Miguel Ángel Herrero – Tradiciones

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Un reciente viaje por la ancha meseta castellana me llevó a Medina del Campo. Noble Villa unida en abrazo comunero con Segovia, como recuerda la inscripción junto a la estatua de Juan Bravo. Allí donde un 26 de noviembre de 1504, Isabel I de Castilla trocó su existencia temporal en vida eternal (que diría el clásico). En Medina se respiraba un ambiente animado por las actividades teatrales que recreaban el gran centro comercial que, en 1491, los Reyes Católicos declararon Feria General del Reino. En este lugar y otros de menor tamaño, como Arévalo, Medina de Rioseco, Urueña, Mayorga, Torrelobatón, Villalón de Campos, etc., el visitante queda gratamente sorprendido al descubrir tantos tesoros artísticos que hablan de un pasado glorioso. Un esplendor que renace gracias al creciente interés turístico y al trabajo de tantas personas dedicadas a mantener viva la rica memoria del pasado. En primer lugar los propios vecinos orgullosos del gran patrimonio heredado. Encomiable también la labor de cronistas, historiadores y estudiosos del folclore afanados en recuperar usos y costumbres tradicionales (canciones, danzas, utensilios, procesos fabriles, etc.). En Segovia, no es posible olvidar la formidable reconstrucción de la Real Fábrica de la Moneda de Felipe II, hecha realidad gracias a la investigación, iniciativa y empeño del bien conocido historiador numismático Glenn Murray.

No estoy descubriendo nada nuevo. Pero es bueno recordar para mejor valorar el espléndido legado recibido de anteriores generaciones. No sólo edificios labrados en piedra, sino también un rico patrimonio inmaterial que ha conformado el alma castellana y que resume una sola palabra: Tradición. No confundir con tradicionalismo. Entre una y otra media la distancia que hay entre lo vivo y lo muerto; entre lo perenne y lo caduco. El historiador norteamericano de origen eslovaco, Jaroslav Pelikan escribió: “la tradición es la fe viva de los muertos; el tradicionalismo es la fe muerta de los vivos”. En clave espiritual hay que reconocer que no es posible deslindar la fe cristiana personal y las obras que dejaron poetas, escultores, arquitectos, músicos, militares, etc. En la Segovia de los siglos XV y XVI hay muchos ejemplos que prueban lo que decimos. Cuenta Baeza González, que la construcción del Santuario de la Fuencisla fue posible gracias a los cuantiosos donativos de los gremios. “Tintoreros, ganapanes, curtidores y zapateros, “empleados y jornaleros de la Casa de moneda de abajo”, etc. Colmenares detalla el traslado de la imagen en septiembre de 1613, desde la catedral a la nueva ermita, con asistencia del Rey Felipe III. “El día siguiente lunes 23, a las nueve de la mañana, salió la procesión de la catedral siguió por la carrera indicada y no llegó a la ermita hasta las tres de la tarde”. Colocada la Virgen en su templo en un altar provisional, por no estar hecho el retablo, fue el Rey a rendirle el debido homenaje de despedida, emprendiendo desde allí su viaje a Valladolid”. Como puede verse a lo largo de la historia, muchas de las ricas tradiciones segovianas no pueden separarse de fiestas religiosas, que han llegado hasta nuestros días. Así, la conocida y venerada “Catorcena” que celebra el barrio de San Millán; o la que celebró en agosto pasado, recordando a San Roque. ¿Cómo negarle a nuestro patrón (el siervo bueno y fiel) San Frutos las fiestas que merece? ¿Qué decir de las santas Águeda y Bárbara? ¿Cómo no disfrutar de la tradición legada por nuestros abuelos? Las fiestas cristianas están en la misma raíz de nuestra historia local y siempre se han celebrado con el aire de festejo popular abierto a todos. A ellas suelen asistir autoridades siguiendo un protocolo, sin implicación confesional, como ocurre con el Voto a San Roque. Sin embargo, es posible que haya gente que no comprenda esas formalidades sociales. No es de extrañar que quienes rechazan el sencillo acto civil de toma de posesión como concejales no estén capacitados para entenderlo. Es sabido que la sustancia de los usos democráticos reside en el respeto a las personas y a los símbolos reconocidos por la costumbre y por la ley. No parece muy inteligente ignorar las seculares tradiciones de la buena gente orgullosa de su pasado.