos deja esa especie de mensaje subliminal en relación con la calidad del agua del grifo que consumimos: es buena… pero no tanto, de manera que ya saben Vds. cuál es la solución aplicable para aumentar la bondad del agua de boca, el de los biberones, el de los mayores con problemas, etc. Y más ahora, que es cuando, por mor del clima estival tan caluroso, que no acaba de dejarnos, puede que empiecen a proliferar las algas y otros microorganismos en las aguas del pantano —el conocido efecto de la eutrofización de la masa líquida, un clásico ya en este sitio—: o sea, comprar aguas “garantizadas”, captadas en su nacimiento y exentas de cenizas; de mineralización débil y puras como la conciencia de los meninos —incluidos los de la rúa de algunos “países hermanos”, aunque ésas sean otras “aguas a tratar”— que pueblan pueblos, pueblas, villorrios, villas y otras poblaciones de mayor entidad: sin corromper todavía, para entendernos.

Y luego ya, como despedida —y cierre de la peroración “hidráulico-cenicienta”—, comentarle a la Regidora que quienes la han “asesorado” en relación con los “viajes del agua a través del suelo y el subsuelo”… hasta que llega al Pontón —hidrología de andar por casa, aunque nada más hubiese sido—, le han contado cosas que poco o nada tienen que ver con ese “conocimiento científico elemental” —no hay que tener un máster para saber, a ciencia cierta, que la red hídrica de nuestro entorno es lo que es y discurre por los lugares que las aguas han “elegido” para ello— que, junto con algún conocimiento del entorno donde se produjo el incendio consabido, nos viene a decir —el cerebro también es capaz de calcular y deducir sin recurrir a la integral doble o al cálculo diferencial— que es muy improbable que ese posible “arrastre de cenizas” hasta el embalse se produzca de forma masiva, entre otras razones porque aquí las aguas que bajan de esa zona del monte quemado no lo hacen por torrenteras exentas de vegetación, de manera incontrolada; porque es muy posible que la capa de cenizas y restos de vegetación carbonizada producto de la quema, que no es excesivamente “grueso”, va a quedar muy pegada a la superficie en cuanto sea “aplastada” por las primeras lluvias y nevadas del otoño-invierno, lo que hará que se vayan mezclando tales materiales con la capa —horizonte— superior del suelo, hasta su transformación en elementos susceptibles de proporcionarle a éste una buena dosis de fertilidad, punto importante para que los vegetales vuelvan a proliferar, incluso con más pujanza si cabe que antes del incendio. Y hasta aquí puedo decir, Sra., por aquello del límite del papel. Salud.