Pablo Martín Cantalejo – Leyes de educación… y cultura

Acabo de leer un chiste que me anima a escribir estas sencillas reflexiones; dice lo siguiente:
El jefe.— Señorita, escriba un aviso diciendo que el viernes próximo tendremos reunión del equipo directivo.

La secretaria.— Perdone, jefe, ¿viernes se escribe con v o con b?
El jefe.— Bueno…Psss…Escriba mejor que la reunión será el lunes.

Este problema ortográfico lo sigue teniendo mucha gente, y no es extraño que nunca se consiga eliminar si tenemos en cuenta que en España las leyes sobre la educación se suceden de forma alarmante, hasta el punto de que no se puede saber si llegará un momento en que haya un consenso adecuado, sin buscar más que las ideologías a imponer, las formas y los contenidos de la enseñanza. Porque, si entra en vigor una nueva ley de educación, según está anunciando el Gobierno, con ella serán nueve las que se han puesto en marcha desde que disfrutamos de la tan cacareada democracia. Y ello sin tener en cuentas las otras diversas leyes educativas que se imponen en algunas autonomías, en las que se busca más el adoctrinamiento que fomentar una educación y una cultura sana y universal, aunque altas jerarquías se salgan por la tangente para no reconocerlo.

Por supuesto, los estudiantes segovianos también padecen estos constantes cambios de contenidos y formas de estudio y exámenes.

Estas circunstancias seguro que hacen recordar a algunos de los lectores aquel plan, creo que se llamada del 38, por el que nos regimos los estudiantes de varias décadas, con un Bachillerato de siete cursos rematado por el examen final de Estado. Junto a nociones generales sobre griego y latín, aparte varias otras lenguas vivas, figuraban entre las asignaturas la lengua española y literatura, religión, geografía e historia, matemáticas, ciencias naturales, filosofía y ciencias sociales…Así llegamos a aprendernos las capitales, principales ríos y montes de la mayoría de los países, y las mejores obras literarias de los más destacados escritores españoles y extranjeros, cuestiones éstas que pocos estudiantes de nuestras nuevas generaciones han llegado a dominar, entre otras razones por la poca atención prestada a determinadas especialidades y a los cambios continuos de ellas y, sobre todo, de sus contenidos.

La cultura general se adquiere especialmente en los libros. Y a este respecto acudo a una frase recientemente escrita por el periodista y académico de la RAE, Luis María Ansón, en la revista “EL Cultural” por él fundada hace años. Dice: “Con esa degeneración que padece hoy el idioma, el término cultura se aplica a casi todo y se habla de la cultura del fútbol, de la cultura del botellón, de la cultura del transporte, de la cultura del pimiento morrón… En “El Cultural” solo tiene cabida la alta cultura, la que, desde los clásicos grecolatinos, cultiva el espíritu en sus más elevadas expresiones intelectuales”…Y termina: “La cultura profunda, escrita sobre las vides abiertas de la palabra, allí donde se esperguran los rastrojos, es, en definitiva, la verdad que nos hace libres”.

Las lecturas siempre han tenido importancia en la educación y en el conocimiento de la gramática, lecturas protagonizadas por obras de extensión media, pero de una gran calidad literaria, que no llegaban ni con mucho a las obras de hoy expuestas en los escaparates de las librerías que la mayoría “no escapan” de menos de 900 o 1.000 páginas. Lecturas que hoy también se realizan en las correspondientes tabletas y libros electrónicos en las que “se descargan” buen número de originales, con autorización o sin ella. Justo es que estos nuevos estilos de lectura estén presentes, cada día con mayor fuerza, en las escuelas, aunque ante tan rápido y constante crecimiento de la informática, bueno será practicar una cierta prudencia. Acorde con ello, he aquí una ilustración extendida por las redes sociales: Una joven madre sentada en un banco de un parque tiene a sus pies, tendido sobre una pequeña manta, a su retoño de pocos meses, mientras ella presta a su móvil más atención que a la criatura, imagen que hace recordar una célebre frase que se atribuye, con algunas dudas sobre su paternidad, al premio Nobel Albert Einstein, un tanto preocupado por la técnica que se iba imponiendo en el mundo, donde hoy ya numerosos robots sustituyen a las personas en actividades industriales e incluso caseras: “Temo el día en el que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo sólo tendrá una generación de idiotas.”