Manuel Fernández Fernández – Nuestros niños no juegan, no hacen ejercicio

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Por las páginas de nuestro diario “El Adelantado” me entero de que en la bonita Villa de Santa María la Real de Nieva se ha celebrado un campeonato local de juegos autóctonos, en el que los menores de 14 años sólo pueden participar en bolos, por ser el más adecuado para ellos, noticia que me llena de satisfacción por dos motivos, que se promocione la cultura autóctona, y que se promueva la actividad física de nuestros menores. Felicitaciones, pues, y aplausos a la Asociación Cultural “El Claustro” promotora de tan encomiable actividad étnico-deportiva.

Entiendo que entre los juegos programados para categorías infantiles no se hayan incluido, por razones obvias, corta de troncos o billar, el uno por ser deporte de fuerza y riesgo, el otro por realizarse en locales cerrados y escaso ejercicio físico, aunque también sea importante su aspecto intelectual, pero no alcanzo el por qué no programar calva, chito, rana o pelota a mano, juego y deporte éste último muy completo, que tanto practiqué y con el que me divertí en mi infancia por pueblos de la sierra abulense.

El caso es que la noticia siempre loable de que se promueve y oferte actividad física, y más si se apellida étnica o autóctona, me ha aconsejado escribir estos renglones, siempre a favor de que nuestros niños crezcan realizando actividad física en contacto con la naturaleza.

Hoy nuestros hijos están obsesionados, aprisionados, por los videojuegos, por esos aparatitos paradójicamente llamados “móviles”, que les mantienen inactivos, ajenos a quienes y a lo que les rodea, incluidos familia y amigos, con mirada y atención fijos en la pantallita que, en el mejor de los casos, sólo les presenta violentas escenas de muñequitos animados, en constantes y brutales peleas, o dantescas situaciones de sangre al por mayor.

Por otra parte, salvo los que tienen la suerte y acierto de estar inscritos en clases, entrenamientos y competiciones de juegos pre deportivos o deportes, nuestros niños acuden a otras clases de idiomas, música o arte, que siempre son formativas, pero que les deja sin tiempo para el justo y necesario juego libre, en el que tanto desarrollan imaginación, colaboración, amistad, socialización y diversión compartida.

Hoy nuestros niños no son capaces de organizar un juego participativo, de aquéllos que cuando nos juntábamos dos o más enseguida preparábamos, pues la mayor parte de las ocasiones no necesitábamos más material ni campo de juego que nuestros cuerpos, la calle, nuestro ingenio y muchas ganas de movernos, basando nuestro afán competitivo en la habilidad, la velocidad o la fuerza, sin ser tampoco necesario árbitro o juez deportivo alguno.

Convencido del valor del juego dinámico y de toda suerte de actividad física, por haberla enseñado profesionalmente y practicado personalmente, abogo porque, sin excluir el uso, que no el abuso, de los móviles que hoy constituyen una auténtica obsesión, que incluso por tal abuso los científicos auguran próximas generaciones de personas con minusvalías oculares, y por supuesto, dada la excesiva quietud, de personas obesas, que ya se están dando, y que tenemos el nada halagüeño record de subcampeones de Europa en obesidad, sólo superados por los gordos y orondos británicos, recomendemos u obliguemos a que nuestros hijos dediquen más tiempo al juego libre, a moverse en la naturaleza, a relacionarse, a estar con los otros, no sólo junto a los otros, a organizarse sus ratos de ocio, esos tan justos y necesarios para formar la personalidad.

Hace muchos años, cuando ejercía mi profesión docente, habitualmente escribía en las revistas profesionales, “Servicio”, “El Magisterio Español” y “Escuela Española”, y uno de los artículos de esta última revista lo publiqué con el titular “Que rompa muchas, señora”, en respuesta a una mamá que vino a decirme que su hijo rompía muchas zapatillas haciendo deporte…

Hoy nuestros niños se encuentran embarazados y no saben improvisar juego y diversión si no llevan el cacharrito de los videojuegos, o algún mayor o directivo les organiza, y esto a regañadientes, pero si en los recreos escolares, en las clases de educación física, en los campamentos, en las excursiones, se dedicase algún tiempo a enseñarles y practicar algún juego, haciéndoles ver que, además de sano, sociable, ecológico, económico, es tremendamente divertido, irían metiéndose en lo que globalmente decimos actividad física, que, por supuesto, no margina esa justa y necesaria faceta del deporte reglado, sino todo lo contrario, que lo completa y entrena.

Es tan amplio, personal y sencillo el mundo de los juegos que hace muchos años, en 1969, publiqué en Edit. “Magisterio Español” mi libro “Yo juego así”, con 125 juegos, clasificados por edades, digamos de pequeña, mediana y fuerte intensidad, aunque además de la edad hay que tener en cuenta el desarrollo, la salud, el ambiente, la temperatura, y hasta las modas o hábitos, pues recuerdo que temporal y cíclicamente aparecían el aro, la peonza, los cintazos, el bote, el escondite, o…los bolos. Recuerdo “tocado”, “el látigo”, “la soga”, “en el burro mando yo”, “Carrera de bólidos”, “pies quietos”, “la bandera”, “boxeo chino”, “la zapatilla”…y estoy citando juegos que no requerían material alguno, ni siquiera un balón o pelota. Garantizo a los niños de hoy que sin tener el imprescindible “cacharrito”, nunca nos aburríamos los jovencitos del ayer y el anteayer.

Enhorabuena, pues, a los niños de Santa María la Real de Nieva, por tener esos directivos de “El Claustro”, que les aficionan a esto tan sano y divertido que es el juego, y más si es autóctono, o muy practicado en nuestra tierra, Castilla y León.
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(*) Maestro Instructor de E. Física, Premio Nacional de Educ. Física