Pablo Martín Cantalejo – Paciencia, chicos, paciencia…

En efecto, paciencia, mucha paciencia, se nos recomienda, con buen criterio, a los ciudadanos desde las altas esferas municipales, ante las frecuentes llegadas masivas de visitantes cuya mayoría, desde el Azoguejo, suele elegir el “corredor Calle Real-Catedral-Alcázar” pasando por las calles del Marqués del Arco y de Daoíz. Y aquí, sí, aquí es donde los vecinos damos ejemplo de paciencia ante estas masas de turistas, una paciencia similar a la que estamos demostrando ante el “mirar para otro lado” municipal.

Pero como es casi inevitable que estos visitantes, que son bienvenidos, por supuesto (y especialmente por parte de los hosteleros), recorran el itinerario que menciono, sugiero (supongo que inútilmente, como de costumbre) que se estudien nuevas fórmulas para aligerar el regreso una vez que terminen su recorrido por las instalaciones del Alcázar, meta prácticamente obligada para ellos, y a fin de que no vuelvan todos por la misma calle que llegaron.

A la salida del jardín de la Reina Victoria Eugenia se podrían recomendar, y señalizar, cuatro direcciones, con el fin de descongestionar la sufrida calle de Daoíz. La primera, a la izquierda, por la bajada del Pozo de la Nieve para los interesados en visitar el Museo de Marionetas de Paco Peralta, en el Arco del Refugio; la Casa de la Moneda ó el Monasterio de El Parral. Después, la calle de Velarde, con ocasión de conocer otra parte de la Canonjía con su arco de la Claustra, contemplar la bellísima panorámica del valle del Eresma desde el jardín de Fromkes, acercarse a la siempre tan pregonada Casa de Machado y seguir hasta la plaza de San Esteban, tan característica por su majestuosa torre, junto al palacio episcopal. Una tercera opción, volver por Daoíz, con la incomodidad de encontrarse a los que bajan…y a algún vehículo, además del bus 9. Y una cuarta “salida”, por la Ronda de Don Juan II, dando ocasión de visitar el Museo Provincial para llegar a la plaza del Socorro, ya dentro de la también tan proclamada Judería (allí hay una oficina de información), y desde aquí subir por la escalinata de la Judería Nueva o por la calle Martínez Campos.

Naturalmente, habría que colocar unos indicadores adecuados para cada itinerario “de salida”, especificando esquemáticamente en ellos los puntos de atención que acabamos de citar, recomendando al visitante optar por algunas de estas vías para su mayor comodidad. La Oficina de Recepción de Visitantes podría entregar hojas con estos datos a los forasteros que pidan información, e incluso en las taquillas de la Catedral y del Alcázar también podrían entregarse.

Es seguro que de esta forma podría aligerarse la multitud de turistas que sube de nuevo por Daoíz, y que al hacerlo por alguno de los otros itinerarios, siempre vendrían a desembocar en la Plaza Mayor, el eje de la vida del recinto amurallado.

Los pequeños establecimientos de esta zona no se resentirían, pues la ocasión de ventas estará siempre en los turistas que caminan hacia el Alcázar, y si algunos de los integrantes en grupos se sintiera atraído por determinada mercancía, como se les suele dar “libertad” tras la visita a la fortaleza, ya se preocuparía de volver por la calle por la que bajó para hacer la compra deseada.

(¡Ah! Se me olvidaba recordar, una vez más, al Ayuntamiento, que todavía sigue “mal existiendo” la antes mencionada calle de Daoíz, tan despreciada ¿y temida? por el equipo de gobierno).