Mariano Martín Isabel (*) – El guardia convertido en cazador

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Podría imaginar dos conversaciones distintas entre dos personas: un cliente de un establecimiento comercial y un guardia de seguridad. En una de ellas el guardia le dice: “perdone, señor, sólo está permitido que venga a la compra un miembro por familia; no pueden venir juntos los dos miembros de la pareja”, y el cliente responde: “discúlpeme, no lo sabía; le aseguro que no se volverá a repetir”; y ambos se separan como caballeros. Fin del primer acto.

En la segunda conversación el guardia se acerca al cliente con la tienda prácticamente vacía pero, qué casualidad, justo cuando está detrás el único cliente que hay en ese momento; levanta la voz para que la oigan bien en el pueblo de al lado y se reviste de agresividad (que él confunde, seguramente, con autoridad), y con un tono de prepotencia le dice: “¡no está permitido que vengan a la compra dos personas de la misma familia!”; el cliente le responde: “perdone, se lo voy a explicar ahora mismo”, y el guardia levanta más la voz para que se entere todo el mundo: “¡no tengo nada que escuchar, es eso o la policía!”. El cliente que hay detrás se siente incómodo, se remueve, y el que ha sido increpado empieza a sentir vergüenza. “Se lo voy a explicar todo”, insiste, y el guarda insiste, a su vez, redoblando la insolencia: “¡que le he dicho que no tengo nada que escuchar! ¡Le estoy ahorrando seiscientos euros de multa, o me hace caso o llamo a la policía!”. Fin del segundo acto.

El cliente empieza a enfadarse, es mucha soberbia. “Podrían hablarle a uno de otra manera”, se dice, y cuando ha pasado por caja se dirige nuevamente al vigilante: que está a la entrada junto a otra de las cajas con un cajero cobrando. “Querría explicarle…” “¡Que usted a mí no me tiene que explicar nada: se lo explica a la policía!” Por tercera vez se lo ha repetido. El cliente, perplejo, no entiende lo que pasa. Y mientras tanto puede escuchar a sus espaldas al cajero que le dice al guardia: “es que esta gente es así, no hay quien pueda con ellos, no hay manera, joder”. El guardia dice de nuevo: “Así están con sus putas máscaras y no lo entenderán hasta que haya un puto muerto en su puta familia”. El cliente, desbordado por tanta desvergüenza, decide hablar con el encargado.

Porque ha ido a la tienda a la hora de comer. Ha ido a esa hora porque sabía que la tienda estaría vacía y así podría evitar las aglomeraciones, y con ellas la posibilidad de contagio. Ha ido con la mascarilla puesta. Y se ha encontrado con aquella falta de discreción porque el único cliente que había en la tienda se ha enterado de que amenazaban con la policía, como si fuera un delincuente. A la salida, hablando de él en tercera persona del plural, para el cajero y el guardia no ha sido una persona sino un individuo, un fuera de la ley: “Así son, ya ves, no hay quien pueda con ellos”. Ya he hablado de los malos modos con los que el guardia se ha dirigido al cliente, levantándole la voz como el padre que regaña a su hijo. Y de su negativa a dialogar, a escucharle siquiera, cuando el cliente se quería explicar.

No está el encargado, hay una chica que momentáneamente ocupa su lugar. El cliente le dice que su mujer ha venido a hacer la compra de la semana, y él la compra del mes. La compra del mes es un carro pesado lleno hasta los topes de botellas de agua, cajas de leche, zumos, aceite, cerveza, maíz, mermelada, tomate… productos no perecederos que, mensualmente (porque pesan mucho) les llevaba a su casa el servicio a domicilio; ahora, con la crisis del coronavirus, ese servicio ha dejado de existir. “Son las normas”, dice la chica, “usted viene y se lleva la compra del día, y luego vuelve otra vez y se lleva la compra del mes”; con lo que tiene que estar cargado como un burro, pasando más tiempo en la tienda como si fuera una condena. A buscar virus, hale, que en la calle no hay bastantes. El cliente lo entiende pero no le parece lógico; lo ve injusto y absurdo. ¿Va a tener que emplear dos horas en hacer una compra que sólo tarda una hora? Para eso hemos venido a mediodía, cuando sabíamos que estaba la tienda vacía: pensábamos que al evitar las multitudes evitaríamos también el riesgo de contagio”. La letra de la ley prohíbe que vayan dos personas de la misma familia pero por encima de la letra está el espíritu. ¿No han respetado el espíritu de la norma? ¿O es más importante que se hagan las cosas al pie de la letra? ¿Para violentarla luego, como hacen muchos, con la picaresca? La ley se ha hecho para liberar a las personas, no para encadenarlas; encadenarlas a la ley, no a su seguridad (eso es lo que más nos duele). “El sábado se ha hecho para el hombre y no el hombre para el sábado”; lo dijo un tal Jesús de Nazaret.

Pero en una tienda vacía ¿quién ha denunciado a los esposos? Una empleada que hacía la limpieza. Una cámara que había en el garaje. Un guardia. Un cajero. Tanto aparato bélico para cazar a un hombre indefenso. Era una tienda vacía en la que no había casi nadie. Bueno, sí, estaba yo. Una atmósfera de delación convirtiendo a todos en policías de todos. Todos acusaban sin preguntar. Quizá no eran dos esposos, sino dos vecinos que venían en el mismo coche: pero eso no les importaba; “¡que llamo a la policía!” (¡Tenían que ser marido y mujer!). Ése era, para ellos, el diálogo. Alzando la voz. Malas formas, desprecio, indiscreción, violación de la dignidad; sensación de ser culpable mientras no se demuestra lo contrario. Una batería de cañones apuntando en fuego cerrado sobre una mosca. El mundo convertido en coto de caza y el ciudadano pacífico en presa que había que cazar. La caza al inocente. La caza al cliente.

A lo mejor el cliente no conocía la norma. A lo mejor lo primero que tenían que haber hecho era informarle, porque la persona que no está informada habla con la inocencia de los niños y quien peca de no conocer las cosas nunca puede pecar de malo; hace mucho que lo decía Sócrates; aunque esa tienda era claramente antisocrática: porque sus agentes, que eran vigilantes de seguridad, se habían olvidado de la seguridad y se creían sólo vigilantes; debían pensar que todos nacemos malos y nos tenían que tratar, de entrada, como delincuentes; disparando antes de preguntar; confundieron la ayuda con la persecución y transformaron aquella tienda en territorio de caza, iban a pillar: el cliente era una presa a la que había que cazar. Mal apaño tenemos si de tener razón el cliente de repente hemos pasado a convertir la inocencia en culpabilidad.
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(*) Profesor del instituto Andrés Laguna.