Miguel Ángel Herrero – Ofensivas republicanas

La ofensiva podemita contra Juan Carlos I por supuestas irregularidades financieras, se dirige en realidad contra Felipe VI y la Constitución del 78. Sin respetar la más elemental presunción de inocencia, las huestes comunistas prefieren dar crédito a las oscuras grabaciones de un preso y a las declaraciones de una sueca despechada. Niegan el mínimo respeto a la intimidad, mientras defienden a sus colegas encausados con indicios delictuosos. Los fervientes republicanos creen tocar con los dedos la tercera república (a ver si les sale menos violenta que la anterior). Los ataques más agresivos son lanzados desde la tribuna del Parlamento, por el vicepresidente llamado a declarar ante el juez, por apropiación de imágenes en soporte digital que le comprometen.

La embestida bolivariana favorece a otros grupos subversivos que pretenden dinamitar la paz social. En un panorama cada vez más amenazante por los rebrotes del Covid-19, la incompetencia gubernamental y el deterioro galopante de la economía, el presidente Sánchez hace su entrada en el Parlamento arrullado por una salva de aplausos sumisos. Una escena que remeda algunas imágenes del antiguo NODO. El culto al líder es intemporal, tanto en la Roma de César, como en la España de Franco, en la Rusia de Putin o en la Venezuela de Maduro. Pero fuera del Congreso, en la calle, el espectáculo es dramático. Crece el descontento y la preocupación de la gente por sobrevivir ante el desplome del turismo, el incremento del paro y el déficit acelerado. Las cuentas no salen a pesar del rescate europeo. El malestar generalizado provocado por la crisis económica y la inacción del gobierno es un caldo de cultivo en el que crece el virus de la ideología antisistema en sus variadas versiones (antiguos comunistas, neocomunistas, bilduetarras, independentistas, republicanos frustrados, etc.). De conseguir sus amenazas, el caos social haría retroceder varios siglos a la tercera economía de Europa. Estaríamos en manos de una ultraizquierda de tétricos recuerdos, como el fraude electoral del 36 (un robo descomunal de 60 escaños hurtados a la voluntad popular); los macabros chequistas o los saqueadores del oro del Banco de España, incluyendo los ahorros de los obreros.

Después de los mejores 40 años de la historia democrática de España, el régimen monárquico, la Constitución y el plebiscito de la reforma política son garantía de éxito rotundo. Pero los virus no razonan, sólo obedecen su mecanismo destructivo. Y el virus bolivariano aprovecha la ocasión para desestabilizar la sociedad con el apoyo de los medios de opinión subvencionados. La ofensiva republicana pone en peligro la salud política y social del país y nos afecta a todos. El deterioro de la institución monárquica es el primer paso para liquidar la libertad individual y la propiedad privada. A veces, los ataques provienen de linajes que lamentan su propia alcurnia y patrimonio. Incoherencia respetable. Sucedió en la Francia revolucionaria de 1789.

Ahora, se pone a prueba una vez más el coraje y la inteligencia de los españoles. Y una vez más, este intento disgregador será fallido. La historia no olvidará el inmenso legado de Juan Carlos I. ¿Quién puede presentar una hoja de servicios tan cumplida? Casi cuarenta años de progreso económico, amenazados por los brutales asesinatos etarras. El impulso de la paz social y la expansión de la cultura. Desde el principio, el compromiso de integrar a todos los españoles sin distinción de credos políticos, incluyendo a los comunistas liderados por Carrillo, cuya inteligente decisión contrasta con la espesura mental de los cabecillas podemitas. El entendimiento pleno con los conservadores de Suarez y con los socialistas de González (cuando el socialismo defendía la unidad de España). Su abdicación en el momento oportuno. Sin conmociones sociales, el país siguió con Felipe VI al frente. A Juan Carlos I le podrán criticar por sus errores (¿quién no los tiene?). Los desaciertos quedarán en nada comparados con sus grandes logros. ¿Acaso, pueden decir lo mismo sus detractores? ¿Quién les capacita para erigirse en jueces y verdugos, sin que se haya celebrado juicio alguno? En siglos pasados, los inquisidores ofrecían más garantías. Por aquí, un fan del Che, ya está preparando la artillería y pide que se cambie el callejero (la alcaldesa dice que no está en la agenda (¿?)). ¿Estarán dispuestos a cambiar su nombre por el del Che Guevara (famoso por sus incontables crímenes)? ¿Se darán más prisa para meterlo en la agenda, que para relanzar el turismo? Ese sector que el ministro comunista de Consumo se empeña en desprestigiar.

Echen cuentas los que piensen en una república bolivariana. Comparen cualquier espacio de tiempo de la legislatura de Juan Carlos I, con la de los sucesivos presidentes de aquella caótica y sangrienta república. De ella huyeron espantados los más destacados intelectuales que la promovieron: José Ortega, Antonio Machado y Pérez de Ayala. Después de lo dicho…, quizá surja la pregunta: ¿Qué motivos hay para elogiar al rey Juan Carlos I? La respuesta para mí es simple y directa: cuarenta años de democracia y libertad, amenazados ahora por ofensivas republicanas.