Mariano Martín Isabel – In memoriam: Francisco Miró Quesada

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Acaba de fallecer el que es tenido por muchos como el principal filósofo del Perú: Francisco Miró Quesada Cantuarias (el último apellido sirve para distinguirlo de uno de sus hijos, que es en la actualidad un politólogo reconocido). Si quisiéramos evocar su figura lo primero que nos viene a la mente es que fue el gran filósofo de la razón: en la línea de Kant y después de Russell, toda su vida fue una encendida defensa de la razón frente a todo tipo de irracionalismos (el de Nietzsche y Bergson, por supuesto, pero también de todos aquellos que intentan demostrar racionalmente que no existe la razón: lo que él llama un uso impuro de la razón. La razón, según él, surgió históricamente contra el mito y sirvió para liberarnos de la ignorancia y el oscurantismo, y de todos los despotismos que se alimentan de la superstición.

Como filósofo de la matemática escribió un libro con el que empezó a explorar el terreno: Apuntes para una teoría de la razón. Antes de de su muerte se publicó su tesis doctoral de matemáticas. Podemos destacar dos aportaciones interesantes: la primera es que interpreta el teorema de Gödel como la capacidad de la razón de ir más allá de los lenguajes formales con los que se expresa (y, por consiguiente, su potencia va más allá de sus posibilidades deductivas: hacia un terreno nebuloso que llamamos intuición); la segunda, que relaciona el teorema de Löwenheim-Skolen con las entidades matemáticas de Platón, concluyendo que hay dos territorios perfectamente definidos: uno diáfano (el de la geometría y la aritmética) y otro nebuloso (el de los conjuntos transfinitos). En la estela de Lákatos concibe que todos los conceptos tienen un núcleo de nitidez y un halo de borrosidad, y los conceptos de infinito (transfinito) e intuición intelectual son más borrosos que nítidos.

Como filósofo de la ciencia, y sobre todo como epistemólogo, concluye que el conocimiento absoluto es imposible porque la razón es rebasada continuamente: en las matemáticas, por la intuición (ya lo hemos visto); en la historia, por la realidad; en la política (y en general en las ciencias sociales), por la ideología; sin hablar de los problemas de la percepción planteados por las ciencias empíricas, y de las limitaciones establecidas por la incertidumbre de Heisenberg. Se interesa mucho por el concepto de simetría, que detectó ya en la física clásica con la relatividad de Galileo, después lo desarrolló interesándose por la física cuántica y destacó su importancia en las teorías de la gran unificación (TOE y GUT, por ejemplo) antes de descubrir su importancia en la ética y el derecho: lo que le permitió concluir (y ésa es una gran aportación suya) que el principio de simetría es una condición suficiente de la razón.

Como filósofo de la ética descubrió en la no arbitrariedad otra condición (esta vez necesaria) de la razón. La venganza cumple con el principio de simetría, porque consiste en hacerle al otro lo mismo que el otro nos ha hecho a nosotros; pero viola el principio de no arbitrariedad, porque todas las venganzas dependen del arbitrio de quien las lleva a cabo. Así, estos dos principios conducen al principio de autotelia, que manda hacer lo mismo que nos hacen sin incurrir en arbitrariedad, es decir el imperativo categórico: lo que constituye una justificación racional de la ética. Del principio de autotelia se desprenden sin dificultad alguna los derechos humanos.

