Luis López – Monarquía y jabalís

Los políticos españoles deberían ofrecer una mano a cambio de tener la mitad de talento y sentido de Estado que aquellos que lideraron y asentaron en España la Transición; un ejemplo internacional en la forma de ejecutar un cambio político en un momento en que había voces en Europa que se preparaban para una nueva guerra civil en España. Y la monarquía es parte imprescindible de aquel éxito de nuestros padres; de ese modelo. Juan Carlos I, no lo olvidemos, heredó del antiguo régimen una monarquía absoluta y alauita que, por decisión propia y con el consenso político, convirtió en una monarquía parlamentaria dependiente del Gobierno. Y lo consiguió. Si el emérito no hubiera aceptado la sucesión de Franco, probablemente hubiéramos tenido como Jefe de Estado a Arias Navarro, preservando el legado del dictador. Así eran las cosas y de ello se olvidan los capciosos que, no sé si más por interés o por desidia, pretenden desconocerlo para vendernos el mundo idílico de la República guiados por teorías más que por usos. Pretenden sustituir un carnero dorado por otro ideal buscando agravios que movilicen a la turba para tapar sus propios fracasos. Personalmente para saber si algo me gusta o no, también suelo observar en quien apoya la propuesta; en este caso independentistas, etarras, extrema izquierda, antisistema. ¡Vale, creo que es suficiente para hacerme a la idea!

Es verdad que nuestra democracia está llena de perfectas imperfecciones; también la monarquía, legítima y constitucional, que ha servido bien y fielmente a España en conseguir los cuarenta años más prósperos de la historia de España. Y si personalmente alguien tiene que responder, que lo haga porque en eso consiste el Estado de derecho. Sólo quien personalmente tenga mucho que ganar en el cambio, puede pretender romper aquello que funciona. A rio revuelto… La maniobra me huele más a una cortina de humo para tapar sus propias vergüenzas; la incapacidad de generar empleo y riqueza, la bancarrota del país y la oscura gestión de una pandemia demoledora. Es una tónica general de los regímenes extremistas; buscar un enemigo externo para distraer la atención de aquellos a los que les señalas la luna y se quedan mirando el dedo. ¿Se acuerdan de la pérfida Albión o del enemigo yanqui que olía azufre? Pues eso.

Desde luego si yo soy monárquico, lo soy por comparación; contraponiendo lo que hoy tenemos en la Jefatura de Estado con aquello que hoy le sustituiría y que habría que mantener en caso de una República. Las comparaciones son odiosas. Me quedo con alguien que, desde niño ha sido educado por España, en una jaula de oro para representar a mi país y no con el revanchismo y la egolatría del primero que nos quieran poner los partidos políticos en sus listas cerradas. Para entender las intenciones de los revisionistas, es bueno recordar que el Manifiesto Comunista de Marx y de Engels aseguraba que “…sus objetivos solo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo orden social existente”. La manipulación y la desinformación también es una forma de violencia que, en caso de una República puede acabar con sus partidarios publicando con decepción, como hizo Ortega y Gasset en aquella columna en el diario El Sol: “No es esto. No es esto” añadiendo que lo que España no tolera ni ha tolerado nunca es el radicalismo. Y es que a decir del filósofo los políticos «no hemos venido a hacer el payaso, ni el tenor, ni el jabalí».
Ahí lo dejo.