Miguel Velasco – Jaque mate

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No es igual —sino según de donde venga— el panorama que ofrecen los medios comentando la decisión del rey Felipe VI alanceando a su padre, el rey emérito Juan Carlos, renunciando a su posible herencia, dejándole sin su asignación anual y desahuciándole de su despacho en Zarzuela. Se sustenta en la ejemplaridad y transparencia —dice— que exige la Corona y por “haber embarrado los últimos años de su reinado con una secuencia de errores, torpezas y escándalos impropios de su intuición política y su visión de Estado” Y el rey emérito Juan Carlos I deja atrás todo un floreciente reinado desde su nacimiento en el desarraigo del exilio, su pelea con su padre por la Corona, su esfuerzo por reponer a su familia en el trono de España y su contribución al advenimiento de la Democracia en España y el fortalecimiento de las libertades, que tanta falta hacía. Y sin olvidar, entre otras cosas que fortalecieron su espíritu: el desmontar el franquismo, atajar el golpe de Estado del 81 o su abdicación del trono en favor del príncipe Felipe, para terminar ahora con ese golpe de su hijo, inducido por causas oscuras (y no bien explicadas y demostradas), que van a suponer un exilio indeseado que, sin duda, acabará con él en un marco de tristeza y de abandono tan ácido. Al rey Juan Carlos no se le ha oído todavía.

Estoy seguro de que de no haber coincidido en el escenario de la actualidad la dichosa situación de alerta a que ha dado lugar la pandemia originada por la invasión de coronavirus esa decisión del Rey Felipe VI habría sido no sólo objeto de todo tipo de comentarios hasta acabar con las páginas escritas, poniendo al rojo las antenas radio-televisivas, colapsadas las autopistas de la información digital y en ebullición las tertulias de todo tipo que copan hoy numerosos espacios. Aun siendo así, tampoco han faltado sitios de todo tipo para despacharse con la noticia, dado su calado político e institucional que supone para la Corona.

En cualquier caso hay que reconocer que se trata de una decisión del Rey Felipe VI de una profunda magnitud que estoy seguro que a pesar de aquellas palabras en su discurso de investidura el 19 de junio de 2014: “la Corona debe velar por la dignidad de la Institución, preservar su prestigio y observar una conducta íntegra, honesta y transparente”, ha de haber costado no poco esfuerzo filial al monarca y que ha de haber supuesto también un profundo cisma en la familia real. No en vano tanto la Reina (distanciada desde hace tiempo del Rey emérito D. Juan Carlos) así como las Infantas Elena y Cristina (aunque resentidas por el caso Urdangarin que tanto influyó en el distanciamiento y el dolor) han formado piña contra el propio Rey Felipe VI y la Reina Doña Leticia a quien imputan en no poca medida la decisión adoptada por el Rey. Así las cosas es difícil predecir cuál será el futuro que espera a los protagonistas de este singular hecho institucional, máxime teniendo en cuenta que los partidos republicanos (Esquerra Republicana, Unidas Podemos, Junts, Compromis, Mas Pais y Bloque Nacionalista Gallego) continúan obstinados en la constitución de una comisión que investigue las presuntas irregularidades sobre supuestas cuentas y donaciones o comisiones atribuidas al Rey emérito, aspectos en los que ya actúa la Fiscalía de Suiza.

Me llama poderosamente la atención, por encima de la decisión de Felipe VI (que sin duda habrá tenido en su mano determinada documentación para llegar a ese impulso que no se podría tildar de frívolo), que en este caso –más por los partidos que intentan socavar la Institución Monárquica) que se hable de “supuestas cuentas” “presuntas irregularidades y determinar (si es que no se ha hecho) sus responsabilidades civiles, éticas y políticas”. Todo ello en función de ciertas alusiones o acusaciones de la insigne Corinna (que tampoco debe ser una joya moral éticamente hablando) o del siniestro investigador de las cloacas Villarejo, personajes de poco fiar- o algunos titulares de los medios británicos. Pero fíjense y recuerden: las algaradas no van sólo contra Juan Carlos sino más aviesamente contra Felipe.

En todo caso esa decisión tan tajante del Rey Felipe VI hacia su padre creo yo que debe suponer un durísimo golpe al emérito, (que durante 40 años llevó el timón de este país tras un proceso no poco árido, como digo al principio,) ni tampoco que sea el único toda vez que en sus últimos años hubo de soportar en su integridad institucional otros bien duros como el estar obligatoriamente ausente en la Cámara durante la proclamación de su hijo como Felipe VI, o aquella excusa del “me he equivocado; lo siento. No volverá a ocurrir” a raíz de la cacería de elefantes acompañado con la tal Corinna que ahora le apuñala por la espalda. O el trago de un brutal golpe de Estado que aquel 23F pudo cambiar nuestras vidas y que el Rey Juan Carlos supo lidiar con templanza. O coordinar un proceso de difícil consenso que dio lugar a unos nuevos caminos de esperanza y libertad en España. ¿Fue poco? Y muchos se escudan en aquello de “La LEY debe ser igual para todos” que dijo en su día el Rey. La LEY.

Ahora, en el tablero del ajedrez institucional —donde cada figura desarrolla su papel— se ha jugado una partida de cuarenta años de democracia donde se ha producido un JAQUE MATE que don Juan Carlos difícilmente va a superar. Si no, al tiempo.