Miguel Velasco – El virus traerá otra hambruna

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Ni todos los días amanecen climatológicamente iguales ni todos los días se amanece con la misma disposición de ánimo. Sin saber por qué (¡o sí? En un estado anímico desfavorable, por mucho esfuerzo que se ponga para superar el decaimiento que soportamos por la pandemia, es difícil penetrar en los entresijos del cerebro para conocer (ojalá se pudiera) qué influye dentro de él para cambios emocionales tan distintos y a veces incontrolables. Hoy ha amanecido un día emocionalmente confuso que podría hacer llorar (con más ton que son) en cualquier momento. Es tanto el castigo psicológico que produce la incertidumbre y la angustia de hasta cuándo se prolongará ésto (Sánchez acaba de imponer otra prórroga del estado de alarma al menos para otra quincena más), ni si en ese largo tiempo se producirán más contagios o no con el maldito bicho. Por eso no es extraño que cunda el estado de ansiedad que digo y que constato con gente con la que hablo virtualmente. Es así porque ni siquiera en el paseo que me permiten las normas se puede hablar con la gente con la que te cruzas. Unos con antifaz y otros sin ella. Parece (solo parece, como es tan impreciso el Gobierno en esto de la mascarilla) que el personal rehúye una parrafada, siquier, a más de dos metros. Hay miedo. Y se ha perdido el saludo y la sonrisa. El virus nos está haciendo tristes y solitarios. ¿Será así para siempre? Se nos está marchando la primavera sin haber cortado una flor (ni haberlas podido plantar tampoco) ni haber cogido un grillo de los que ya cantan en los trigales. La ciudadanía se está dando la vuelta y ya solo vemos el revés de la camiseta humana. De ahí y de la confusión viene el estado de postración a veces. Se ha registrado una nueva víctima, con lo que se rompen tres días seguido sin fallecimientos. ¿veis como no nos podemos fiar?.

Aunque ya es primavera —en el Corte Inglés— la verdad es que desde nuestro foco de resistencia confinados por el Gobierno, la estamos viendo pasar —cómo se va— con la nostalgia y la desesperación al tiempo, de otras primaveras en las que venían cargadas de luz y de colores que animaban el espíritu y propiciaban las relaciones sociales. Se vivía en racimo. Y se quería en racimo. Había ganas de vivir. Sin embargo la maldita pandemia está trayendo con su dolor un cambio drástico de esa convivencia. La ha dinamitado. La ha hecho saltar ya por los aires y no hemos acabado. ¿Qué será de nosotros en esa nueva sociedad del silencio y del distanciamiento? Y de la hambruna sobrevenida en torrentera y que sobrellevando la pandemia encima de nosotros vemos colas inmensas para recoger de algún centro de Instituciones benéficas o de naves y talleres que han tenido que cerrar, reconvertidos ahora en puntos de resistencia donde se proporcionan los alimentos más básicos a cientos, miles de familias desestructuradas, vulnerables por el desamparo y la falta de recursos a la más despiadada pobreza. A la caridad. Dos horas o tres para un bocadillo y un tetrabrik de leche. Es increíble. Yo, que fui un niño de la post guerra, sé lo que se siente. ¿Dónde parará esto? Cual será la reacción de esas familias desestructuradas cuando les falte lo básico para subsistir? ¿Será capaz el Gobierno de atajar lo que pueda avecinarse por el hambre y la miseria?. No sé. Pero mientras miran para otro lado y se preocupan más de la mesa de diálogo hacia el independentismo territorial o hacia las conveniencias políticas para preservar la poltrona olvidándose de esos dramas familiares, me parece que no lo van a hacer posible. Los sin techo y los sin pan están ahí, junto a nosotros. Sólo hay que verlos. Y conmovernos solidarizándonos con ellos en lo que podamos. Es de justicia. Social, claro. ¿Pero se entiende desde el poder?

Si quisiéramos sacar algo positivo de la circunstancia —trágica circunstancia— que nos está tocando vivir, yo pondría el foco en la realmente extraordinaria respuesta de solidaridad y de amor al prójimo que se ha desatado espontáneamente en la sociedad civil en nuestro país. Principalmente también el nuestros sanitarios, el Ejército y los Cuerpos de Seguridad del Estado. Pero en otros niveles, más cercanos, resalta en un esplendor de grandeza ese mismo espíritu en gente que está a nuestro lado, ciudadanos que no han dudado —ni dudan— ni un momento en entrar en una solidaridad intensa con la fabricación de mascarillas y otros equipos, constatando así la irresponsabilidad del Gobierno que con su ineptitud está poniendo en riesgo nuestra salud. Y la realidad de la hambruna. Y voluntarios que cada día aportan esfuerzo y solidaridad cívica con comida para las familias vulnerables. Dan lo que pueden. Es un signo de grandeza espiritual y de conciencia con el prójimo. Con un prójimo que muchas veces por prudencia no se atrevió a pedir pero que llegado un momento como el que estamos atravesando no ha dudado en extender la mano para un apoyo vital que le ayude —con sus hijos— a realizar una travesía en la que la subsistencia está hipotecada.