Como filósofo de las ciencias humanas rescata el concepto de ideología en toda su nobleza (basándose en Destutt de Tracy) y renegando de sus aspectos indeseables (renegando, por tanto, de Marx). Reniega de lo que él llama ideologías epistémicas o metafísicas (que desembocan en antiutopías por su totalitario empeño en detentar la verdad) y se refugia en otras ideologías más humildes (que él llama timéticas) que, sin pretender tener siempre razón, intentan mejorar el mundo en la medida de nuestras posibilidades: que no son muchas porque, dice, el ideal de vida racional desemboca siempre en una forma irracional de vivir. Miró Quesada descubre con ellas las paradojas praxeológicas, una de cuyas versiones es que no se puede conseguir una sociedad no violenta sin emplear la violencia. Miró Quesada construye una ideología timética para encauzar la acción política (fracasando, como Platón, después de haber sido ministro de educación y embajador del Perú: la llamó, adoptando una expresión de Fernando Belaúnde, El Perú como doctrina); y reniega de las ideologías metafísicas, especialmente el marxismo y el nazismo, sosteniendo que, antes que luchar por una teoría para salvar a los seres humanos, hay que luchar por los seres humanos a pesar de todas las teorías; es una cuestión de amor más que de doctrina.

Como filósofo de la lógica fue el primero en llevar la lógica de primer orden al Perú, escribiendo sendos tratados para la enseñanza universitaria y secundaria; él mismo empezó a desarrollar un sistema propio que llamó de lógica transmisiva. Pero no se ocupó solamente de lógica clásica. También se interesó por las lógicas heterodoxas, algunas de las cuales cuestionan el principio de no contradicción o el del tercio excluso: él inventó los términos “paracompleta” y “paraconsistente” pare referirse a estas últimas, y apoyó a un filósofo español, Lorenzo Peña, cuando estaba desarrollando una lógica infinivalente y una peculiar manera de ver la teología. En lógica del derecho también apuntó algunas ideas propias, aunque su contribución más importante quizá sea una teoría general de la interpretación jurídica (que expuso en su libro Ratio interpretandi).

En fin, no podemos concluir sin mencionar el vuelco que dio en sus manos la teoría de la razón. Después de haber descubierto que se define como simetría y no arbitrariedad; de haber puesto de relieve que la formalización es rebasada por la intuición; y que la paradoja praxeológica condena a la razón a generar irracionalidad; después de descubrir esas limitaciones, busca una solución y al final cree haberla encontrado: se trata de la razón poética (que uno prefiere llamar creadora para no confundirla con la de María Zambrano). ¿En qué consiste?

Todo radica, según él, en que hacemos un uso mecánico de la razón, convirtiéndola en algoritmo (un algoritmo es un conjunto finito de pasos que nos lleva indefectiblemente a la solución). Ahora bien, la razón mecánica sólo puede emplearse para resolver problemas sencillos. Para los problemas complejos hay que emplear una razón creadora (“creación” se dice en griego “poiesis”, de ahí que él la llame “razón poética”): un tipo de razón que está más emparentada con la intuición y la inspiración que con la deducción. Pues bien, según Miró Quesada los problemas de la técnica (por ejemplo que la robotización nos libera del trabajo pesado, pero al mismo tiempo nos hace esclavos de las máquinas) vienen de que hemos sustituido la razón creadora por la razón mecánica; pues bien, hagámoslo al revés y resolveremos nuestro problema.

El uso de la razón mecánica produce filosofía rigurosa (potente, pero superficial); el de la razón poética conduce a la filosofía literaria (profunda, pero impotente las más de las veces); hay que poner los ojos más bien en la filosofía literaria; porque la razón poética no tiene nada que ver con la sinrazón; es poética porque la intuición encuentra las soluciones de manera inspirada, casi como un flash que nos deslumbra; y es razón porque, una vez encontrada la solución, cualquiera puede reconstruir el camino que condujo a ella.

Ha muerto Francisco Miró Quesada. El gran filósofo peruano defensor de la cordura, el paladín de la razón. Quiero destacar la que es para mí su contribución más importante: que desde el rigor de las matemáticas ha sabido descubrir (hoy, que tenemos endiosadas a las “ciencias” y arrojamos a las letras al descrédito) que un matemático no lo es de verdad si, además de ser experto en deducciones, no es también una persona inspirada e intuitiva; y que detrás de la filosofía rigurosa se esconde, para tratar de los problemas importantes, una verdadera filosofía literaria.